Crónica y fotos del concierto de Slayer + Lamb of God + Anthrax + Obituary - Sant Jordi Club (Barcelona), 18 de noviembre de 2018

El de Slayer prometía ser el concierto del año en Barcelona… y lo fue

Datos del Concierto

Bandas:
Slayer + Lamb of God + Anthrax + Obituary
 
Fecha: 18 de noviembre de 2018
Lugar: Sant Jordi Club (Barcelona)
Promotora: Rock 'n Rock
Asistencia aproximada: 4620 personas

Fotos

Fotos por Albert Vila

Después de meses de expectación y ansias desbocadas entre la comunidad metalera, con sold out prematuro y desesperación para conseguir entradas hasta el último momento (aunque al final acabaran quedando algunas en taquilla), por fin llegábamos a 18 de noviembre, una fecha marcada por mil motivos como el concierto del año en Barcelona. No deja de ser curioso que Slayer hayan estado una docena de veces a nuestra ciudad y no sea hasta ahora que parezcan haber despertado la curiosidad de la masa metálica (había mucha gente que hoy los vería por primera vez). Supongo que el reclamo de lo de la gira de despedida hizo que se instalara esa sensación de «ahora o nunca» e, incluso, que fuera hasta cool ir. Y lo entiendo, ojo, ya que un cartel con Slayer, Lamb of God, Anthrax y Obituary, cuatro bandas, además, con merecida fama de tener directos espectaculares, no se vé todos los días y le tiene que resultar atractivo a la práctica totalidad de aficionados del metal con independencia de sus afiliaciones subestilísticas.

Por mi parte, pues qué decir… lo he escrito en un montón de artículos y lo repito siempre que tengo una mínima excusa para ello: Slayer han sido históricamente mi banda favorita, los he visto más que a nadie (diez veces con ésta) y en directo son la puñetera leche. Y sabiendo como se las gastan sobre un escenario y la producción que prometían llevar, la presencia de unos teloneros de lujo y un ambiente de evento realmente especial, con comidas previas, alquiler de minibuses y amigos y conocidos por todas partes, la velada no podía sino ser algo para recordar. A nivel personal, poder disponer de un pase de fotos para el concierto más grande en el que nunca he podido estar, ante una de las bandas de mi vida y codo con codo con lo más granado de la fotografía barcelonesa (metalera y no metalera), fue un orgullo, un honor y un auténtico placer como individuo y también como revista. Un hito más en un crecimiento tan veloz que nos sorprende hasta a nosotros.

Se auguraba lluvia (las «ocurrentes» menciones a «Raining Blood» aparecieron en todos y cada uno de los grupos de whatsapp relacionados con el tema), y la hubo. Aún así, creo que podía haber sido mucho peor, ya que a pesar de que no paró de llover hasta que todo el mundo estuvo dentro (algo que seguro que ya predijo Murphy), se trató más de una llovizna constante que de una descarga verdaderamente intensa. Y teniendo en cuenta que la mayoría de gente se tiró una hora o más en la cola (con la lógica y consecuente indignación del personal ante los accesos al Sant Jordi Club, que siempre han sido muy mejorables), la cosa pudo haber sido un auténtico drama que aún se aguantó bastante bien.

Por cierto, que es una pena que se hayan dejado de hacer conciertos en el Pavelló Olímpic de Badalona, ya que en un día como hoy se echó verdaderamente en falta la existencia de un recinto de mayor capacidad en las cercanías. Y es que con 4620 personas de aforo máximo permitdo, el Sant Jordi Club se quedó manifestamente pequeño ante las ganas del público barcelonés de pasar una noche memorable de thrash metal y de despedir (¿o no?) por todo lo alto a Tom Araya, Kerry King y compañía.

Obituary

Si hay una queja que comparto con la mayoría de los asistentes es, sin duda, el exageradamente breve tiempo de actuación del que dispusieron todos los teloneros. Ya sé que son cuatro bandas y que la cosa no se puede alargar a lo loco, pero supongo que todos hubiéramos firmado (y tampoco hubiera pasado nada) que el concierto empezara 45 minutos antes y que las tres hubieran podido tocar un cuartito de hora más. Así, nos habríamos evitado tener que ver como los pobres Obituary (bueno, pobres es un decir, que deben estar más contentos que unas pascuas de poder formar parte de un tour tan exitoso y mediático como éste) contaban con unos pírricos 25 minutos para intentar convencer a una mezcla de devotos y curiosos que son una auténtica apisonadora sobre el escenario.

Y vaya si lo hicieron. La banda liderada por los hermanos Tardy (John al micro con sus greñazas, Donald con una gorra de logo fosforito tras los parches) tiene una fiabilidad en directo fuera de toda duda y demostró ser capaz de enfilarse en una espiral de intensidad y contundencia sónica en cosa de segundos, creando ese sonido definido y atronador al que nos tienen acostumbrados en todas y cada una de sus frecuentes visitas. Gracias a ello, y aunque seguramente muchos de los presentes no habían tenido la oportunidad de verlos en vivo hasta hoy, enseguida se creó una comunión total entre banda y público que duró desde la primera nota al último suspiro de la eterna final «Slowly We Rot».

Para mi sorpresa, y no sé por qué motivo, Obituary cambiaron radicalmente el setlist que estaban tocando durante toda la gira para presentarnos un repertorio totalmente old school. Ya me chocó que no empezaran con la habitual «Redneck Stomp», pero aún más atónito me quedé al ver como, uno tras otro, fueron cayendo únicamente temas de sus tres primeros discos, privando de todo protagonismo a su producción más reciente. «Turned Inside Out», «Find the Arise», «I’m in Pain» y compañía estuvieron acompañadas de un vigoroso headbanging por parte de John, Trevor Peres y Kenny Andrews que se contagió rápidamente a las primeras filas y, como si de un poderoso virus se tratara, a todo aquel que había tenido tiempo a entrar en la sala. Yo aún no he visto un concierto de Obituary que bajara del notable alto, y éste, aunque insultantemente corto, no fue ninguna excepción.

Setlist Obituary:

Deadly Intentions
Chopped in Half
Turned Inside Out
Find the Arise
I’m in Pain
Slowly We Rot

Anthrax

Que una banda como Anthrax malgaste cinco minutos enteros de su actuación en hacer sonar el «The Number of the Beast» de Iron Maiden por los altavoces es algo que no acabé de entender si tenemos en cuenta que los neoyorkinos solo estuvieron sobre las tablas durante media hora larga. Y a pesar de ello esos minutos se hicieron cortos, porque mientras a nuestra espalda sentíamos el aliento de la gente dejándose las cuerdas en su estribillo, un chiquillo rubio y greñudo (probablemente el hijo de alguno de los componentes de la banda), se colocó a un lateral del escenario y nos entretuvo con su air guitar y sus emocionados cuernos al aire, aguantándose las ansias de saltar al centro de la tarima y demostrar que tiene los genes festivos de su padre muy bien asimilados.

Porque tan pronto Scott, Joey, Frank y compañía saltaron al escenario ya no tuvimos ojos para nadie más que ellos. O mejor dicho, no tuvimos ni tan siquiera suficientes ojos para poder seguirlos en sus constantes saltos, muecas y carreras de un lado para otro, demostrando que siguen en un estado de forma excelente. Si antes decíamos que Obituary no necesitaron ni dos segundos para ponerse al tope, a lo de Anthrax ya no sé como llamarlo. Empezaron sorprendiendo con las primeras notas del «Cowboys From Hell» de Pantera, y mientras la gente empezaba a fliparlo saltaron rápidamente a la brutal «Caught in a Mosh» para generar un torbellino de intensidad que se apoderó del escenario y generó una onda expansiva que sacudió la sala de arriba a abajo y puso aquello totalmente patas arriba.

Aunque soy un fotógrafo relativamente novato (y no me cansaré de repetirlo, muy mediocre), he tenido la oportunidad de pisar los fosos en abundantes ocasiones. Estar en esa posición tan privilegiada te da una visión muy diferente de un concierto, pero al final te das cuenta que no hay tantas bandas que te engullan en su energía y con las que sientas que algo de verdad está pasando ahí arriba, hasta el punto de implicarte en tu tarea de (intentar) capturar los mejores movimientos de los músicos como si, prácticamente, fueras uno de ellos. Así a bote pronto recuerdo ocurrirme esto con Crisix y con Hell, pero hoy comprobé que Anthrax no solo estan en esta liga, sino que ocupan posiciones de privilegio. Quizás es algo que desde más atrás no se aprecia tanto, pero la vibración que desprenden en las distancias cortas, la sinergia que generan y su carisma festivo es verdaderamente electrizante. Yo, personalmente, disfruté lo que no está escrito, y si de rebote me salió alguna foto decente, pues oye, todo esto que tengo.

Alguien se quejó de que Anthrax van a piñón fijo y de que sus conciertos son algo previsibles. Y quizás es cierto, pero nadie me podrá negar que un inicio que enlaza «Caught in a Mosh» con «Got the Time» y «Efilnikufesin (N.F.L.)», aunque sean temas que hayan tocado mil veces, no es un auténtico pepinazo. Y más allá de lo que tocan, que es lo suyo, lo verdaderamente destacable es como lo tocan. Precisión y festividad global a parte, Joey Belladona es un frontman magnético y brutal (y sí, a mi también me gusta más la voz de John Bush, pero al césar lo que es del césar), y aunque el simpático Scott Ian se lleva todas las miradas por ser, quizás, el miembro más icónico de la banda, es el bajista Frank Bello el que demuestra tener más energía y más ganas que nadie de animar el cotarro a base de arengas, saltos, carreras, puñetazos al aire, poses y todo lo que haga falta. Curiosamente, nunca me había fijado demasiado en él, pero en esta ocasión me fue imposible quitarle los ojos de encima.

Quiénes pasan bastante más desapercibidos son el guitarrista Jonathan Donais (que dobla en Shadows Fall) y el doble de Charlie Benante a la batería. Charlie ya hace un tiempo que no gira con la banda por algun tipo de problema de índole físico o personal, pero el chico que llevan tras la batería (que no es otro que Jon Dette, el batería que grabó el Undisputted Attitude con los propios Slayer) no solo es capaz de tocar con su mismo estilo, sino que incluso se esfuerza a parecerse a él con un peinado y una perilla sospechosamente similar. «Fight ‘Em Til You Can’t» fue la única concesión a su época post-80, y demostró que es un tema que ha llegado para quedarse, mientras que «Antisocial» es un himno ineludible que pone a gente a cantar como ninguna otra.

Otra queja recurrente sobre Anthrax es que en directo abusan de las versiones. Y es verdad que tanto ésta última como «Got the Time» no son temas originales de la banda, pero se las han hecho tan suyas y hace tanto tiempo que llevan tocándolas que creo que se merecen no ser consideradas versiones al uso. Acabaron sus pírricos 35 minutos de actuación con otro clásico como «Indians» que levantó las crestas mohicanas de todos antes de dar paso de nuevo al pasaje del «Cowboys From Hell» de Pantera con el que empezamos, en un obvio homenaje a la figura de Vinnie Paul, batería de los tejanos y amigo de la banda trágicamente fallecido este año.

Un concierto de Anthrax siempre es una fiesta, y hoy lo volvió a ser. Éste y no otro es su objetivo y su ambición, y creo que lo consiguen con creces cada vez que se suben a un escenario. Si para ello deciden tirar de versiones, de riffs prestados o de truquitos previsibles, pues así sea, porque les sale la mar de bien. Y el hecho es que no necesitaron de luces, de efectos ni de fuegos artificiales para ofrecer un concierto demoledor, en mi opinión solo superado por el de Slayer. Ganazas que tengo de que algun día se animen a venir en gira propia, ya que creo que meterlos en una sala más pequeña sería la bomba, pero entiendo perfectamente los motivos por los cuales son un telonero tan bien cotizado.

Setlist Anthrax:

Caught in a Mosh
Got the Time
Efilnikufesin (N.F.L.)
Be All, End All
Fight ‘Em Til You Can’t
Antisocial
Indians

Lamb of God

Como era de esperar, la presencia y la posición en el cartel de Lamb of God es la que generó más controversia entre los fans de la vieja escuela (que eran muchos). Porque a pesar de llevar casi veinte años de carrera, los de Richmond, Virginia son la banda más joven y de sonido más moderno de las cuatro que estaban hoy aquí, motivo de sobras para no contar con el favor ni la aprobación de gran parte del público, que veía su presencia por encima de clásicos tan queridos como Anthrax o incluso Obituary como una verdadera ofensa al metal verdadero. No os negaré que también a mí es la banda que menos me motivaba a priori de las cuatro, pero más allá de gustos personles me parece tremendamente injusto no reconocerles su valía, su trayectoria, su calidad y su capacidad de convocatoria, con lo que creo que su condición de teloneros principales estaba más que justificada.

Con un escenario decorado con banderas americanas, un gran telón de fondo con la frase «Pure American Metal» y luces azules, rojas y blancas iluminando ocasionalmente la penumbra general en la que transcurrió el concierto, Lamb of God dejaron bien claro que se sienten muy orgullosos de su condición de americanos. El escuálido e imprevisible vocalista Randy Blythe se encargó de llevar el peso escénico del concierto prácticamente en solitario, ya fuera subido a la gran tarima que se levantaba enmedio del escenario, saltando de un lado para otro con expresión desquiciada y aspecto salvaje o encaramándose a la elevadísima plataforma donde se situaba la batería de Art Cruz, batería de Prong y Winds of Plague y sustituto aún del habitual Chris Adler por culpa la inoportuna lesión de este último.

Los gruñidos de Randy no acabaron de alcanzar el nivel de viciosidad que alcanzan en disco, pero la contundencia de la banda quedó fuera de toda duda a pesar de contar con un sonido algo regulero al principio que, eso sí, acabó yendo de menos a más. Empezar el concierto con «Omerta» es hacerlo un poco a medio gas, pero a la que se arrancan con «Ruin» y, sobretodo, con «Walk With Me in Hell» la cosa empieza a coger un vuelo y una intensidad que por momentos pareció acercarse a lo que habíamos vivido unos minutos antes con Anthrax. En mi opinión no acabaron de conseguirlo, pero la comparación es quizás un poco injusta si tenemos en cuenta que la propuesta de Lamb of God es totalmente distinta a la de los neoyorkinos.

Llegados a este punto, la limitada capacidad de mi vejiga me obligó a salir escopeteado hacia el baño, situado en el extremo opuesto del lugar en el que me encontraba. Como queja a dirección, había intentado satisfacer diligentemente mis necesidades fisiológicas durante el parón entre bandas unos minutos antes, pero tal misión resultó ser imposible por culpa de la larga y lentísima cola que se acumulaba ante la (a todas luces) insuficiente cantidad de baños masculinos de los que dispone el Sant Jordi Club. Con este nuevo viaje me perdí almenos un tema y medio de Lamb of God, y cuando volví al espacio principal quedé relegado tan atrás que no fui capaz de meterme mentalmente de nuevo en el concierto de los ameriacanos hasta, casi, el bis brutal que formaron las inmensas «Laid to Rest» y «Redneck». Y mira que yo no soy del todo fan de la banda, pero sé reconocer un par de temazos cuando los escucho.

Ahora voy a decir una obviedad que roza el absurdo, pero es interesante ver como en este tipo de recintos grandes un concierto se vive de una forma totalmente distinta estando delante que en las últimas filas. Y viniendo del foso, esto de estar tan atrás hizo que lo que sonaba me pareciera casi música de fondo. «512» o «Engage the Fear Machine», dos temas pertenecientes a su último disco (si obviamos el reciente Legion: XX, el álbum de versiones publicado bajo el nombre de Burn the Priest), son canciones que me gustan bastante, pero vistas a lo lejos me fue imposible emocionarme ni lo más mínimo con ellas. De todas maneras, si tengo que hacer caso a los comentarios de mis compañeros de revista mejor colocados (gente con criterio infalible, donde vas a parar), la segunda mitad del concierto de Lamb of God fue absolutamente memorable, así que quién soy yo para negarlo.

Setlist Lamb of God:

Omerta
Ruin
Walk With Me in Hell
Now You’ve Got Something to Die For
512
Engage the Fear Machine
Blacken the Cursed Sun
Laid to Rest
Redneck

Slayer

Hay que ser muy valiente para llevar de teloneros a bandones con directos tan contundentes como Lamb of God, Anthrax y Obituary y salir totalmente indemne de ello, pero ya se sabe que lo de Slayer sobre un escenario no es de este mundo. De hecho, algunos de los recuerdos más bestias que tengo con ellos han sido en conciertos en los que salieron detrás de bandas más que contrastadas, y cuántas más mejor. Por ejemplo, cuando cerraron el FuryFest de 2005, el Rock Fest de 2016 (donde tuvieron que tocar justo después de Twisted Sister, casi nada) o ese Unholly Alliance con los propios Lamb of God, In Flames y Children of Bodom. Y no solo salieron airosos de todas ellas, sino que pegaron tales puñetazos en la mesa que me dejaron del revés. Así que claro, si además vienen con una producción espectacular, sin duda la mejor que les he visto nunca, pues no queda sino esperar un bolazo memorable.

Tratándose de su supuesta gira de despedida (no me veo a una banda como Slayer mintiendo con ello, pero visto lo visto con tantos otros ya no sé qué creerme), uno tendería a pensar que deberíamos estar ante un repertorio de greatest hits en toda regla. Y si bien es verdad que hicieron el esfuerzo de incluir temas de casi todos sus discos (el único damnificado fue, como siempre, el pobre Diabolus in Musica), la sensación que me dio es que se trataba de una tercera, cuarta o quinta manga de la gira de Repentless, ya que tanto la imaginería como la estructura del concierto fue más o menos la misma que las últimas veces que les hemos visto.

Y no digo que esto me parezca mal, al contrario. De hecho, la introducción que supone la diabólica y misteriosa «Delusions of Saviour» me resulta sencillamente espectacular (¿quizás la mejor intro de la historia de Slayer?), y aunque creo que el telón con las cruces que se invierten es un recurso un poco juvenil, esas primeras notas que enlazan con la también genial «Repentless» consigue ponerme a mil. Con la adrenalina a tope, corrimos a meternos en el foso tan pronto dejaron caer el telón para ser testigos del infierno que se desató sobre el escenario, con fuego a tutiplén y las icónicas figuras de Tom Araya (al que afeitarse la barba le ha hecho rejuvenecerse veinte años) y Kerry King (exagerado como siempre en sus pintas) llenando el inmenso espacio con tal magnetismo visual que no tienen ni tan siquiera la necesidad de moverse más allá de un metro cuadrado.

Gary Holt y Paul Bostpah (los otros), por su parte, se mantuvieron en una posición totalmente secundaria (de hecho a Paul no se le podía casi ni ver tras su inmensa batería), a pesar de que la presencia de ambos sea clave para entender el gran estado de forma en el que se encuentra la banda a nivel musical e instrumental. Aunque sonorizar el Sant Jordi Club no es una tarea fácil, y de hecho hubo algunos detalles que no acabaron de cuadrar (incluso pareció que, en momentos concretos, había una cierta descordinación de algunos de sus miembros), a mí me pareció que sonaron absolutamente atronadores. Algo que, por otra parte, ya no sorprende a éstas alturas.

Con casi cuarenta años de carrera y un montón de discazos a sus espaldas, una banda con tantos clásicos imprescindibles como Slayer tiene bastante poco margen de maniobra a la hora de escoger un repertorio, ya que de las 19 canciones que tocan hay al menos 12 que son totalmente obligadas. Las sorpresas, pocas, llegaron de la mano de un «Blood Red» que inundó el escenario de rojo, de un «Jihad» que dio visibilidad al que para mí es su disco más flojo, Christ Illusion, de una aparentemente aleatoria «Payback» (que mola, pero que tampoco me parece que tenga algo tan especial que le corte el camino a un triste tema de Diabolus) y de la brutalérrima «Dittohead». Divine Intervention era otro disco que había estado injustamente olvidado durante muchos años, y poder escuchar este temaco fabuloso que aúna una volocidad endiablada con un riff afilado e incisivo como pocos fue uno de mis momentos cumbre de la noche.

Por lo demás, todos los clásicos. Los nuevos como «Disciple» o «Hate Worldwide» (total y merecidamente instaladas en sus repertorios desde ya hace años) y los viejos como «Mandatory Suicide», «War Ensemble», «Postmortem», «Black Magic» y compañía. Canciones que tengo tan y tan interiorizadas (junto a Maiden, más que las de ninguna otra banda) que me resulta imposible no engorilarme a lo bestia, para desesperación (supongo) de toda la gente que se apretujaba a mi alrededor intentando que no le atizara en los morros con mi pelo. Mención especial merece el espectáculo visual, que no escatimó en bombonas de butano para encender anticristos y pentagramas constantes tras unos músicos que, creedme, debieron pasar mucho calor. Fue impresionante tanto de cerca como de lejos, y la incorporación de esas llamaradas infernales fue un acierto indiscutible que subió el nivel de épica de la velada (como si hiciera falta) un par de puntos más.

A partir de «Seasons in the Abyss», la cosa fue un clasicazo brutal tras otro. Además, este disco acabó siendo el más nutridamente representado de la noche, con cuatro temas que incluyeron también, cómo no, la imprescindible «Dead Skin Mask», una canción que Araya ya no presenta como solía hacerlo y en la que deja el estribillo a merced del público. No fue hasta llegar a este punto que me di cuenta (antes iba totalmente a lo mío) de la inmensa cantidad de gente que no se sabía ni una palabra, y ni tan siquiera movía la cabeza (ocurrió lo mismo, pasmosamente, en «South of Heaven») ante sus temas. Supongo que una de las consecuencias de que este concierto fuera considerado casi de interés general es que el nivel de curiosos poco avezados a la banda creció a lo bestia. Y es algo que no me parece mal del todo, pero me sorprendió bastante.

Después de acabar el set principal con un «Hell Awaits» que lanzó más fuego que nunca, los cuatro miembros de la banda se retiraron durante un minutillo escaso para volver bajo las notas de «South of Heaven». Sorprenderá que diga esto, pero no me pareció que «Raining Blood» y «Chemical Warfare» sonaran del todo bien, aunque me olvidé al oir las primera notas de la final «Angel of Death», que fue el apoteosis que te puedes esperar de la mejor canción de metal de la historia (he dicho). Con el telón de homenaje a Jeff Hanneman desplegado (aunque teniendo en cuenta que Jeff murió de cirrosis, me parece un poco chunguero representarlo con el logo de Heineken con que lo hacen), la banda descargó sus (quizás) últimos minutos de música en Barcelona, llevándose con ellos mi voz, mi cuello, mi corazón y mis tripas. Brutal el tema, brutal el bolo, y brutal la banda. Una vez más.

Una vez transcurrida la hora y media de reloj que duró el concierto (y que pasó volando), y una vez abiertas las luces de la sala, Tom Araya se quedó un rato en el borde del escenario observando fijamente a la gente con su característica sonrisa socarrona y pensando que, quizás, tenía la oportunidad de hacerlo por última vez. Por todos es sabido que es él el causante de que Slayer dejen de girar con la intensidad que lo han hecho hasta ahora, tanto por problemas con su espalda como por ganas de vivir de una vez por todas una vida de abuelo normal. No dudo que después de este final vaya a haber reuniones ocasionales aquí y allí, y aún nos queda un verano que viene en el que, por lo menos, estarán en el Resurrection Fest, pero si es verdad que ésta es la última gira que van a hacer, los vamos a echar mucho, pero mucho de menos. ¡Larga vida a Slayer!

Setlist Slayer:

Repentless
Blood Red
Disciple
Mandatory Suicide
Hate Worldwide
War Ensemble
Jihad
When the Stillness Comes
Postmortem
Black Magic
Payback
Seasons in the Abyss
Dittohead
Dead Skin Mask
Hell Awaits

South of Heaven
Raining Blood
Chemical Warfare
Angel of Death

Avatar
Sobre Albert Vila 869 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.