Iron Maiden – Iron Maiden: 40 años del debut de la banda definitiva del heavy metal

Ficha técnica

Publicado el 14 de abril de 1980
Discográfica: EMI Records
 
Componentes:
Paul Di'Anno - Voz
Dave Murray - Guitarra
Dennis Stratton - Guitarra
Steve Harris - Bajo
Clive Burr - Batería

Temas

1. Prowler (3:56)
2. Sanctuary (3:16)
3. Remember Tomorrow (5:29)
4. Running Free (3:17)
5. Phantom of the Opera (7:08)
6. Transylvania (4:19)
7. Strange World (5:32)
8. Charlotte the Harlot (4:13)
9. Iron Maiden (3:36)

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El disco de debut de Iron Maiden cumple hoy cuarenta años, que se dice pronto. La banda quintaesencial del heavy metal (en disputa quizás con Judas Priest, tal y como intentaremos discernir durante el día de hoy) lleva cuatro décadas reinventándose en lo musical y mutando su imagen disco tras disco para convertirse, sin demasiadas dudas, en la agrupación más icónica que define todo un género. Puede que bandas como AC/DC (si lo suyo se puede considerar metal, que supongo que no) o Metallica sean más grandes que ellos a nivel de popularidad, e incluso puede que los mencionados Judas representen mejor la esencia del estilo, pero no creo que nadie dude que Maiden, Eddie y todo lo que les rodea son la épica metálica personificada y la primera banda a la que muchos (metaleros y no metaleros) les vendrá a la cabeza cuando piensen en qué es el «heavy metal».

No es momento ahora de repasar ni la fascinante carrera de la banda ni mi propia relación con ellos, y si tenéis ganas de leer sobre el tema ya os garantizo que a lo largo del día de hoy os vamos a ofrecer horas y horas de entretenimiento monotemático. Pero resulta admirable que a pesar de su éxito rotundo, Iron Maiden hayan pasado estas cuatro décadas sin dormirse en los laureles ni vivir de las rentas en ningún momento. Al contrario, han seguido evolucionando musicalmente (de este Iron Maiden a The Book of Souls hay un buen trecho) y lo han hecho con coherencia, confiando en su propio trabajo y manteniendo una inquietud que ha llevado incluso a que Steve Harris montara una banda como British Lion para volver a sentir lo que es tocar en pequeños clubs. ¿Veis vosotros a muchas superestrellas del metal haciendo eso? Yo no.

Aunque su debut discográfico oficial no se produjo hasta 1980, el señor Harris ya llevaba unos cuantos años pateándose los pubs londinenses con bandas como Gypsy’s Kiss, Smile o unos incipientes Iron Maiden que a pesar de no haber editado aún nada ya eran unas pequeñas celebridades del underground británico. Con una formación tremendamente inestable por la que habían pasado tres vocalistas, nueve guitarristas y cuatro baterías en menos de cinco años, y a pesar de nacer en pleno auge de un punk que dominaba los gustos de la juventud más rebelde, los Maiden se ganaron una buena cantidad de fans fieles y devotos a base de girar sin parar y de ofrecer conciertos potentes, sorprendentes y tremendamente energéticos allá dónde podían.

Supongo que una de las principales razones por la que algunos de esos componentes primerizos no duraron demasiado (más allá de la conocida mano de hierro de Steve, que seguro que algo tendrá que ver también) es que en esos tiempos el ritmo que llevaba la banda era bastante estresante, combinando un inevitable trabajo diario que les permitiera subsistir con horas y horas de carretera un fin de semana tras otro para ofrecer conciertos en todos los rincones de Inglaterra sin ver casi ni un duro por ello. Así que es posible que, una vez firmado su contrato discográfico con EMI y solucionada por fin su estabilidad a nivel económico, ese nivel de presión se relajara considerablemente y la banda pudiera, por fin, mantener un line up formado por Paul Di’Anno, Dave Murray, Steve Harris y Clive Burr que, a excepción del breve y casi circunstancial Dennis Stratton (que pronto demostró serias desavenencias musicales con los demás), se iba a convertir en el primer clásico estable de su carrera.

Dos de los temas mas conocidos de este álbum que hoy nos ocupa ya formaban parte del ahora mítico The Soundhouse Tapes, una maqueta con tres canciones que la banda grabó a finales de 1978 y que supuso su verdadera carta de presentación ante el mundo. Allí estaban tanto «Iron Maiden» como «Prowler», cuyas versiones son básicamente idénticas (si bien quizás un pelín más lentas) a lo que podemos escuchar en el disco. Otros cortes como la instrumental «Transylvania» o un «Sanctuary» que acabó convirtiéndose en clásico pero que originalmente no se incluyó en su disco de debut (sí lo está, extrañamente, en la reedición de 1998) datan de aún antes, alrededor de 1977, de forma que Iron Maiden no deja de ser una especie de recopilación de esos primeros años de la carrera del grupo.

De ese The Soundhouse Tapes solo se imprimieron 5000 copias con la intención de premiar a esos die hard fans que les seguían a todos lados, así que se agotó en cuestión de semanas y hoy se ha convertido en una muy valiosa pieza de coleccionista. Además de las mencionadas «Iron Maiden» y «Prowler», su tracklist se completa con «Invasion», un tema muy punkarra que a mí no me convence demasiado y que parece que a ellos tampoco, ya no llegó a tener sitio en el disco y acabó siendo relegado a la cara B de «Woman in Uniform», una divertida versión de los australianos Skyhooks que se publicó como single a finales de ese mismo 1980. Por cierto, que a pesar de que Maiden siempre han pasado de politiqueos, durante esa época tenían una fijación bastante obsesiva con la figura de Margaret Thatcher. Tanto, que la entonces recientemente elegida primera ministra británica (que compartía con ellos el apodo de «Dama de Hierro»), protagonizó junto a Eddie la portada de algunos de esos singles primigenios (dónde, como os podéis imaginar, no quedaba en muy buen lugar).

Se dice que uno de los momentos clave para que Maiden pudieran saltar del underground al mainstream es que el entonces afamado DJ radiofónico Neal Kay se hizo con una copia de esta maqueta cuando aún no tenía nombre ni estaba a la venta y le flipó desde el primer momento, de manera que empezó a ponerlos asiduamente en su programa y con ello su propuesta llegó a los oídos de mucha más gente. Entre otros, a los de los ejecutivos de la gigantesca y todopoderosa EMI, que estaba buscando una banda en la que apostar para introducirse a fondo en el mundo del heavy metal. Cuenta la leyenda (y además se ve que es verdad) que la decisión estaba entre Def Leppard y Iron Maiden, pero parece que cuando alguien de la compañía fue a ver a Steve Harris y los demás en directo flipó tanto con la reacción de los fans que no le quedó ninguna duda sobre a qué banda debía escoger.

Muchas veces, y para poner en valor su carrera, se dice que Iron Maiden ha llegado a dónde está sin soporte mediático. Evidentemente yo no viví esos primeros años en primera persona, así que no sé valorarlo con total conocimiento de causa, pero no puedo evitar mirarme esta afirmación con la ceja un poco levantada. Es posible que no salieran en la MTV (que en los ochenta siempre estuvo orientada a bandas con un sonido más americano), pero desde el primer momento EMI apostó fortísimo por ellos (y ellos respondieron con creces, ojo, que no es que les regalaran nada), dándoles todo el soporte económico posible en forma de vídeos, grabaciones y giras gigantescas por todo el mundo a un nivel que grupos de ahora, con mucho más medios técnicos que entonces, no pueden acceder hasta bien entrada su carrera.

Uno de esos primeros vídeos de calidad profesional que refleja muy bien el (espectacular) estado de forma del que gozaba la banda en esos tiempos es quizás el breve pero brutal «Live at the Rainbow» (lo podéis ver en la sección Multimedia de este mismo artículo) que grabaron a finales de ese mismo 1980 y que ya incluye incluso tres de las canciones que iban a aparecer en Killers (1981). Se trata de uno de los primeros conciertos de Adrian Smith con Iron Maiden tras sustituir a Dennis Stratton, y personalmente me flipa el carisma tanto de Clive Burr (y eso que yo siempre he sido muy de Nicko) como de Paul Di’Anno, que a pesar de no moverse demasiado sobre el escenario, cantaba de la leche y tiene un magnetismo y un sex appeal innegable con su pinta de macarra punk pasota, vacilón y ligeramente desgarbado.

Por cierto, que mirando este video, y acostumbrados como estamos a los gigantescos Eddies articulados que la banda lleva en sus giras a día de hoy, no deja de ser gracioso comprobar como en esos tiempos era un tío desaliñado con una máscara cutrona el que se paseaba por el escenario lanzando humo, algo que muchas bandas hacen ahora y nos miramos con cierta sospecha. No hace falta decir que la aparición de ese carismático y juvenil personaje que crearon (casi de potra) como simple cabeza de gamberro punk, que Derek Riggs reinventó en esa mítica primera portada y cuya mutación constante ha acompañado y ha llenado de magia y fascinación el crecimiento de la banda hasta hoy ha sido clave para ayudar a que Iron Maiden sea lo que es ahora.

Para mucha gente (sobretodo los que no pueden con la voz de sirena de Bruce), esta primera época de la banda con Paul Di’Anno al frente es aún la mejor de la historia de Iron Maiden, y la verdad que el sonido garagero, sucio, macarra y con un pie en el punk (un estilo que Steve denostaba, por cierto) que ofrecían aquí está lleno de garra y es realmente original. No sé cómo debió sonar esto en su momento, pero incluso ahora (y a pesar de que yo tengo claro que, en general, me quedo con la época Dickinson) me parece que este sonido primerizo es más rompedor dentro de los estándares del metal que lo que lo fue en años posteriores.

Hay que decir, por cierto, que la producción de este disco de debut no gustó nada a los miembros de la banda, que se quejaron abierta y amargamente de que el productor Will Malone no estuvo mucho por la labor de hacerlos sonar al máximo de su potencial a pesar de contar con medios más que de sobras para hacerlo. Y la verdad es que una vez escuchado Killers (ya con Martin Birch a los mandos) o los directos de la época, nadie les puede negar la razón, ya que las canciones aqui (quizás por culpa, sobretodo, de unas guitarras algo apagadas) no tienen el punch que verdaderamente podrían llegar a tener.

Aprovechando esto para entrar ya (por fin) de lleno en el disco en sí, diría que en general este Iron Maiden no suele estar considerado como uno de los álbumes favoritos de los fans de la banda. Y no será porque aquí no se encuentre una buena dosis de clásicos: «Running Free» y «Iron Maiden» (dos temas que a mí nunca me han gustado especialmente, por cierto) son imprescindibles en cualquier setlist de greatest hits de la banda, mientras que «Phantom of the Opera» es el primer tema «largo» de su carrera, la primera piedra de una de sus vertientes más celebradas y uno de los grandes favoritos por parte de los fans.

En lo personal, además, y a pesar de no ser tampoco de mis favoritos, recuerdo este álbum con especial cariño. Algunos ya me habréis leído explicar alguna vez que conocí a Iron Maiden a través de A Real Dead One, la segunda parte de esa extraña dupla que formaba junto A Real Live One y que documentaba parte de la inmensa gira de presentación de Fear of the Dark. El formato era un poco raro: en Live se incluían los temas de la época 1986-1992 mientras que en Dead estaban los de 1980-1985. En esa gira les apeteció dar especial protagonismo al disco que nos ocupa hoy, ya que allí estaban «Prowler», «Transylvania» (estas dos me flipaban), «Remember Tomorrow», «Running Free» y «Iron Maiden» (además de «Sanctuary», también de esa misma época). Evidentemente, en mi mente adolescente entendí que, en un concierto o un disco en directo, cualquier banda iba a tocar ni más ni menos que sus mejores temas, así que me pareció claro que éste y no otro tenía que ser su mejor álbum. Motivado por esa aparente evidencia, el CD de Iron Maiden fue el siguiente disco de la banda que me compré, y a pesar de que me lo puse unas cuantas veces, me sorprendió que el tío que cantaba fuera otro y, en general, me convenció solo a medias.

Supongo que no hará falta que me ponga mucho a explicaros cómo suenan unos temas que habéis escuchado tantas veces como yo. En todo caso, sí decir que mis favoritas son probablemente la inicial, vacilona y genial «Prowler» y la épica «Phantom of the Opera» (el tema más Maiden de todos, me atrevería a decir, a pesar de sus innecesarios últimos segundos), y que también la instrumental «Transylvania» suele ponerme de bastante buen humor. A pesar de ser clásicos impepinables, siempre he tenido algunas reticencias con «Running Free» y también con la final «Iron Maiden», temas que están bien pero que si no fueran tan míticos y los Maiden no fueran tan conservadores con sus repertorios, quizás haría años que habrían dejado de estar siempre ahí. A pesar de tener partes sobradamente rockeras, «Remember Tomorrow» y «Strange World» tiran hacia la balada más que casi cualquier otro tema de la banda durante la década siguiente (a excepción, si queréis, de «Children of the Damned»). La primera aún ha tenido cierto recorrido, pero «Strange World», que en muchos sentidos es muy bonita, es también quizás el tema más olvidado de este disco, tanto por parte de la banda como de los fans.

Por último, «Charlotte de Harlot» es conocida por ser la única canción escrita enteramente por Dave Murray en toda su carrera, y también es la primera de las cuatro que la banda le dedicó a esta ahora famosa prostituta a lo largo de los años. Su historia continúa en «22 Acacia Avenue» de The Number of the Beast, en «Hooks in You» de No Prayer for the Dying y, finalmente, acaba en «From Here to Eternity» de Fear of the Dark. Es curioso porque se trata de un tema que no solía gustarme pero que en los últimos tiempos parece que le he pillado el tranquillo. Quizás no la pondría en ningún top personal de Maiden, está claro, pero su escucha me resulta indudablemente divertida. Por cierto, que no sé si un título como «Charlotte the Harlot» («La prostituta Charlotte») sería muy bien recibido a día de hoy, pero en esos inconscientes ochenta se podía decir de todo y la gente se lo tomaba bastante más a la ligera que hoy.

Es posible que Iron Maiden no sea el mejor disco de la historia de la banda liderada por Steve Harris, pero no solo contiene un montón de temazos más que memorables sino que aquí se introducen muchos de los elementos que los iban a hacer grandes, desde las dobles armonías de guitarra, las cabalgadas de bajo o el toque progresivo de epopeyas como «Phantom of the Opera». Al poco de publicarlo se embarcaron en una gira europea junto a Kiss (de los que seguro aprendieron mucho a nivel escénico), y en cosa de cuatro años se estaban comiendo el mundo enfundados en mallas de colorines y montando algunas de las producciones más espectaculares que se habían visto hasta entonces en el mundo de la música. Había nacido un mito, y el heavy metal ya nunca sería igual.

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Sobre Albert Vila 843 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.