Machine Head – Burn My Eyes: 25 años desde que el metal se hizo moderno

Ficha técnica

Publicado el 9 de agosto de 1994
Discográfica: Roadrunner Records
 
Componentes:
Robb Flynn - Voz, guitarra
Logan Mader - Guitarra
Adam Duce - Bajo
Chris Kontos - Batería

Temas

1. Davidian (4:55)
2. Old (4:05)
3. A Thousand Lies (6:13)
4. None But My Own (6:14)
5. The Rage to Overcome (4:46)
6. Death Church (6:32)
7. A Nation On Fire (5:33)
8. Blood For Blood (3:40)
9. I'm Your God Now (5:50)
10. Real Eyes, Realize, Real Lies (2:45)
11. Block (4:59)

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Bueno, bueno, bueno. ¿Así que el Burn My Eyes cumple 25 años? Cómo ya dejé más que claro en este artículo de longitud absurda y batallitas interminables, y como he aprovechado por comentar cada vez que tengo ocasión, Machine Head son un grupo que me ha acompañado durante (casi) toda mi vida musical. Y gran parte de este mérito se le puede atribuir sin duda este disco, un absoluto puñetazo en toda la boca que, en su momento, me pareció una revelación e hizo que mi vínculo con los de Robb Flynn fuera prácticamente irrompible. La magia de las once canciones que encontramos aquí está fuera de toda duda y ha sido capaz de emocionar a centenares de miles de metaleros de todos los orígenes, pero lo más importante, para mí, fue que este disco fue el que hizo que, por fin, pudiera sentir una banda como absolutamente mía desde el primer día.

Porque yo empecé a meterme en esto del metal allá por 1993, cuando tenía unos catorce años. Y claro, lo que me gustaba eran bandas como Metallica, Slayer, Megadeth, Motörhead, Iron Maiden, Sepultura o Pantera. Unas eran más jóvenes y otras más veteranas (de hecho, casi ninguna tenía más de 10 o 12 años – imaginaos ahora una banda fundada en 2007, ¡pensaríamos que son unos rookies!), pero todas ellas estaban ya más que establecidas como potencias del metal del momento. Es curioso, por cierto, como ahora una banda necesita un montón de años para ser considerada grande y antes con un par de discos bastaba, y de eso podríamos hablar otro día, pero en todo caso, el hecho es que llegué tarde a sus días de máxima gloria y, visto a posteriori (aunque, de una forma u otra, eso se percibía ya entonces), no pude vivir en directo la salida de ninguno de sus discos considerados hoy verdaderamente clásicos, aunque que fuera solo por un par de años.

Precisamente, a finales de 1994 había adquirido la entrada para ver a la que ya entonces era mi banda favorita de todo el universo metal (y así seguiría siendo durante unos cuantos años): unos Slayer que venían presentando el genial Divine Intervention, un disco brillante que creo que no recibe el amor que merece ni de coña y que en pocas semanas también cumplirá sus correspondientes 25 años (con lo que también pasará por aquí). El concierto iba a tener lugar el día 20 de noviembre de 1994 en la Sala Zeleste de Barcelona (antinguo nombre de la actual Razzmatazz), y una vez tuve en mis manos ese papelito de color violeta patrocinado por Headbanger’s Ball (el programa de metal de la MTV) y con la portada en blanco y negro del Divine como protagonista, ví que aparecían como teloneros unos tales Machine Head, que yo no tenía ni la más remota idea de quiénes eran.

Al igual que hicimos cuando nos enteramos que The Almighty iban a ser los teloneros de Pantera más o menos un mes antes (ese fue mi primer gran concierto de metal, y menuda decepción), buscamos y rebuscamos para empaparnos de todo lo que habían sacado esa gente. Esa búsqueda me permitió descubrir el maravilloso Crank de los de Ricky Warwick (hoy cantante de Thin Lizzy), que en breve cumple también los 25 años y, cómo no, me llevó de bruces con la horrenda portada y el logó cutrón de este Burn My Eyes, que me compré a ciegas sabiendo que me lo trillaría hasta la muerte aún y no poderme imaginar qué es lo que me iba a encontrar ahí dentro (un CD que, por cierto, algun hijo de puta me robó al rebentarme la ventana del coche mientras estaba viendo a Marlango en el Palau de la Música. El castigo de no ser trve, ¿quizás?). Y es que supongo que Slayer iban a tener criterio al escoger a sus teloneros, ¿no?

Y vaya si lo tuvieron. Con un sonido absolutamente maravilloso que convirtió al productor Colin Richardson en todo un gurú en mi mundo y con esa especie de thrash apanterizado lleno de guitarras acústicas, de breaks, de riffacos, de harmónicos y de espíritu hardcore, Machine Head fueron capaces de revolucionar el mundillo del metal, de convertir Burn My Eyes en el disco más vendido de la historia de RoadRunner hasta que aparecieron Slipknot unos años más tarde y de, solo seis meses después de venir (y arrasar) junto a unos también espectaculares Slayer, tuvieran que volver a esa misma Sala Zeleste liderando su propia gira que, a su vez, nos sirvió para conocer a unos entonces imberbes Meshuggah. Porque estos chicos, amigos, lo tenían.

Entonces no sabía mucho de ello, la verdad, pero por lo que parece el gran mastermind detrás de los tales Machine Head era un tal Robb Flynn, un tío que ya había estado como guitarrista en una banda de thrash más o menos estándar y de éxito bastante moderado (en la que también estaba un tal Phil Demmel) llamada Vio-Lence. Con ellos sacó tres discos y un EP bastante resultones, pero la banda se separó hacia 1993, aunque ahora, aprovechando que Demmel se ha quedado sin trabajo, se han reunido – sin Flynn, claro –  para hacer algunos festivales. A su lado, un bajista muy alto y fuertote llamado Adam Duce (cuyo trabajo y sonido son absolutamente icónicos y claves para entender la música de Machine Head, me atrevería a decir), un guitarrista con rastas (que quizás en esa época aún no llevaba rastas) llamado Logan Mader y un animal tras los parches llamado Chris Kontos formaban esa primera y mítica formación de unos Machine Head que me atraparon absolutamente, ya, con el primer redoble de batería de «Davidian».

Porque no solo Machine Head eran la ostia puta, sino que así como todas las bandas que amaba ya habían pasado por sus momentos álgidos, el disco de debut de los californianos me enganchaba al principio de mi propia aventura con el metal. Por ello, me juré a mí mismo (en una de esas promesas que hacen los adolescentes, supongo) que les seguiría siempre y que iría a verlos cada vez que volvieran a Barcelona. Y aunque sí que más o menos les he seguido siempre (The More Things Change, The Blackening o Unto the Locust, por ejemplo, son discos que me han tenido verdaderamente obsesionado) y les he visto casi siempre que han vuelto a Barcelona, tampoco les he sido todo lo leal que mí yo de quince años prometió. Al contrario, por culpa de The Burning Red y Supercharger renegué un poco de ellos, y en realidad no fue hasta la aparición del ya mencionado The Blackening (que considero el mejor disco de metal de los dosmiles, ojo) que volví convencido al redil.

Pero en esos primeros años, oh dios, Machine Head fueron perfectos. Y Burn My Eyes fue un disco que llegué a considerar mi absoluto favorito. Slayer molaban, pero Machine Head, además, eran cool. Sonaban modernos y poderosos, tenían ese componente hardcore que me encantaba y, qué coño, eran más míos que nadie. «Davidian» fue y es el temazo por excelencia de este disco, el que pedía allí donde me dejaban y el que me sabía (y me sé) de pé a pá. Desde el brutal redoble inicial, a los icónicos harmónicos cuando entra la guitarra, a los varios ritmos de batería que acompañan el inicio, el potente doble bombo cuando entra el riff, el primer parón, el primer gruñido y todas y cada una de las frases, desde la inicial «Blind man ask me forgiveness» hasta la batalla de «Scarreds» y «Unscarreds» final pasando, claro, por el mítico «Let Freedom Ring With a Shadow Blast» que ya ha quedado para la posteridad. El tema, además, habla sobre la fascinante y bizarra tragedia de Waco (leed más sobre ella aquí, si queréis), en la que más de 80 personas de la secta de los davidianos murieron a manos de sus líderes en 1993.

«Old» siempre ha sido el otro gran hit del disco y tiene presencia más que habitual entre sus cada día más extensos repertorios, pero aunque evidentemente no está nada mal (en un disco de DIEZ como éste, bien pocas canciones estarán mal), y a pesar de ser el origen de la frase «Jesus Wept» que ilustraba esa orgullosa camiseta con un Jesús crucificado y deformado ante la acción de una gran seta atómica que a mi madre nunca le convenció (hasta el punto de que desapareció misteriosamente de mi armario de un día para otro ante sus repetidas y frustrantes evasivas), personalmente nunca contó entre mis favoritas. Al contrario, los temas que más me flipaban en su momento, más allá de «Davidian», eran «A Thousand Lies», «Death Church», «Blood for Blood» y la final «Block», puñetazos sónicos que aún hoy me parecen una salvaje y maravillosa brutalidad.

Como no tengo ganas de ponerme a discernir sus cortes uno por uno (el disco es tan brutal que acabaría masturbándome sin control sobre cada uno de ellos… y es que hasta «Real Eyes, Realize, Real Lies», que no es del todo una canción, es fabulosa incluso más allá de lo avispado del título), solo decir que, con la perspectiva del tiempo, me atrevo a afirmar que el disco suena tan perfecto y tan revolucionariamente actual como lo hizo el primer día. No hay nada en él fuera de sitio, todos los instrumentos tienen el protagonismo y la tonalidad ideal y la producción es sencillamente perfecta, marcando el camino de lo que iba a ser el metal moderno en los años venideros. Robb y los suyos estuvieron insultantemente inspirados y sobrados de confianza al componer una bestia como esta, que no tiene miedo a pasar de la quejumbrosa y acústica melodía de «None But My Own» o «I’m Your God Now» a la frenética brutalidad de «A Nation on Fire» o del final de «Block». Aquí todo está a sitio y todo encaja a la perfección. Lo hacía hace 25 años y lo hace ahora.

Animados por este disco brillante (para muchos, ni más ni menos, el mejor debut de la historia del metal), la carrera de Machine Head se vio catapultada al estrellato casi inmediatamente, y Robb Flynn y sus compañeros (compañeros que han ido cambiando a lo largo de los años, por culpa, en gran parte, de la difícil personalidad del amigo) han sido siempre valientes y no se han repetido en ninguno de sus discos. Está claro que a lo larg de los años han tomado decisiones polémicas como las de no tocar más en festivales, la de no llevar teloneros o la de no permitir casi fotógrafos en sus conciertos. Por ello, y por ser un entrañable bocachancla, Robb se ha creado enemigos aquí y allá, pero al final del camino todo lo que ha hecho me parece honesto y coherente con sus propias ideas. Incluso los discos que me parecen más infumable. Porque eso es Machine Head y, en definitiva, así es Robb Flynn. Lo tomas o lo dejas.

Ahora, y aprovechando que Phil Demmel y Dave McClain se han largado de la banda por culpa de otro encontronazo con Robb, el gran jefe ha reunido de nuevo a Logan Mader y Chris Kontos (Adam Duce ya os digo que no se va a prestar a ello ni por todo el oro del mundo), que estaban dejados de la mano de dios intentando que proyectos interesantes como Once Human fueran más allá de la tercera tercera división mediática del metal, y en un movimiento que a mí no me acaba de convencer del todo ha anunciado una gira de homenaje a Burn My Eyes (que aún no tiene fechas por aquí, pero que las tendrá) y, por si fuera poco, se han embarcado en una especie de regrabación del disco totalmente innecesaria y que, además, suena peor que el original. Sí, ya sé que no es una regrabación al uso, sino un «directo en el estudio» en el que todos tocan a la vez y se graba y postproduce como si fuera un disco, pero no acabo de ver qué es lo que aporta al legado del disco.

Está por ver qué nos depara esta nueva etapa de Machine Head. Lo que es seguro es que lo que nos han dejado hasta ahora, con este Burn My Eyes a la cabeza, está a la altura de cualquier banda mítica de la historia del metal. Robb, hijo, haz lo que te dé la gana, que te has ganado sobradamente el derecho a ello.

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Sobre Albert Vila 692 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.