Bad Religion – Against the Grain: 30 años de la enésima obra maestra de los reyes del punk rock

Ficha técnica

Publicado el 23 de noviembre de 1990
Discográfica: Epitaph Records
 
Componentes:
Greg Graffin – Voz
Brett Gurewitz – Guitarra
Greg Hetson – Guitarra
Jay Bentley – Bajo
Pete Finestone – Batería

Temas

1. Modern Man (1:58)
2. Turn on the Light (1:24)
3. Get Off (1:43)
4. Blenderhead (1:12)
5. The Positive Aspect of Negative Thinking (0:57)
6. Anesthesia (3:04)
7. Flat Earth Society (2:23)
8. Faith Alone (3:40)
9. Entropy (2:24)
10. Against the Grain (2:09)
11. Operation Rescue (2:08)
12. God Song (1:38)
13. 21st Century (Digital Boy) (2:50)
14. Misery and Famine (2:35)
15. Unacceptable (1:44)
16. Quality or Quantity (1:34)
17. Walk Away (1:52)

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Que los californianos Bad Religion son la mejor banda de la historia del punk rock es algo que ya me estoy atreviendo a decir sin temor a ser tildado de flipado desde hace unos cuantos años. Y aunque eso es algo que siempre he pensado a nivel de gustos y afiliaciones personales, por algún motivo u otro tenía ciertas reticencias sociales en ponerlos públicamente por encima de mitos sagrados del género como pudieran ser los Ramones o The Clash. Pero supongo que después de cuarenta años sacando discazos, y tras encontrarme con opiniones similares (e igualmente escondidas) aquí y allá, ya no resulta descabellado decir que la banda de Greg Graffin y Brett Gurewitz se ha ganado sobradamente un lugar en lo más alto del olimpo del punk tanto por su calidad indiscutible como por una regularidad abrumadora e inusitada dentro del estilo.

Los americanos tienen una discografía envidiable (con diecisiete discazos que, en su mayor parte, no bajan del notable alto) y han envejecido con una regularidad, una elegancia y una clase que ya les gustaría a muchas otras bandas con carreras similarmente longevas, pero supongo que nadie pondrá en duda que su época dorada es la que va desde 1988 a 1994 (algunos la alargarían hasta 1996). En ese relativamente corto periodo de tiempo, Bad Religion publicaron una serie de discos sencillamente impresionantes que les auparon para siempre a la primera línea del punk y les hizo con un lugar eterno en el corazón de tantos y tantos adolescentes que vieron en ellos una banda comprometida, seria, responsable e inteligente que iba mucho más allá de la velocidad, la vigorosidad y la frescura que transmitía su música. Por fin, unos ídolos del punk que, quizás excepto por su nombre, uno podría presentar con orgullo y sin miedo a sus madres.

De esos seis (u ocho) años de intensa infatuación con las musas salieron obras tan maestras y pivotales como Suffer (1988), No Control (1989), Against the Grain (1990), Generator (1991), Recipe for Hate (1993) y Stranger than Fiction (1994). Pero no fue hasta la publicación de éste último y de su sucesor, The Gray Race (1996), que la banda vivió su tímido (y según cómo, efímero) éxito de masas a la estela del boom que lideraron Green Day y The Offspring, dos de sus discípulos más aventajados. Bajo el paraguas del sello Epitaph (sí, ya sé que Green Day nunca publicaron con ellos), creado por Brett Gurewitz, ambas bandas crecieron a su sombra y bebieron intensa y descaradamente de todos esos discos gloriosos que Bad Religion había publicado en el lustro anterior para construir una propuesta que arrasó con el mundo adolescente a mediados de los noventa. A día de hoy el estilo ha perdido gran parte de su popularidad a nivel global, y mientras los creadores de los estelares Dookie Smash se han diluido bastante y han acabado viviendo mayormente de las rentas cosechadas en esos tiempos, Bad Religion siguen sacando discarrales, siguen dando bolazos y no han perdido ni un ápice de su calidad, su autenticidad y el respeto unánime de la escena.

Personalmente me es bastante complicado quedarme con uno de esos seis maravillosos discos que he mencionado más arriba, y de hecho no tengo ninguna intención de ponerme en la masoquista tesitura de forzarme a escoger. Todos y cada uno de ellos rebosan himnos del punk rock hasta el punto que da un poco de miedo ver como Graffin Gurewitz (principales y prácticamente únicos compositores de la banda) fueron capaces de parir tal cantidad de temarrales (casi un centenar) con tan pocos borrones (debería analizar con detalle si de verdad hay realmente alguno), pero sí que es cierto que este Against the Grain siempre me ha hecho especialmente tilín por algún motivo que tampoco sabría especificar exactamente. Y eso que, probablemente, éste fue el último de sus discos clásicos en los que me metí en profundidad.

Mi devota pasión por los californianos (a los que considero, sin dudarlo lo más mínimo, una de mis cinco bandas favoritas del mundo mundial) se gestó en mi más tierna adolescencia, incluso antes de interesarme de verdad por el metal. A través de un chaval skater que conocía llegó a mis manos una cinta que sonaba como el culo y que llevaba el Suffer en una cara y el No Control en la otra. Como fan de Aerosmith y Guns N Roses que era yo entonces, lo que me encontré allí me pareció demasiado trallero y veloz, y en realidad no fue hasta que me insistieron grabándome un nuevo casette con el Generator y el Recipe for Hate (junto otro discarral como es el homónimo de Pennywise) que acabé de conectar de verdad con ellos y me motivé a intentar explorar de nuevo (ahora con muchísimo más éxito) esa primera cinta. El Stranger than Fiction ya me lo compré directamente en CD a la que salió poco después, y mi descubrimiento de verdad de Against the Grain no se produjo hasta que Bad Religion ya eran una de mis bandas de cabecera. Y vete a si precisamente por eso de ser «el nuevo», hoy le tengo ese aprecio tan especial.

Tras la creciente popularidad que les proporcionaron el aún sucio y seminal Suffer y el más cuidado No Control, este nuevo trabajo servía para pulir aún un poco más su sonido y, en consecuencia, para hacerles crecer un poco más y convertirse en su mayor éxito comercial hasta ese momento. Aquí suenan tan veloces e incisivos como siempre, y sus letras siguen siendo tan punzantes y críticas como lo habían sido hasta ahora, pero de una forma u otra se esforzaron en limar muchas de las asperezas a nivel de producción que aún podíamos escuchar en sus discos anteriores. A pesar de no bajar el pistón en ningún momento, este disco dura casi diez minutos más que sus dos predecesores (y, con 35 minutos se sitúa entre los discos «largos» de esa primera época) y contiene diecisiete temas que abarcan la mayor parte de sus vertientes musicales, desde los puñetazos más frenéticos y directos a los medios tiempos más accesibles y pegadizos. Y todo ello, por supuesto, sazonado con plenitud de de «oh-oh-ohs» y de melodías perfectas que se han convertido en el rasgo más inconfundible de la casa.

Me va a ser bastante complicado empezar a desgranar uno por uno el catálogo de temarrales que nos encontraremos aquí. Muchos de ellos han sido probablemente olvidados por muchos de los fans menos acérrimos y hasta por la propia banda, pero personalmente todos me resultan sencillamente impresionantes. Porque pepinarros tan pavorosamente vigentes treinta años más tarde como son la brutal e inicial «Modern Man», la mítica y pegadiza «Anesthesia», el melódico, sereno y saltarín tema título, la buliciosa, veloz y hoy apropiada «Flat Earth Society» o la omnipresente «21st Century Digital Boy» (de la que hablaremos con detalle en unos momentos) siguen teniendo una presencia más o menos destacada en los repertorios de la banda y seguro que están en la mente de casi todo el mundo que se pone a recordar clásicos de la banda californiana, pero tras ellos existe una serie media absolutamente divina que me temo que han caído injustamente en el olvido y, definitivamente, no reciben todo el amor que se merecen.

Porque en este disco hay muchos más temas que, por su calidad y memorabilidad, también suman méritos de sobras para alcanzar un estátus de clásicos impepinables que, hasta cierto punto, me sorprende sinceramente que no posean. Quizás el hecho de ser tan fan de la banda, de escucharme sus discos siempre de pe a pa y de que los propios Bad Religion siempre hayan sido tan flexibles y fluidos a la hora de configurar sus setlists ha hecho que hasta ahora no me parara a pensar en qué canciones habían trascendido de verdad y cuáles se habían quedado aparcadas en un cajón de la historia. Ya sé que si os empiezo a enumerar todos los cortes de este disco como potenciales merecedores de la gloria celestial me tildaréis de fanboy sin criterio (algo que no se aleja mucho de la realidad), pero por lo menos dejadme decir que me parece bastante sorprendente que temarrales tan impresionantes como son la maravillosa y emotiva «God Song», con una línea vocal absolutamente mágica tanto en estrofa como en estribillo (probablemente, incluso, mi favorita de todo el disco), la zapatillera y festiva «Walk Away» (un tema, ojo, que no han tocado nunca en directo) o la directa, motivante y en definitiva genial «Operation Rescue» tengan una presencia tan testimonial en la historia y el imaginario colectivo de la banda.

Pero es que tras ellas, y para formar parte de la «tercera línea» del disco, canciones como la punkarra «Turn on the Light», la canónica «Get Off» (un tema 200% Bad Religion en todos sus matices), la brillante «Blenderhead» y su final sorprendentemente abrupto (que parece que no estaba en absoluto pensado asi, sino que hubo una especie de problema con la cinta del master y al final decidieron dejarlo tal cual, supongo que con la sana intención de trolear) o la frenética y breve «The Positive Aspect of Negative Thinking» tienen un nivel que ya les gustaría a la mayoría de discos que se han parido antes o después. En mi siempre subjetiva opinión, aquí no hay ni un solo corte que desentone lo más mínimo, y también la vacilona y melódica «Faith Alone», la genial y pegadiza «Entropy», la culebrera y divertida (no por la temática, evidentemente) «Misery and Famine», la bailable «Quality or Quantity» o la cruda y seminal «Unacceptable», que tiene la grandísima particularidad de ser la única canción de toda la carrera de la banda en cuya composición no participaron ni Greg Graffin ni Brett Gurewitz (la firma el combo Bentley / Hetson) me parecen temarrales como la copa de un pino (grande).

Pero claro, si hay un tema que ha pasado realmente a la historia es sin duda «21st Century Digital Boy», convertido muy probablemente en ese gran hitazo de la banda que todo el mundo conoce. No solo se trata de la canción que más veces han interpretado sobre un escenario y de que la hayan explotado hasta el punto de regrabarla para Stranger than Fiction con el único propósito de exprimir su potencial como single de éxito en un momento en que la banda gozaba de mucha más popularidad, sino que su letra sigue siendo absolutamente mítica (y tan vigente como el primer día) y su visión a medio tiempo del punk melódico (que la banda ya empezó a explorar en «Sanity», de su anterior No Control) ha sido excepcionalmente influyente a la hora de convertir el punk rock en un estilo realmente popular. Es posible que no sea una mis treinta canciones favoritas de la banda (no es coña) y que la hayan sobreexpuesto un poco, pero no hay duda de que se trata de un temazo imprescindible e incontestable.

La genialidad que es este Against the Grain (confirmada con entusiasmo ahora que lo he venido reescuchando con más insistencia) está fuera de toda duda y certifica que el momento que vivió la banda en esa época fue casi extraterrestre. Porque un discarral como éste sería la obre cumbre de cualquier otra banda de punk rock, pero para Bad Religion solo es un eslabón más entre todas las maravillas sónicas que han ido publicando. Para ilustrar la brillantez y la constancia de la carrera de los californianos, solo hace falta echar un rápido vistazo a Spotify: sus ocho canciones más populares pertenecen a ocho álbumes distintos (y ninguno de ellos es, inexplicablemente, ni Suffer ni Generator), y en ellas hay representantes de los ochenta, de los noventa, de los dosmiles y de los dos mil dieces. ¿Me podéis decir alguna otra banda igual? Yo os doy una pista: absolutamente ninguna.

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Sobre Albert Vila 900 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.