Crónica y fotos del AMFest 2022 - Día 3 - La Farga (L'Hospitalet de Llobregat), 8 de octubre de 2022

El fiestón de Carpenter Brut y la intimidad descarnada de Lingua Ignota lideran la jornada más diversa del AMFest 2022

Datos del Concierto

AMFest 2022 - Día 3

Bandas:
Carpenter Brut + Anna Von Hausswolf + Lingua Ignota + Maybeshewill + Celeste + Za! vs 13Year Cicada + Maud the Moth + Arima
 
Fecha: 8 de octubre de 2022
Lugar: La Farga (L'Hospitalet de Llobregat)
Promotora: Aloud Music Ltd.
Asistencia aproximada: 1.500 personas

Fotos

Fotos por Josep Maria Llovera

Con algo de cansancio acumulado en nuestras piernas después de dos intensos días de festival, cruzamos el ecuador del AMFest 2022 tras haber vivido ya una generosa cantidad de bolazos y con la perspectiva de ver, entre hoy y mañana, unos cuantos más. Si la jornada del jueves había sido «relativamente» homogénea con Pallbearer, Oranssi Pazuzu y Elder y la del viernes había alternado la intensidad y el dramatismo de bandas como Cult of Luna y Caspian con la ligereza pizpireta de Foxtails, Tricot o Aiming for Enrike, para enumerar y comentar el amplio abanico de estilos y emociones que íbamos a poder encontrar en la jornada del sábado nos íbamos a quedar cortos con los dedos de las dos manos.

Porque ya me diréis si un cartel que empieza con la cercanía de Lingua Ignota y Maud the Moth y continúa con la emotividad cinemática de Maybeshewill, la oscura agresividad de Celeste e Ikarie, la propuesta tan particular y ecléctica de Anna Von Hausswolff, la fiestorra que llevan encima Carpenter Brut o la locura inclasificable de Za! (hoy, vs 13 Year Cicada) no es un auténtico lujo para todo aquel que tenga gustos variados o, simplemente, venga con la mente dispuesta a descubrir nuevas propuestas sin cerrarse a estilos concretos. Y como el asistente medio al AMFest responde específicamente a este perfil, creo que la mayoría de los que nos acercamos este sábado (y el resto de días) a La Farga de L’Hospitalet disfrutamos de la del menú que nos había preparado la gente de Aloud Music como cerdo en lodazal.

Aun así, y por muchas ganas que tuviera de plantarme de nuevo allí y de ser avasallado por todas estas emociones que decimos, otro día más me perdí los dos primeros conciertos de la tarde (y esta vez no es algo que pueda achacar ni al tráfico ni al trabajo, sino que sencillamente salí tarde de casa). Por suerte, nuestro amable y puntual compañero Joan Calderon estuvo allí desde primera hora para izar bien alta la bandera de nuestra revista y, de paso, dejarnos un par de pinceladas sobre qué es lo que ocurrió allí hasta que yo llegué. Os dejo con él que esto ya empieza. ¡Hasta ahora mismo!

Arima

por Joan Calderon

La banda bilbaína Arima, liderada a la guitarra y voz por Paule Bilbao, sería la encargada de abrir y dejarnos sin siesta la tercera jornada de AMFest. con un EP Metamorphosis (2019) y su primer largo Biluztasunez Jantzita (2021) bajo el brazo se dispusieron a espabilarnos con su shoegaze/indie con algún ramalazo puramente rockero. Con una puesta en escena muy sencilla y sobria nos sacudieron la cera de las orejas gracias a un sonido potente y una candidez en las formas que escondían en realidad una gran ejecución y mejores temas. La escena euskaldun siempre nos regala grandes bandas (Lisabö, Berri Txarrak o los venerados Negu Gorriak, serían tres ejemplos). En este caso si Arima tiene continuidad y el apoyo suficiente, pueden ser una banda a tener muy en cuenta, una vez visto lo mostrado en La Farga.

Maud the Moth

por Joan Calderon

Diametralmente opuesto a Arima, Maud the Moth, nombre artístico de  Amaya López-Carromero que con la fuerza de su voz y su destreza al piano nos sumergió en su particular mundo intimista y emocional a partes iguales. Una artista honesta, que no falló en ningún momento y que conmovió a mayores y no tan mayores (algún menor había…) con su intensidad. Un dramatismo calculado, que en ningún caso llegaría a las cotas que mucho más tarde veríamos sobre el mismo escenario. Una artista muy interesante a la que seguir la pista.

Maybeshewill

Es posible que Maybeshewill simbolice mejor que nada y que nadie la evolución del AMFest a lo largo del tiempo. Recuerdo como mi primer contacto con este festival fue en su segunda edición, celebrada en la primavera de 2014 en la antigua La [2] de Apolo (antes de su remodelación), y el emotivo quinteto inglés se erigía entonces como gran cabeza de cartel de un festival que acababa de nacer y que aún se confinaba en el pequeño nicho de la música instrumental. De ese día (el primero de los tres que duró esa edición) me quedo con la ilusión con la que viví asistir vez primera a un proyecto tan atrevido e ilusionante, con lo cercano y cuidado que estaba todo (y a pesar del tamaño, en esencia no es que eso haya cambiado mucho con los años), con los excelentes conciertos de dos bandas tan ideales para completar el cartel de esa jornada como son Exxasens y Audiolepsia y con la bellísima descarga de Maybeshewill, que en ese entorno tan íntimo consiguió arrancar más de una lágrima entre el respetable.

Los ingleses volvieron al AMFest un año y medio después, en la primera edición de otoño que se celebró en noviembre del 2015. El formato del festival seguía siendo el mismo, con tres jornadas a celebrar enteramente en la pequeña sala 2 del Apolo, y Maybeshewill volvieron a ser los encargados de liderar la primera de ellas, el jueves junto a Böira y El Ten Eleven. Si hay algo que ha convertido a esta banda en uno de los grandes fetiches de todo este tinglado es, seguramente, que ese día escogieron el AMFest para dar el que iba a ser su concierto de despedida antes de separarse indefinidamente. Y entre el mar de intensas emociones que se vivieron tanto arriba como abajo, ya os podéis imaginar cómo ese momento es uno de los más recordados por el imaginario colectivo del festival.

A veces solo hace falta darse un respiro para que las aguas vuelvan a su cauce, así que siete años más tarde, y después de reunirse de nuevo en 2020, Maybeshewill vuelven a Barcelona para ser testigos de cómo ha crecido este AMFest que tanto quieren y que tanto los quiere: de ser primeras espadas indiscutibles en una sala para 300 personas a tocar a las cinco de la tarde en un recinto para 2000. Ellos siguen emocionando igual que siempre, pero la dimensión del festival, sencillamente, se ha multiplicado en un orden de magnitud que no creo que nadie fuera capaz de imaginar entonces. Pero lo mágico es que este crecimiento brutal no ha afectado en lo más mínimo el espíritu que rigió los primeros pasos del AMFest, hecho siempre por y para los aficionados a este tipo de «músicas incómodas» y esforzándose para cuidar todos los detalles y dar el trato más justo, cercano y personalizado posible a cualquiera que cruce sus puertas. Y es por eso que lo queremos tanto.

Los ingleses fueron los encargados de inaugurar la jornada en el escenario principal, y la verdad es que éste no se les quedó grande en ningún momento. A pesar de que la luz que se colaba por los grandes ventales repartidos por el techo del recinto deslució un poco su puesta en escena (y aún suerte que estaba encapotado y no pegaba un sol de justicia), ante ellos se congregó una cantidad notable de gente que pudo disfrutar de un concierto sencillamente impecable. Sensibles, intensos y melódicos, con ese aire cinemático que les caracteriza y esas apasionadas diatribas narrativas que acompañan muchas de sus canciones, Maybeshewill se pegaron un bolazo incontestable capaz de expresar una vasta miríada de emociones con una fluidez y una naturalidad admirable para tratarse de una propuesta plenamente instrumental.

Fueron también la primera banda en todo el festival a los que vi llevar un telón de fondo (ni jueves ni viernes hubo ninguno), aunque en su caso se les quedó un poco pequeñín para cubrir la parte posterior del escenario. La luz que comentábamos hizo que el poder de la música adquiriera un protagonismo mucho más notable, ya que no pudieron recurrir a triquiñuelas visuales para transmitir su propuesta. El sonido, nítido y lleno de matices, les acompañó a la perfección, y la fuerza, la potencia y la intensidad que emanó de los altavoces ayudó a que el concierto (de una hora exacta de duración) fuera un éxito generalizado sin fisuras.

Aunque presentaron unas cuantas canciones de su nuevo (y buen) No Feeling is Final, el momento álgido del concierto llegó en su recta final, cuando empalmaron con el maravilloso trío formado por «To the Skies from a Hillside», «Not for Want of Trying» y, sobre todo, «He Films the Clouds pt.2 «. Menudo temarral este último, por dios, y menuda banda preciosa que son Maybeshewill. Independientemente de que los conozcas más o menos, se trata de una de esas bandas tan indudablemente agradables de escuchar que, si les dejas una pequeña rendija, te encandilarán sin que te des prácticamente cuenta. Bolazo el suyo.

Ikaire

La opinión previa extendida entre el sector más metálico que me encontré hoy aquí es que el concierto de Ikarie tenía visos de ser el auténtico real deal de la jornada. Entre unos me decían que habían venido especialmente por ellos a otros que auguraban con vehemencia que eran los verdaderos tapados del festival, me sorprendió corroborar que la irrupción de esta banda formada por músicos catalanes, valencianos y murcianos ha creado una expectación tan verdaderamente notable a su alrededor. Personalmente aún no les había prestado toda la atención que parece que se merecen, pero como el doom / death que practican es un estilo que disfruto sin ningún tipo de esfuerzo, me costó poco subirme al carro de la excitación generalizada incluso antes de que empezasen su descarga.

Colocado bastante cerca del escenario, me fijé en la inmensa cantidad de fotógrafos que se agolpaban ante ellos, y es que a pesar de que las luces de la mayoría de conciertos tampoco es que fueran muy allá (no por incapacidad técnica, al contrario, sino por gusto y ambientación de cada una de las bandas), hay tanta estima por este festival (y nos tratan tan bien) que todo el mundo quiere poner su granito de arena para inmortalizarlo, promocionarlo o recomendarlo. También me fijé en que, al contrario que Maybeshewill, Ikarie venían equipados con un telón inmenso que cubría toda la parte posterior del escenario 2, lo que me hace pensar que la banda no anda escasa de ambición a pesar de ser aún, casi, unos recién nacidos.

Lo primero que pudimos constatar una vez los cinco miembros de la banda se subieron al escenario es que, tal y como nos contó en la entrevista que les hicimos hace unos días, su bajista, liricista, coproductora e ideóloga María Riaño no formaba parte de la alineación de hoy (aunque esperemos que pueda estar en breve). Y lo segundo que me llamó la atención es que su vocalista me sonaba un montón. Por suerte, la duda me corroyó durante poco tiempo, porque tan pronto empezó a mover sus largas greñas y a soltar sus poderos guturales lo ubiqué tanto como vocalista de The Holeum (a los que vi en el Rock the Coast de 2019) como por estar al frente de Shallow Waters, uno de los proyectos nuevos que más me impresionaron de todos aquellos que vieron la luz el año pasado. Menudo repertorio de bandazas (y menudo vozarrón) que se gasta el amigo Pablo Egido.

Aunque al principio el sonido no acabó de acompañar del todo, a medida que avanzaba el concierto (y tras colocarme más cerca de la mesa a ver si mejoraba la cosa) los chavales de Ikarie fueron de menos a más y demostraron que tienen todos los mimbres para erigirse como una de las puntas de lanza de la fértil escena doom / black española actual gracias a su propuesta pesada, compacta, oscura, abrasiva y melancólica. En 2021 publicaron su primer y único trabajo hasta el momento, Cuerpos en Sombra, que recolectó elogios unánimes de crítica y público y que, como es lógico, fue el puntal sobre el que giró el concierto de hoy, tocándolo prácticamente al completo (si no me equivoco, se les quedaron solo un par de temas en el tintero).

Su doom / death de inspiración clásica con algún que otro toque cercano al sludge (por momentos me recordaron mucho a My Dying Bride) me resultó incluso sorprendentemente metálico para una cita tan ecléctica como el AMFest, y es posible que ésta fuera la razón para que ante ellos no se congregara un volumen de gente tan grande como en otros conciertos. Los que estuvieron, eso sí, lo pasaron en grande sacudiendo cervicales con caras serias a lo largo y ancho de la pista, aunque también es cierto que los parones entre canción y canción se vivieron en cierto silencio. En lo personal, sin duda creo que dieron un muy buen bolo y que gozan de un futuro prometedor, pero quizás no me fliparon al nivel de las (elevadísimas) expectativas que me crearon entre unos y otros.

Anna Von Hausswolff

De vuelta al escenario principal, una gran cantidad de cabecitas expectantes y algo nerviosas restaban a la espera de que hiciera acto de presencia uno de los grandes reclamos del día de hoy. La sueca Anna Von Hausswolff prometía ser una de las propuestas más personales e indefinibles que iban a pisar este recinto (que ya es decir), y a juzgar por el interés que generó entre el público yo diría que la podríamos colocar fácilmente en cierta posición de cabeza de cartel de la jornada. No hay duda que la pequeña compositora y pianista gotemburguesa representa como nadie el eclecticismo que define la esencia de este festival, y tanto se puede pegar un concierto de órgano eclesiástico como salirte con un desfase opresivo de noise, drone, darkwave y post metal. En consecuencia, muchos de los presentes la tenían como una auténtica musa, y las caras de ilusionada veneración que se veían aquí y allí eran notorias.

Yo, si queréis que os diga la verdad, no sabía bien del todo qué es lo que iba a encontrarme aquí, ya que todo lo que había escuchado de ella en el pasado me había dejado más bien frío y nunca me preocupé por profundizar demasiado en su discografía. Os diré que la larga e inquietante intro con la que empezó su actuación, riquísima en insistencia monotonal y llena de silbidos, disonancias, ruiditos y alaridos varios que nos llegaban tanto por delante como por detrás (a través de unos altavoces colocados en la mesa de sonido), no ayudó precisamente a que conectara con lo que ocurría sobre el escenario. En esos primeros compases, que se alargaron más de lo que me habría gustado, la actuación de Anna y su elenco de acompañantes se asemejaba más a un ritual brujístico en el que buscaba hacer vibrar nuestros órganos más viscerales a través de frecuencias incómodas que a una expresión reconocible que podamos ubicar dentro de la musicalidad.

Una vez terminada la introducción, con Anna parapetada detrás de un sintetizador en el penumbroso centro del escenario (en este sentido, la escenificación resultó muy efectiva) y rodeada por cuatro músicos que jugaron un papel visualmente secundario pero musicalmente pivotal, se arrancaron finalmente con un concierto que fue de menos a más y que tuvo momentos muy emotivos, pero que en conjunto a mí no me convenció demasiado. El reverb que le cascaron a la voz me pareció muy exagerado (a veces incluso doloroso) y me obligó a colocarme los tapones que regalaban a la entrada por primera vez, mientras que mi involuntario subconsciente (abro paraguas) tendió a considerar algunos de los momentos más especialmente complejos y difíciles de comprender (aunque no necesariamente complicados en lo estrictamente musical), como algo más bien cargante y gratuitamente pretencioso.

Por momentos recordaban a Swans y muchas veces se atisbaba algo de psicodelia en sus planteamientos, pero lo que queda claro es que en su conjunto la propuesta de la vocalista sueca es bastante indefinible. En ocasiones Anna abandonaba su trinchera y se colocaba en primera fila, y en una de esas llegó el que fue, sin duda, el momento más emotivo y excitante de la noche: decidió a bajar a la pista y, haciendo uso de un pasadizo que se abrió entre el público como si se tratara de Moisés separando las aguas del Mar Rojo, recorrió lentamente el camino que la separaba de la mesa de sonido interpretando la dulce y emocionante «Gösta» y abrazándose cálidamente con todo aquel que se lo pedía. Un momento precioso que nos hizo aguantar la respiración a todos y que entendíamos que significaba un colofón final tan bonito que, en parte, me hizo olvidar la desafección con la que viví la mayor parte del concierto.

Pero para mi sorpresa, la pequeña vocalista escandinava se subió de nuevo al escenario para agarrar una guitarra y, después de explicar que tuvo que cancelar su concierto del día anterior en Montpellier por culpa de una inoportuna y molesta afonía (de la que hoy se encontraba miraculosamente bien), poner ahora sí el punto y final a su actuación con una última canción mucho más agresiva y directa que no me desagradó del todo pero que me resultó probablemente innecesaria viniendo de la apoteosis de unos minutos antes. Tras su descarga, y a pesar de que en la pista había bastante menos gente de la que había cuando empezaron, una estruendosa ovación sirvió para mostrarles su aprobación y agradecerles su desempeño. Así que parece evidente que su concierto debió ser objetivamente bueno, y si a mí no me gustó del todo es por demérito mío. Una pena, porque si tanta gente con un criterio musical que respeto sobremanera se postra entregada a su propuesta, será que algo tiene y que yo no soy capaz de interpretarlo y absorberlo como se merece.

Lingua Ignota

Todos fuisteis testigos al igual que yo del impacto que supuso la salida de Caligula en 2019. En ese trabajo, la multi instrumentalista americana Kristin Hayter parió un disco crudo, honesto y sorprendente que mezclaba música clásica con metal extremo, copó listas de lo mejor del año y puso a Lingua Ignota como uno de los nombres más excitantes del panorama alternativo internacional. Ese merecido hype, confirmado por el también excelente (aunque quizás no tan rompedor) Sinner Get Ready que publicó en 2021, convirtió este concierto en uno de los más esperados de la tarde y, probablemente, de todo el festival. Por ello, ante el pequeño escenario 3 se congregó más gente que en ningún otro momento del fin de semana, y aunque está claro que todo el mundo sabía que se habría llenado igualmente de haberla colocado en el escenario principal, no se habría conseguido la intimidad que se buscaba y que, sin duda, se consiguió sobradamente con esta elección.

Con un imponente piano de cola colocado encima de una tarima central, unas luces fijas, una pantalla de fondo mostrando proyecciones varias y una serie de lámparas de pie repartidas por el escenario y a distintos niveles, Kristin apareció ante el público con semblante severo y ataviada con un vistoso vestido verde. Debo confesar que me costó un poco asimilar que el 90% de lo que sonaba no procedía del escenario, pero una vez lo hice y asumí que no estábamos ante un concierto al uso sino más bien ante una especie de performance íntima en la que la vocalista americana nos iba a hacer partícipes de lo que ocurre en su corazón y sus entrañas, no pude sino rendirme a la absoluta maravilla que nos brindó Lingua Ignota durante los casi setenta minutos que estuvo sobre el escenario.

Porque una cosa es cierta y no debemos pasarla por alto: durante los primeros tres cuartos de hora absolutamente toda la instrumentación estaba grabada, y las quince capas de voces que escuchábamos estaban procesadas hasta el infinito. Está claro que para los que estamos acostumbrados a ver a bandas esforzarse en interpretar su música lo más fidedignamente posible sobre un escenario esto nos chirrió un poco, y más de uno (entre los que me incluyo) lució ciertas muecas de desconcierto y desaprobación durante los primeros compases de su concierto. Pero ni los devotos ni los dudosos fuimos capaces de despegar la vista del escenario en ningún momento, y la atormentada, hipnótica y brutalmente honesta interpretación que se marcó Kristin hizo que acabáramos por olvidarnos de cualquier reserva que pudiéramos albergar y nos doblegáramos ante la evidencia: esto que estábamos viviendo era algo realmente especial. E irónicamente, a pesar de que ahí estaba ella sola y por los altavoces sonaban hasta orquestras enteras, era también algo estremecedoramente real.

Para una persona con una vida tan difícil como la suya (de su pasado lleno de abusos, violencia, misoginia, odio y venganza es de lo que tratan sus canciones y el concepto de Lingua Ignota como proyecto musical), es admirable llegar a ser capaz de exponerse en público con tal desnudez. En un momento dado, Kristin agarró uno de las lámparas del escenario y avanzó lentamente y arrastrando los pies por entre el público, cosa que nos acercó aún más a la vivencia catártica y tortuosa de la artista americana. Además de interpretar casi al completo su último trabajo, también hubo un pequeño hueco para cortes de Caligula («Do you Doubt me Traitor» fue algo espeluznante) y para alguna canción tradicional de referencias cristianas (menudo vozarrón se gasta la amiga), pero el concierto transcurrió como un continuo en el que las canciones individuales fueron lo de menos y estuvieron al servicio de una experiencia global difícil de describir con palabras.

Al cabo de un buen rato de deambular de un lado para otro con el micrófono en la mano (45 minutos exactamente), Kristin miró por fin el piano que tenía detrás y, en vez de sentarse inmediatamente a tocarlo, le pasó primero una especie de hilo de pescar por sus cuerdas (lo que creó una serie de disonancias algo incómodas de escuchar). Seguidamente, se dispuso a depositar varias cadenas metálicas en su interior, de forma que al sentarse finalmente a las teclas, las notas sonaron con un cierto repiqueteo aleatorio e inquietante. Acabado el ritual preparativo, en los últimos veinte minutos de concierto nuestra protagonista acompañó su magnífica voz de una interpretación excelente y muy sentida al piano, acabando de embelesarnos del todo (si es que quedaba alguien por embelesar, claro).

Aunque he escrito cinco párrafos sobre él, la verdad es que me resulta complicado explicar lo que fue este concierto, que empecé con la ceja levantada y acabé con la boca abierta y la piel de gallina. Detrás de Lingua Ignota se esconde una propuesta de una intensidad y una crudeza difícil de procesar, y todo ello supura tormento, dolor, belleza y tragedia a partes iguales. Su concierto fue un espectáculo puro, simple y sincero, fascinante de ver y excruciante de escuchar. Tras abandonar el escenario con cierto derrotismo purificador, nos quedamos con un cierto temblor y la sensación de haber estado aguantando la respiración durante más rato del que era sano para nuestros pulmones. ¿Fue el de Lingua Ignota el mejor concierto del día? Pues la verdad es que no lo sé. Y en realidad ni tan siquiera importa. Pero a mí me flipó.

Celeste

Por Joan Calderon

Tras la sobrecogedora actuación de Lingua Ignota había que cambiar de tono el estado de ánimo del personal. Los bolos de Anna Von Hausswolff y Lingua Ignota habían sido muy intensos en lo emocional, por lo tanto una propuesta contundente y nihilista como la de los franceses Celeste iba a ser el contrapunto ideal. 

Sorpresivamente y con puntualidad pasmosa, los cuatro franceses se subieron a las tablas y empezaron su descarga absolutamente abrumadora de black metal hardcorizado con la instrumental «(A)», todos los focos encendidos y a plena luz (cosa extraña dada la afición a la ennegrecida oscuridad de estos titanes), fue la encargada de abrir el viaje al ese horror psicológico que caracteriza su música, lírica y arte. Tras la excentricidad en el mundo Celeste de ejecutar el primer tema con toda la iluminación encendida, la cosa ya volvería a sus derroteros habituales, oscuridad absoluta y frontales de luz roja para el resto de actuación. 

Fuera por lo que fuera, sonaron mucho más contundentes y claros que en su anterior visita a Barcelona en marzo, además de mucho más rodados, mucho más atronadores. Repasaron casi al completo su último álbum Assassine(s) (2022) con alguna incursión a su anterior Infidèle(s) (2017). Destacaron por encima de la media, «De tes yeux bleus perlés» con esas oleadas a bocajarro de guitarras agresoras (sí, agresoras que no agresivas, parece que te peguen un puñetazo en la cara) contundentes y de ritmo frenético. Como no, la otra pieza a tener en cuenta fue la que podríamos considerar una de sus mejores canciones de su obra reciente, «Le cœur noir carbon», en este caso caso acompañada por la proyección del videoclip absolutamente terrorífico en el que se insinúa una violación (todo en Celeste es así, sugerente no explícito). Perfectamente sincronizados con lo proyectado en la pantalla, fue uno de los momentos álgidos de la actuación y, porqué no decirlo, del festival. 

Fue un auténtico bolazo, muy por encima del ofrecido a principios de marzo en la sala Bóveda. Más intenso, con más entrega y un sonido absolutamente atronador y de mejor calidad. Lástima que una parte importante del público prefirió aprovechar para ir a cenar. Celeste son jodidamente buenos y merecen más éxito del que tienen, lo creo firmemente desde hace ya muchos años, sobre todo después de la publicación del sobresaliente Animale(s) en 2013.

Carpenter Brut

Tras la intensidad acongojadora de Lingua Ignota y la contundencia rocosa de Celeste (que a mí me encantaron, pero que a nuestro compañero Joan Calderon le encantan aún más y por eso insistió por favor por favor en hacer la crónica), llegaba por fin del momento de desentumecer los músculos y dejar de tomarse las cosas tan en serio. Que los franceses Carpenter Brut sean todo un fenómeno dentro de la metalada y el sector guitarrero no deja de ser algo extraño, porque a pesar de que cuentan con una guitarra y una batería que atruenan, lo suyo es un synthwave bailongo de manual. Sea como fuere, hoy la banda de Franck Hueso (bien, en realidad él es la banda) eran los verdaderos cabezas de cartel tanto por horario como por escenario, y todos los presentes (yo incluido) nos dispusimos a pegarnos un buen fiestón junto a ellos.

El trío de Poitiers se colocó en el amplio y estrábico escenario (tres inmensas pantallas de gran luminosidad ocupaban toda la parte posterior) con guitarra y batería a lado y lado y Franck situado en el centro, escondido tras unas gafas de sol muy discotequeras, parapetado detrás de su sintetizador y arengando con los brazos al público siempre que fuera posible. Justificados por el relativo anonimato que se empeñan en mantener (su cara se distingue a la perfección desde cualquier lugar, así que ya me dirás tú), la banda no permitió que les hicieran fotos profesionales desde el foso, con lo que tuvimos que conformarnos con instantáneas más lejanas y hechas a fuerza de zoom. Ya os podéis imaginar que ese capricho mosqueó un pelín al gremio fotográfico, pero incluso a ellos se les pasó rápido el enfado tan pronto conectaron con el chunda-chunda irresistible que emanaba del escenario

Su concierto tuvo bastantes menos matices que los anteriores, con lo cual después de dos párrafos ya me encuentro con menos cosas que decir. Pero eso no hizo que lo disfrutáramos menos, al contrario. Tras un par de temas un poco titubeantes, los franceses se metieron el público en el bolsillo y, al cabo de unos minutos, tuvieron a centenares de personas sacudiendo piernas y brazos a su son. Hubo algunos momentos más chill en los que la gente se limitó a seguir el ritmo, pero cuando de verdad lo petaron fue cuando le metieron caña a todo trapo y se convirtieron en toda una bacanal del bailoteo. Por segunda vez en todo el festival, se formó una conga (en este caso inmensa) que serpenteó por toda la pista y me hizo notar que, a diferencia del resto del festival, durante este concierto sí que había una cantidad notable de gente joven. No sé si aprovecharon la gratuidad para los menores de 23 años, pero si tenemos que generalizar de forma un poco torticera, quedó claro que este rango de edad conecta más con la electrónica que con las guitarras.

El concierto pasó volando y nos revitalizó a todos, y el primer punto álgido antes del final llegó con la interpretación de la gran «Turbo Killer», sin duda mi tema favorito de su catálogo. En el repertorio de hoy hubo sitio para canciones de sus dos discos de estudio y de sus tres EPs, pero la apoteosis definitiva llegó con el bis, protagonizado por su versión del «Maniac» de Michael Sembello. Un clásico del dance ochentero que sirvió de alegre colofón a un concierto muy disfrutable y que enloqueció a un público que se desgañitó cantando el estribillo que, a modo de karaoke, se iba mostrando en las grandes pantallas traseras. Mola porque un remix de Flashdance engoriló a más gente que ninguna otra banda en todo el fin de semana. Para que luego digan que éste es un festival de músicas incómodas.

Za! vs 13Year Cicada

Como en la edición de 2019, el inclasificable dúo catalán Za! fue el encargado de cerrar una de las jornadas grandes del festival. Y como en 2019, cuando se subieron al escenario la gran mayoría del público ya había empezado a desfilar hacia sus casas, asumiendo que tras los cabezas de cartel ya habían visto todo lo que había que ver en el día de hoy. Y aunque está claro que la música de esta gente no es precisamente para todos los públicos, un concierto suyo no es una experiencia que suela dejar indiferente para bien o para mal. En esta ocasión, su actuación en el escenario 3 contaría con la compañía de los chavales de 13Year Cicada, un trío berlinés tan alocado como ellos, y entre unos y otros prometían hacer lo posible para desmontar las pocas conexiones neuronales que aún nos quedaban a estas alturas.

A Za! los amas o los odias. Algunos afirmarán apasionadamente que su música imprevisible y caótica es la obra de unos genios, mientras que otros dirán que se trata de una especie de patraña anárquica y sin sentido. Yo, en esta sempiterna equidistancia que me ha tocado vivir, no me sitúo ni en el bando de unos ni en el de los otros: hay veces que me han entrado como cuchillo en mantequilla y me han hecho disfrutar como un gorrino (por ejemplo, en ese mismo AMFest de 2019) y otras en las que me han rallado soberanamente. Hoy, por desgracia, he estado más cerca de lo segundo que de lo primero, no sé si porque ya estaba cansado o porque la propuesta facilorra de Carpenter Brut había puesto a dormir mis capacidades de comprensión de músicas complejas.

A pesar de que actuar acompañados, lo que vimos hoy sobre el escenario fue más o menos lo que viene a ser un concierto al uso de Za! Es decir: cachondeo cuqui, inventos raros, movimientos espasmódicos, corredizas apresuradas, trompetas estridentes, baterías enloquecidas, ritmos disonantes, alaridos impredecibles, guitarrazos asincopados y todas estas cosas que suelen hacer habitualmente. En un momento dado salieron dos chicas a hacer coros y saltitos, mientras que más adelante los cinco músicos se intercambiaron sus instrumentos de manera aparentemente random para ponerse a interpretar pequeños trocitos de canciones, también, aparentemente random. A veces no acabas de tener claro cuánto de improvisación hay en un concierto así, pero lo cierto es que buena parte del público (que, eso sí, aguantó en su mayoría durante toda la descarga) se los miraba con expresión desconcertada.

Después de casi 45 minutos de anarquía aparente y un apagón inesperado del sistema de sonido mediante, sorprendieron de nuevo marcándose una especie de medley de clásicos del rock y metal alternativo de los noventa, de los que destaco el «Do What I Say» de Clawfinger y el «Bullet in the Head» de Rage Against the Machine con el que finalmente acabaron su actuación. Así como os digo que suelo disfrutar de los directos de Za!, también opino que su concierto de hoy me pareció algo desdibujado. No sé si es que la cosa estaba menos trabajada que otras veces, que había menos compenetración entre unos y otros al tratarse de dos bandas distintas en colaboración ocasional, o sencillamente que yo no estaba por la labor. Pero aún y no volarme la cabeza, siempre es interesante meterse de tanto en cuanto en el fascinante mundo de los egarenses.

A nivel emocional, esta jornada del sábado ha sido probablemente la más intensa de esta edición del AMFest, con Lingua Ignota, Celeste Carpenter Brut como grandes triunfadores y con la decepción de Anna Von Hausswolff y, en menor medida, de Za! Esto es lo que tienen las propuestas atrevidas, que remueven entrañas y consciencias. Que a veces conectas y a veces no. Mañana, último día con la traca formada por Godspeed You! Black EmperorDeafheaven A.A. Williams. Casi nada para poner el punto y final a una edición memorable de uno de nuestros festivales favoritos.

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Sobre Albert Vila 931 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.