Crónica y fotos del AMFest 2022 - Día 4 - La Farga (L'Hospitalet de Llobregat), 9 de octubre de 2022

GY!BE embelesan y Deafheaven provocan sentimientos encontrados en el colofón final del AMFest 2022

Datos del Concierto

AMFest 2022 - Día 4

Bandas:
Godspeed You! Black Emperor + Deafheaven + A.A. Williams + Slow Crush + Midwife + Tashi Dorji
 
Fecha: 9 de octubre de 2022
Lugar: La Farga (L'Hospitalet de Llobregat)
Promotora: Aloud Music Ltd.
Asistencia aproximada: 1.000 personas

Fotos

Fotos por Josep M. Llovera / Beto Lagarda

Tras tres días de emociones intensas y un cansancio acumulado considerable tanto a nivel físico como mental (ahora he tenido un flash y, no sin cierto vértigo y pavor, he reparado en que debía hacer como tres años y medio que no asistía a cuatro días seguidos de conciertos), agarré el coche para recorrer por última vez los ya habituales 39 kilómetros que separan mi párquing del recinto de La Farga de L’Hospitalet. Afortunadamente, las decenas de miles de usuarios que suelen copar la Ronda de Dalt y las entradas de Barcelona a media tarde hoy debían estar haciendo acopio de fuerzas para volver a la ardua batalla que les esperaba de nuevo a partir de cada lunes, así que el trayecto fue infinitamente más plácido que cualquier otro día. Pobrecillos, cada vez que me encuentro atrapado en un embudo automovilístico de ese calibre pienso que algo estamos haciendo rematadamente mal entre todos.

Por el camino, tocaba hacer un poco de asimilación de todo lo que habíamos vivido durante el fin de semana y prepararnos para lo que nos esperaba en esta jornada de domingo. Porque hoy nos llegaba uno de los platos fuertes y el nombre que encabezaba el AMFest 2022 por encima de todos los demás: Godspeed You! Black Emperor. Para arropar a los canadienses, y como cada día, un cartel variado y de lujo que contaba con Deafheaven (viejos conocidos y grandes triunfadores, en mi opinión, de la edición de 2019) y A.A. Williams como principales reclamos, así como a Slow Crush, Midwife y Tashi Djori como propuestas más desconocidas y aún por descubrir. Al ser ya la última jornada, el elenco del día se reducía a seis bandas, mientras que la hora de cierre se situaba en unas muy prudentes diez de la noche, cosa que agradecimos para así poder descansar un poco y no hipotecarnos muy a lo bruto el inicio de la nueva semana.

Como tras cuatro días de deambular por la zona ya me conozco los aledaños de La Farga como si hubiera vivido aquí toda la vida, aparcamos sin ningún problema en la segunda de las múltiples opciones que tenía avistadas. Un día más fui incapaz de llegar a primera hora, e incluso nos permitimos el placer culpable de tomar un tranquilo (y breve) café en un bar de los aledaños, pero también hoy pudimos contar con la espada de uno de nuestros generosos y comprometidos compañeros de revista, que raudo y veloz se plantó aquí poco después de que abrieran las puertas. El bueno de Beto Lagarda, además de ser fan locaza de uno de los grandes reclamos de hoy como son Deafheaven, también nos acercará a lo que ocurrió en los conciertos de las dos primeras bandas de la jornada. ¡Todo tuyo, Beto!

Tashi Dorji

por Beto Lagarda

Hay propuestas complejas de asimilar, sobre todo cuando entran en una ecuación de rebote como es el caso de Tashi Dorji. Incluido en el cartel por venir en pack con Godspeed You! Black Emperor, el butanés apoyado solo por su guitarra eléctrica nos venía a ofrecer un curioso repertorio de improvisación instrumental. Fusionado free jazz y la música budista en formato monástico, la propuesta no cuajó entre unos pocos asistentes que no acabaron de comprender o conectar con el solista del pequeño reino de los himalaias.

Su media hora de actuación se limitó a tocar sin parar, sin mucho sentido, sin mucho sabor. Haciendo gala del membrete del festival, música ruidosa que provoca malestar, aquí si logramos conectar con la premisa. Tashi Dorji no pasará a ser recordado por la mayoría de asistentes de primera hora de la última jornada del AMFest 2022.

Midwife

por Beto Lagarda

Madeline Johnston, conocida como Midwife es una artista que practica un slowcore que ella misma nombra como “heaven metal”. Sus inicios se vieron sacudidos por varias pérdidas, primero su local de ensayo y almacén de material, incendiado en 2016. Johnston y su amigo cercano Colin Ward fueron dos de los 15 músicos locales desplazados. Un poco más de un año después, Ward murió inesperadamente. Las pérdidas consecutivas hicieron que Johnston se sintiera sofocada por el dolor, desconectada de su comunidad en una ciudad que ya no se sentía como en casa. Se sumergió en el proceso de composición de canciones hasta que resurgió con Forever, una colección de shoegaze sincero y minimalista que lidia con la impermanencia de la vida.

Acompañada con su bonita guitarra y un micro vintage muy resultón, Johnston ofrece un show pesado e hipnótico, lleno de cavilaciones casi sin palabras sobre el dolor de la pérdida. A pesar de la desesperanza de sus letras, Johnston le da a su música una especie de éxtasis dionisiaco, una liberación de su anhelo inexpugnable.

Como compositora, Johnston favorece la repetición, con letras y riffs que giran sobre sí mismos como espirales en el caparazón de un molusco, hasta que cada movimiento está hecho para relajarse y disolverse. Su espectáculo es mimado, pausado pero destila dureza tras cada nota. La norteamericana conecta fácil con el público y el público se acaba metiendo dentro de los loops y las instantáneas melódicas que Johnston crea con facilidad. Un gran descubrimiento.

Slow Crush

Cruzadas por última vez las puertas de entrada a La Farga, y una vez aprovisionados con la primera de las pocas cervezas que cayeron durante esta tranquila tarde-noche de domingo, nos apresuramos a plantarnos delante de un escenario 3 en el que ya habían empezado a sonar las primeras notas del concierto de Slow Crush. La actuación del joven cuarteto belga me pilló poniéndome aún en situación, y lo cierto es que cuando empecé a conectar en serio con ellos ya estaban entrando en la recta final de su descarga. Y aunque no fue hasta que se lanzaron a interpretar canciones como “Hush” o “Glow” que acabé de centrarme, valorar detalles y apreciar todo el potencial que poseen, su especie de mezcla entre post-cosas varias, dream pop melindroso y shoegaze tirando a abrasivo no me resultó incómoda ni desagradable de escuchar en ningún momento.

Formados en 2017, su repertorio constó de cuatro temas de cada uno de sus dos discos de estudio (Aurora, publicado en 2018, y el reciente Hush), y si bien toda la banda demostró poseer una notable capacidad técnica y una más que solvente puesta en escena, la mayoría de miradas se centraron en la poderosa figura de su vocalista Isa Holliday, una mujer de planta agresiva, piernas tatuadísimas, voz poderosa y un bajo inmenso (o inmenso en proporción al tamaño de la bajista, claro) entre manos. Al igual que ocurrió con otras bandas como Caspian, Birds in Row o Irist, el principal motivo por el que Slow Crush se habían hecho un hueco en el cartel de este AMFest era su condición de teloneros de la gira europea de Deafheaven (y eso ya debería darnos unas cuantas pistas sobre en qué derroteros se mueven Deafheaven a día de hoy), pero aún y viniendo de “comparsas”, creo que encajaron bien y dejaron buen sabor de boca en la gran mayoría de los presentes. A mí tampoco es que el concierto de los belgas me impresionara especialmente, pero sí que me parecieron una propuesta muy sólida y muy válida que nos sirvió a la perfección para empezar a calentar motores de cara al resto de la jornada.

A.A.Williams

El de A.A. Williams era el primer concierto del día que esperaba con verdaderas ganas, y no porque domine especialmente el catálogo de esta interesantísima artista inglesa, sino porque lo relativamente poco que había escuchado de ella me había llamado poderosamente la atención. Y ese interés no era solo cosa mía, sino que buena parte de los presentes comentaban como, más allá de los dos grandes nombres que iban a cerrar la jornada y el festival, la londinense se presentaba en el AMFest como la gran tapada. Con tan solo cuatro años de carrera y tres discos (de éxito creciente) en el mercado, A.A. ha sido comparada con algunas grandes del género como Emma Ruth Rundle y Chelsea Wolfe, y aunque en mi opinión su propuesta no se parece realmente a la de estas dos magníficas cantautoras americanas, esto nos puede dar una idea de por dónde van los tiros y, más importante aún, de la confianza y las expectativas que se están generando a su alrededor.

Si bien eso es algo que, probablemente, se puede aplicar a casi todos los conciertos que tuvieron lugar en horario de tarde durante este fin de semana, en el caso de A.A. Wiliams resultó especialmente evidente y notorio que sobraba luz por todos lados. Con los cuatro miembros de la banda de negro riguroso y emergiendo severos y taciturnos entre bocanadas constantes de humo, está claro que los rayos que se colaban por los ventanales del techo impedían poder vivir la experiencia que nos ofrecían al 100%. Está claro que es imposible que todo el mundo toque de noche, así que los británicos se tuvieron que esforzar especialmente para que olvidáramos este pequeño matiz y consiguiéramos meternos por completo en su mundo. Y ya os aviso que lo consiguieron.

Si hay algo que me resulta especialmente fascinante de la propuesta de la artista londinense es que consigue ser oscura, pesada, descarnada, épica, potente, dramática y severa sin dejar de ser a la vez suave, melódica, dulce, etérea, íntima, cálida, esperanzadora y accesible. Sirviéndose de estructuras instrumentales relativamente sencillas (y ojo que hacer las cosas sencillas no es siempre fácil) y de un aura a veces doom, a veces gótica, a veces brujística y a veces todo lo contrario, A.A. Williams y familia nos atraparon con insultante elegancia en su constante juego de fluidos contrastes. Aunque durante los aproximadamente sesenta minutos que estuvieron sobre el escenario otorgaron especial protagonismo a los temas de su nuevo trabajo, titulado As the Moon Rests, tampoco se olvidaron de ofrecer pequeñas pinceladas del resto de su aún escueta discografía, con especial mención a cortes como la inicial “For Nothing”, la brutal y antémica “Hollow Heart” o la celebrada “Melt” con la que cerraron su descarga.

En lo personal, y a pesar de que un pequeño cristo con las acreditaciones de otro evento que se celebraba en ese mismo momento me mantuvo molestamente ocupado e incapaz de prestar atención plena al concierto de A.A. Williams durante más rato del que me hubiera gustado, los británicos me gustaron mucho. Me atrevo incluso a decir que muchísimo. Tanto, que me atrevería a catalogarlos como mi gran descubrimiento de todo el festival. Y es curioso, porque mi sensación es que me gustaron más incluso de lo que me gustó su concierto, lo cual quizás no se entiende mucho pero que es exactamente lo que quiero decir. Es una pena que no llevaran merch, porque ahí me iba yo directo.

Deafheaven

La magia de la música (y del arte en general) es que es capaz de provocar que un mismo concierto, a ojos de personas con gustos más o menos parecidos, sea percibido y vivido de formas totalmente distintas. Esto es lo que ocurrió con la polarizante descarga de los americanos Deafheaven, que a mí me pareció tirando a frustrante y desencantadora pero que mi compañero Beto Lagarda, situado un pírrico metro a mi derecha, disfrutó con auténtica fruición. Como en esta casa somos gente plural, y para que podáis procesar y valorar todos los matices, aquí os dejamos con ambas opiniones:

Deafheaven, la mayor decepción del festival

por Albert Vila

Vaya por delante que a mí Deafheaven me gustan entre bastante y mucho y que su súbita irrupción en 2013, a lomos del tremendo Sunbather, me pareció un fascinante soplo de aire fresco dentro de una escena black metal que a veces se toma demasiado en serio. Vaya por delante también que su concierto en el AMFest de 2019 (la única vez que los había visto hasta ahora) me pareció el mejor (o casi el mejor) de todo el festival. Y vaya por delante, igualmente, que las pocas escuchas que le he dado a su más reciente Infinte Granite me provocaron alguna que otra mueca de desconcierto y que, con bastante celeridad y sin ningún tipo de reparo ni remordimiento, eliminé rápidamente este trabajo de mi mente y de mi rotación sin pensármelo dos veces. ¿Una decisión drástica y tajante que se habría podido matizar con tiempo y paciencia? Pues quizás sí, pero uno no puede estar a todo.

Quizás asumiendo que el disco de marras no me gusta, tendría que haber deducido fácilmente que el concierto de hoy tampoco lo iba a hacer. Pero uno de mis clásicos defectos/virtudes es la gran capacidad que tengo para poner en valor lo bueno y atenuar lo malo, así que teniendo mucho más en mente su concierto de 2019 que su disco de 2022, me planté delante del escenario 2 con todas las ganas de disfrutar de un bolazo sin paliativos junto a un montón de gente que los esperaba con gran expectación. Y sabe dios, puñeta, joder, la ostia que me pegué.

Porque si en disco este nuevo rollo que se llevan entre manos no me gusta, en directo me pareció el horror. El primer gran problema, claro, es que sonó mal. A veces, sonó incluso muy mal. Eso no fue cosa del escenario, que petó como un cañón durante todo el fin de semana y brilló con luz propia en conciertos tan complicados de sonorizar como los de Pallbearer, Elder o Celeste. Tampoco podemos achacarlo a estar mal situados, ya que me encontraba en una línea perpendicular perfecta y tenía la mesa de sonido a un par de metros. No niego que la propuesta de los de San Francisco sea puñetera de plasmar técnicamente, pero el descalabro en este sentido mediatizó mi visión de un concierto con el que no conecté en ningún momento, ni tan siquiera durante la interpretación de los (pocos) temas antiguos con los que venía perfectamente dispuesto a conectar.

No os creáis que yo soy de los que pienso que antes molaban porque le metían tralla y ahora no molan porque se han vuelto melódicos. No soy sospechoso ni de adorar la tralla per se ni de tener ningún tipo de problema (al contrario) con la melodía. Lo que me desconcierta de este súbito viraje que han pegado con Infinite Granite es que antes hacían algo original, personal y rompedor, mientras que ahora se han adentrado en el insulso mundo de lo genérico. No voy a hablar de su versión en estudio (porque ahora mismo no la tengo en mente de forma suficientemente vívida), pero en directo la mayoría de estas canciones me sonaron simplonas, aburridas y tirando a “cutres”. Y lo peor y más doloroso de todo fue la voz de George Clarke, desafinando constantemente y mostrando una incapacidad manifiesta (quizás tenía un mal día, no lo sé) para poder llevar esas melodías al directo con ciertas garantías de éxito.

Si bien este polarizante nuevo álbum sirvió de hilo conductor evidente para la descarga de hoy, también le procuraron un pequeño hueco a sus tres anteriores trabajos. Tras hacer que me arrancara los pelos durante un par de canciones, decidieron lanzarse a por “Honeycomb”, un temazo de su Ordinary Corrupt Human Love de 2018 que siguió sonando mal, pero al menos allí había un poco de todo aquello que los hizo grandes y especiales: épica, intensidad, emoción, luminosidad, voz viperina y una batería a toda ostia. “The Gnashing” y “Mombasa” me volvieron a parecer un pequeño despropósito, con una voz inexplicable y momentos que me produjeron cierto estupor. Como por esos entonces yo ya estaba más fuera que dentro, ni tan siquiera pude disfrutar como quizás se merecían (aunque siguieron sonando rematadamente mal) de dos temazos como son “Brought to the Water” y la ya antémica “Dream House”. En este último tema se produjo una auténtica bacanal de despiporren en las primeras filas, así que como mínimo nos despedimos con un buen regusto de boca final.

En un primer momento pareció que el escenario número 2 se les quedaba pequeño, pero la verdad es que a medida que avanzaba su concierto bastante gente empezó a desfilar. No creo que pueda achacar eso a que compartan mi opinión, claro (aunque hablé con más de uno y no era ni mucho menos el único que lo pensaba), sino que quizás su propuesta es demasiado extrema para mucha gente que había venido a ver principalmente a Godspeed. El caso es que a mí me pareció una decepción absolutamente mayúscula, algo que me dolió un poco porque he disfrutado mucho de ellos y la verdad es que me esperaba algo muy distinto a lo que acabé viviendo. Como digo más arriba, la magia de la música es que sea capaz de generar reacciones tan distintas, así que de la misma manera que hay gente que se lo paso pipa (y al párrafo de abajo me remito), me ha quedado claro que nuestros caminos se han separado por ahora.

Deafheaven, el mejor concierto del festival

por Beto Lagarda

Como gran fanboy de Deafheaven, mi visión y disfrute del concierto de los amos del blackgaze es totalmente distinta a la de mi compañero y amigo Albert Vila. Con lo que me animo a robar unas lineas para exponer mi peculiar abrazo al corto pero intenso concierto de los de San Francisco.

Mi inmejorable posición en la fila cero del inicio del concierto (en el foso intentando sacar alguna foto decente dentro de la usual oscuridad de la banda) me sirvió para ver en detalle y cercanía que la nueva visión del blackgaze que la banda abordó con el increíble Infinite Granite (2021) es tan válida como la afilada visión que tenían cuando grabaron Sunbather (2013). Hay menos guturales y menos blastbeats, más de Slowdive que de Mayhem, pero la forma con la que Deafheaven viven su música hace que todo sea igual de bello.

Rápidamente y prematuramente, tras detectar que el sonido en el foso era malo, decidí abandonar mi tarea de fotógrafo para posicionarme entre el público para, ahora sí, disfrutar del concierto como era debido. Aquí sí escuchaba las voces de George Clarke y podía distinguir los punteos de Kerry McCoy como era necesario para mi salud mental.

Poco tengo que objetar al repertorio, por suerte no es la primera vez que disfruto de Deafheaven en directo y he podido escuchar unos setlist muy variados. Aquí tocaba el obligado repertorio basado en Infinite Granite del que cayeron cinco. Las tres primeras, en el mismo orden que en el disco, “Shellstar”, “In Blur” y “Great Mass of Color”. Tres piezas que nos mostraron esta nueva visión, este nuevo concepto. Sonaron bien, el shoegaze lució amoroso, delicado, tierno. Pero muy entregado, apasionado, incluso lujurioso.

Con un juego de luces minimalista, las tres primeras piezas encauzaron el repertorio con sutileza. Los que esperaban músculo se resignaban. Pero para ellos llegaría entonces el primer tema blackgaze, “Honeycomb” de Ordinany Corrupt Human Love (2018). Los primeros guturales junto a los ansiados blastbeats provocaron y espelotaron al público, pues “Honeycomb” es una de las mejores piezas de su penúltimo disco.

Si en este arranque de concierto las melodías y la belleza eran lo más representativo de la actuación, ahora empezarían a enamorar con la belleza de la violencia contenida. El aumento de potencia era progresivo, pues en “Honeycomb” se combina bien el cambio. 11 minutos de puro placer.

Tras el primer golpeo, regresaron a Infinite Granite con dos de sus mejores piezas, “The Gnashing” y “Mombasa”. En ese momento puedo comentar que empecé a notar cierto problema con el sonido. Entiendo que es complicado modular los continuos cambios y roturas, la tranquilidad y la potencia, de bandas como Deafheaven. A partir de ese momento y sobre todo en “Mombasa”, la calidad del sonido fue cuanto menos preocupante.

La fusión del final de “Honeycomb”sirvió como arranque de “The Gnashing”, una conexión que no me pareció un paso atrás. “Mombasa”, la canción de cierre del último disco marcó el punto de inflexión final del concierto. La canción, una de las mejores del plástico, con su corriente ascendente es sensacional. Y, aunque no sonó como uno podía soñar, su crescendo nos hizo vibrar de una forma increíble.

Un crescendo que también vivimos en la evolución del repertorio final. Así sin parangón, “Brought to the Water” de New Bermuda (2015) y como cierre, “Dream House” de Sunbather (2013). Entiendo que no hace falta comentar mucho de estas dos canciones, dos obras maestras. Lástima que el sonido no fue el que tocaba, aun así, el nivel de gozo y la entrega de fans y banda fue increíble, un clímax total. Los blastbeats tomaron el dominio del tramo final del concierto junto a los escupidos versos interpretados magistralmente por un sudoroso George Clarke. Deafheaven es una demoledora máquina en directo, tocando blackgaze o shoegaze, su entrega es realmente admirable.

Y fuera del concierto y aun referenciando a la banda, me encantó ver a varios de los componentes disfrutando entre el público de los conciertos de Slow Crush y, una vez duchados, de Godspeed You! Black Emperor. Incluso me encontré a Kerry McCoy comprando el último vinilo de Godspeed en el stand de merch.

Godspeed You! Black Emperor

Y tras 28 conciertos repartidos en cuatro días (o, como dirían Gigatron, tras 79 teloneros), llegamos al final del festival con la que es, quizás la banda más grande y respetada de todas las que han pasado por aquí este fin de semana: Godspeed You! Black Emperor. Aunque los canadienses son verdaderas leyendas del post rock y de la experimentación musical, nunca había tenido la oportunidad de verlos en directo a pesar de que ésta era, ya, su séptima visita a la ciudad de Barcelona. Está claro que si no se había dado el caso hasta ahora es porque al fin y al cabo tampoco los puedo contar entre mis cien bandas favoritas, pero no negaré que me hacía bastante ilusión cruzarme con ellos de una vez. Y más aún, en un entorno tan apropiado y especial como este AMFest.

A mi alrededor, tanto los espectadores más ocasionales como los fans más devotos formábamos un mar de atentas cabezas que enfocaban nerviosas al escenario grande de La Farga mientras  esperaban con gran expectación la salida de una banda que ha sabido encandilar con su música, su filosofía y sus actuaciones en directo a públicos de todo tipo. Pero si hay algo que nos llamó poderosamente la atención mientras los miembros de la banda iban desarrollando la intro “Hope Drone” (una especie de calentamiento que se construye sin prisas a medida que cada uno de los músicos va subiendo al escenario y que, por ello, suena distinto cada noche), fue la presencia de tres aparatosos proyectores cinematográficos de 35mm que se situaban en la mesa de sonido y que fueron una ayuda inestimable para dar forma a la atmósfera única que se generó durante este concierto.

Es complicado explicar con palabras lo que es un concierto de esta gente, ya que la magia ocurre precisamente en el momento en que haces “clic”, te olvidas de las palabras y te adentras de forma semi catártica en su mundo. Personalmente, este momento me llegó inadvertidamente poco antes de la mitad de la descarga, y lo que hasta entonces estaba siendo un espectáculo curioso, diferente e interesante tanto en lo visual como en lo musical pasó a ser un hipnótico viaje sensorial y emocional de ritmos repetitivos, vaivenes encantadores, imágenes evocadoras y montañas rusas de intensidad. Un masaje físico y mental que me atrapó en una especie de burbuja, me transportó a un lugar lejano situado muy lejos o muy adentro (vete a saber) y que no terminó hasta que la banda se bajó del escenario y un señor (que creo que era el batería Aidan Girt) vino a apagar los amplificadores uno tras otro hasta que se hizo paulatinamente el silencio y, de golpe, todos despertamos del sueño catártico en el que nos habían metido.

Yendo a las tecnicalidades, entre el principio de “Hope Drone” y la especie de fade out con la que acabaron, los canadienses interpretaron buena parte de su último disco (G_d’s Pee at State’s End), las tres partes que forman “Bosses Hang” (de su anterior Luciferian Towers) y un cacho de canción llamada “The Sad Mafioso…”, que si la buscamos en sus discos la encontraremos escondida en “Bleak, Uncertain, Beautiful,…” (concretamente del minuto 2:00 al 8:00) o, lo que es lo mismo, la cara B de su imponente álbum de debut. Más que un setlist al uso, como veis, la elección de las piezas obedece a la construcción de una obra conceptual que les sirviera para hilvanar una historia sónica y sensorial coherente. Porque los conciertos de Godspeed You! Black Emperor son un camino, una travesía, una aventura…. y no una mera sucesión de canciones.

A pesar de estar lejos de ser un fan de la banda como tal, lo cierto es que la hora y media que pasaron sobre el escenario se me hizo verdaderamente corta, y fácilmente habría disfrutado de otra hora más. Su propuesta te puede parecer más o menos interesante y a priori te pueden gustar más o menos, pero es indudable que si les abres una pequeña puerta meterán el brazo hasta el fondo para agarrarte del pescuezo y transportarte a su particular universo. Todos los presentes celebramos que fuera así, y no hay duda que la actuación del noneto de Montréal fue el colofón perfecto a un festival que se supera todos los años y que ha aprobado con nota un cambio de recinto que se antojaba como una empresa verdaderamente complicada. El AMfest es una cita imprescindible del calendario musical de cada otoño, y todo apunta que 2023 no va a ser una excepción. Larga, larga vida al AMfest.

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Sobre Albert Vila 953 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y me gusta inventarme palabras. Si habéis llegado hasta aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta.