Anunciamos los ganadores del Segundo Certamen Literario de Narrativa Corta Musical Science of HCXHC

Aunque este Sant Jordi será el más desangelado que esperamos vivamos a lo largo de nuestras vidas, procedemos a anunciar, tal y como estaba previsto, los ganadores de nuestro Certamen Literario de Narrativa Corta Musical Science of HCXHC, organizado de forma conjunta entre nuestros amigos de HCXHC – Hardcore Hits Cancer y Science of Noise. Recordad que se trata de un concurso de narrativa en el que se pueden presentar obras de hasta dos páginas con temática musical explícita. Si queréis recordar cómo fue el año pasado, clicad aquí para ver los relatos ganadores.

En esta ocasión hemos recibido hasta 31 propuestas, de las cuales cuatro de ellas han sido descalificadas por no ajustarse a las bases del concurso. Todas ellas han sido entregadas anónimamente a los cinco miembros del jurado, que las han valorado en secreto y de forma individual para alcanzar el veredicto final e inapelable de esta segunda edición del Certamen Literario de Narrativa Corta Musical Science of HCXHC.

El jurado estaba compuesto, en esta ocasión, por las siguientes personas:

  • Raquel Garcia: Fotógrafa y directora del proyecto Rockin’ Ladies.
  • Sònia Suàrez: Miembro del equipo de Aloud Music y de la organización del AMFest.
  • Cristina Rama: Encargada de las librerías Star Books de Gavà y Castelldefels.
  • Rubén de Haro: Redactor de Science of Noise.
  • Dani Sadurní: Director de HCXHC – Hardcore Hits Cancer.

Y aquí van los relatos premiados. Recordad que, en esta ocasión, entregaremos un Primer Premio, un Segundo Premio, un Tercer Premio y tres accésits. Durante los próximos días nos pondremos en contacto con los seis ganadores para hacerles entrega de sus respectivos premios. ¡Muchas gracias a todos por participar, y disfrutad de la lectura!

Accésit #3: «Ok… tú mandas» por Yip V

“¡Vamos, rápido!”- espetó Billy a sus compañeros que remoloneaban en la barra del garito donde habían tocado. Nadie le escuchaba: entre las ráfagas de aire, las gotas de agua cayendo violentamente sobre el suelo y la música atronadora que sonaba cada vez que se abría la puerta del bar,  sus gritos parecían más bien susurros lejanos. Haciendo de guardián de los instrumentos, que esperaban ser introducidos en la furgoneta, reconocía “kick out the jams” sonando. Estaba cansado, somnoliento: era su primera gira y a pesar de la emoción, los kilómetros y las horas pasadas dentro de una Volkswagen Transporter a la cual le fallaba la calefacción y le sobraban muelles rotos en los asientos que se clavaban en las espaldas tiernas de aquellos cuatro colegas que se habían echado a la carretera le estaban pasando factura. Agarró su guitarra y se dirigió a buscar al resto del combo. Sintió un empujón que le hizo perder el equilibrio y caer de bruces sobre el suelo húmedo. Alguien quería arrebatarle su instrumento. Aquella persona con la cual forcejeo levemente desde el suelo, desprendía un hedor insoportable mezcla de humedad, sudor y orín. Finalmente le arrebató el estuche con el instrumento dentro y escapó esquivando los coches aparcados. Billy, aturdido, se reincorporó  echándose la mano a la nariz que no paraba de sangrar. Intento salir detrás de aquella figura que ya se divisaba lejana,  pero se sintió mareado y tuvo que sentarse. “¿Qué ha pasado tío?” – le dijo uno de sus compañeros que en aquel mismo instante salía del local al verle sangrar de aquella manera. Billy lo miró, se encogió de hombros y se echó a llorar. 

Una furgoneta  aparcaba en el mismo sitio donde todo ocurrió, varios años después. Billy bajó con un vaso vacío en la mano, escupiendo en aquella acera donde se había roto la nariz. Una mueca de desagrado se instauró en su cara. El roadie que estaba descargando el equipo, le dijo: “ei, ¿qué pasa? ¡Vaya jeto! “ . “Nada tío… malos recuerdos”. Suspiró con rabia y se metió al bar, dirigiéndose directamente hacia  la barra. El dueño del local, se le acercó y le preguntó que quería: «Whisky”,   “ok, tu mandas Billy”. Se disponía a empezar la banda telonera y Billy preguntó: “¿qué tal estos?”. “Bien, de aquí de toda la vida”  alguien respondió.  Tocaban fuerte y sin fisuras versiones de  punk y garaje. De repente, el guitarrista se quitó la camiseta dejando  ver un torso muy delgado y unos brazos finos pero musculosos  con  varias marcas sospechosas de antiguos vicios. Las venas se le hinchaban cada vez que rasgaba las cuerdas. Esta acción llamó fuertemente la atención de Billy, que de repente, vio algo familiar. No eran aquellos brazos, ni aquel cuerpo castigado, sino  la guitarra que tocaba. Se fue acercando al escenario y cuando estaba a escasos metros  reconoció algo en el mástil que  hizo que un sudor frío le recorriera la espalda. Una pequeña pegatina de una calavera, que él mismo había colocado hacía mucho tiempo, ahí seguía…. “¡es mi puta guitarra!”. Se echó las manos a la cabeza dando vueltas sobre sí mismo, nervioso y maldiciendo entre dientes. Se encerró en un baño del local  y comenzó a susurrar violentamente: “¡le voy a partir la crisma y voy a recuperar la puta guitarra, ahora mismo ¡ ”. Salió con determinación, aunque aquello le costara una pelea, unos dientes rotos y, quizás,  una nueva nariz destrozada. Sonaba “kick out the jams” de nuevo, Billy sonreía y decía, “vas a volver a mí”, mientras señalaba la guitarra. El tema acabó y aquel tipo  guardó la guitarra. Billy dio un paso hacía el escenario, pero notó que por su lado pasaron dos chavales cogidos de la mano velozmente, abrazando a aquel hombre, emocionados. “Muy bien papá”, le dijeron entre lágrimas. Billy observó la escena en silencio, desconcertado, sin saber cómo reaccionar. El roadie se le acercó y le comentó: “prepárate que empiezas en diez minutos”, mientras le daba un vaso hasta arriba de whisky. Suspiró, cogió aquel vaso y dijo, “ok, tu mandas”, dio un trago eterno y se dirigió hacia escenario. Billy, veía como tres figuras abrazadas abandonaban el local acompañadas de  una guitarra metida en un estuche.


Accésit #2: «Unidos, mucho mejor» por Jose Ignacio Eslava

Aquel ensayo fue diferente. La cerveza apenas asomaba de la vieja nevera y los tragos eran cortos y tristes. Las canciones no salían igual, sonaban con un ritmo pausado, confuso, como si de unos primerizos se tratara. No había Alma en ellas. Todos nos preguntábamos que estaba pasando, no llegábamos a explicarnos cómo de la noche a la mañana, lo que antes era un regalo para los oídos se había convertido en algo tan mediocre.

Al finalizar el ensayo nos enteramos que David, el batería del grupo, había sufrido un duro golpe. Alguien de su entorno había fallecido. Por fin entendimos la situación y decidimos que todos teníamos que aportar nuestro pequeño granito de arena.

Cuando por fin  los componentes de la banda se marcharon, quedamos unos minutos en silencio. Elisa fue la primera en hablar. Era una guitarra preciosa en forma de V.

— Me duele mucho ver a David y al resto tan tristes. Deberíamos hacer algo.

— ¿ Y qué podemos hacer nosotros? Sólo somos unos pobres instrumentos, contestó Thunder, que era un imponente bajo de 5 cuerdas.

— Deberíamos sonar en el próximo ensayo como nunca, eso es lo que deberíamos hacer!!.

Monstruo había hablado y todos estuvieron de acuerdo, incluso Billy, el micrófono. Monstruo era una batería imponente, con dos bombos, 4 timbales y 5 platos.  En cierto modo era el líder de aquel extraño grupo. Era ella a la que había que seguir, la que marcaba el ritmo y la que tenía peor genio, todo hay que decirlo.

— Propongo que cada uno de nosotros saque lo mejor que lleva dentro.  Elisa, tu deberías hablar con el amplificador y la pedalera. Hay que intentar que esos acoples del demonio, no destrocen los punteos. Thunder, tu también deberías hablar con tu amplificador. Poneros de acuerdo  para que suene con toda esa potencia, que me ponga las baquetas de gallina. Y Billy, tu intenta sonar más claro que nunca, que se entienda bien cada palabra. Yo por mi parte, hablaré con caja y bordón, con platillos y timbales, y por supuesto con los dos bombos. Amigos míos, son ya muchos años juntos y nuestros dueños siempre nos han cuidado y tratando con gran respeto. Hagamos que mañana  sea un gran día!.

Al día siguiente lo chicos volvieron al local. Tras la primera canción, todos se dieron cuenta de que aquel ensayo sería diferente. Uno de esos días en los que sin saber porque,  todo sonaba como un auténtico cañón. Disfrutaron como nunca, todos tenían unas ganas enormes de apoyar a David y los músicos sólo saben hacerlo de una manera… ¡tocando!

Fue un gran día para todos y cuando por fin los chicos se marcharon volvimos a quedarnos solos. Estábamos radiantes, orgullosos de haber trabajado en equipo, y sobre todo estábamos contentos por David y los demás. Un gran día. 

La música une a las personas, no entiende de políticas ni del pasar  del tiempo. 

Disfrutemos de la música, y con una cerveza fría en la mano mucho mejor. Brindo por ello.


Accésit #1: «La vieja tienda de música» por Raúl Jarrín Panero

Desempolvó un vinilo de su caja favorita. Con mucho cuidado lo sacó de su funda y observó a contraluz si tenía algún rayón. Estaba impoluto, pero aun así le pasó una gamuza. Era el Party Animals de Turbonegro. Lo puso en el plato, con cuidado, casi como si llevase a cabo una liturgia y descendió la aguja sobre el último corte de la primera cara, Wasted Again. Subió el volumen por encima de lo recomendable. Desprecintó una cajetilla de tabaco y sacó un cigarro. Lo encendió con estilo y tras una larga calada se acomodó en el taburete que había tras el viejo mostrador de madera de la tienda. Era una tienda de discos. Llevaba abierta más de treinta años y había vivido momentos de esplendor, pero ahora se hundía irremediablemente. Miró hacia un lado y observó las cartas y facturas que se amontonaban en un rincón y a las que no podía hacer frente desde hacía muchos meses. Recordó los inicios, que fueron muy duros, pero gracias al trabajo y al buen hacer fue capaz de hacerse con una clientela fija y fiel. Internet había acabado con su medio de vida y aunque había vuelto la moda del coleccionismo del vinilo ya no era un negocio rentable. La suerte no pasaba por su lado desde hacía muchos años. Era un espacio pequeño con los típicos cajones de madera llenos de vinilos clasificados por estilos y las paredes repletas de viejos posters y entradas de conciertos pasados. Siempre había sido muy pulcro con su trabajo. Se fijó en la viga que cruzaba el techo y se quedó observándola durante el tiempo que le llevó terminar el cigarro. Los fantasmas volvían a visitarle. Puso el taburete bajo aquella viga y sacó un cable de uno de los cajones del mostrador. Se subió, primero de rodillas y luego de pie y lo ató a la viga para hacerle un nudo que ajustó a su cuello. Le temblaban las piernas y le castañeteaban los dientes. Miró al frente y vio un viejo poster de Bad Religion desde el que Greg Graffin le miraba fijamente como desaprobando su acción. De repente la aguja saltó en el plato anunciando el fin de la canción y de la cara A, provocando un estruendo. Aquello fue una señal instintiva, algo que le hizo reaccionar y desanudó rápida y torpemente el cable que estaba en torno a su cuello. Bajó con mucha dificultad del taburete, lo hizo de manera tan patosa que acabó tendido en el suelo, temblando y cubierto de un sudor frío. Tras un Instante volvió junto al plato y recogió aquel vinilo de la manera tan pulcra como sólo él sabía hacerlo. Había decido, al menos por aquel momento, que viviría un día más.


Tercer Premio: «El sueño de Nera» por Fernando Millán

Atruena el eco sordo de unos golpes consecutivos. No hay luz, no hay nada, nada más. Nera se despierta y en su cabeza no existe otra cosa que ese
mismo sueño que se repite una y otra vez… durante unos segundos. Como cada día, va al baño y se asea según la normativa del Ministerio de Imagen
Social. Un suéter blanco palo para arriba, unos pantalones blanco palo para abajo y unas zapatillas deportivas que registrarán sus desplazamientos a lo largo del día.

Tras un breve desayuno y una conversación no mucho más larga con sus padres, Nera coge sus cubiertos y golpea suavemente la mesa con ellos,
tratando de imitar aquello que recurrentemente sueña.

– ¡Nera, para! – dice su madre quitándole los cubiertos.
– Es creativo y horrible – asiente su padre.

A sus 16 años, ya ha aprendido en la escuela a reprimir sus emociones. Lo cual le recuerda que debe buscar durante el fin de semana algún objeto familiar antiguo, preparar una exposición que lo relacione con el pasado y explicar por qué, gracias al Gobierno, ahora el mundo es un lugar más seguro.

Sube al desván, donde le han dicho que debe haber algunas cajas de su abuelo. -Incluso puede que encuentres algo del bisabuelo- le dijeron sus
padres. Después de rebuscar durante unas horas, encuentra una caja de apariencia bastante antigua. Al abrirla, encuentra una tablet y un pequeño libro.

– ¡Esto debe ser de los años 30! – La conecta a su cargador universal y una pequeña luz brilla en la esquina superior del dispositivo. Al encenderla, ve una carpeta de nombre: EBÓLITOS KORONARIOS… y un escalofrío recorre todo su cuerpo una vez accede. Cuatro personas sobre una especie de tarima y un cartel que reza: Pintor Rock 2031. Dos mujeres sujetan sendos objetos rectangulares, de los que salía un palo y cuerdas finas. Ambas llevan camiseta de tirantes negra, en una se lee HXC y en la otra SEGIS. Uno de los hombres sujeta el único objeto que es capaz de reconocer, un micrófono. Este viste una camiseta verde, con el dibujo de una persona que con su propia mano se pone los cuernos. Pero quien realmente le estremece es el último de todos, un joven con el pelo de punta en forma de cresta y una camiseta con una estrella roja que sujeta dos palos de madera con la punta redondeada. Ese rostro es la viva imagen de su madre. Aunque su vestimenta era similar, había algo que los diferenciaba y, a la vez, una energía que los unía que jamás había visto.

Nera abre el libro por la última página. Es un diario. Su última fecha, el 13/12/2041.

“Estoy harto. Harto de las medidas del nuevo Gobierno y del Ministerio de Revisión Cultural. Es un insulto a todas las libertades confiscar los instrumentos musicales. Es un insulto centralizar todas las expresiones de la cultura en un único estamento. Si hay algo que de verdad hicimos mal, fue no levantarnos una y otra vez contra toda agresión a nuestras libertades. Maldigo ese día en el que el mundo vendió su libertad… Esta caja tiene un doble fondo, en el he escondido mis baquetas. Seas quien seas, cógelas y deja volar tus sueños. Libérate, exprésate y replantéate todo aquello que te hayan enseñado. Vive y vívete a tu manera.”

Esta noche, el sueño de Nera no es borroso. Se ve a sí misma sobre un escenario, baquetas en mano, sintiéndose más viva que nunca…


Segundo Premio: «La última noche del rock» por Sarah Rodriguez Serrano

«¿Qué tal se encuentra?» – Escucho al enfermero preguntarme si estoy bien. Lo último que recuerdo, es estar encima del escenario con el micro en la mano delante de más de veinte mil personas. Corriendo de un lado a otro sin aliento, y de pronto, comenzar a ver borroso. Las luces de colores se entremezclaron entre sí y se fundieron para dejar lugar a un negro vacío, y un silencio oscuro.

Me duele la cabeza, así que probablemente me mareé y me caí dándome con alguna esquina, una pantalla de sonido… sí, seguramente, o quizá fue al escalar la estructura. Ahora, abro los ojos para intentar enfocar la cara del enfermero que me está dejando ciego con una especie de linterna. Sigo viendo borroso. Una luz blanca cegadora, y una paz silenciosa que se esconde detrás del maldito pitido del oído que lleva molestándome mil años.

Me he pasado los últimos treinta años de mi vida subido sobre un escenario, escuchando música a todo volumen, e intentando hacer que mi voz llegue hasta la última fila del concierto, ¡luchando para que se mezcle con los coros de los miles de seguidores de la banda que vienen a vernos después de tanto tiempo! Sin embargo, ya cuando éramos jóvenes, con unos inocentes dieciséis años me metía en los conciertos de mis grupos favoritos. A todo volumen gritaba sus letras mientras fumaba y bebía cerveza a litros. Me divierte pensar en lo sano que soy ahora, pero no me queda otra si quiero seguir cantando. Es mi trabajo y no sé hacer otra cosa.

Ahora que lo pienso, ni si quiera sé en qué país estoy, pero sí sé que entiendo al enfermero, así que… sí, creo que será Inglaterra, por su acento no es Estados Unidos, demasiado educado. – «¿Me puede oír?, ¿Sabe cómo se llama?…» – le oigo perfectamente, pero me cuesta que las palabras salgan de mi boca. Tengo que ponerme bien, rápido, así que me esfuerzo mucho para poder hablar. Es importante. Mañana salimos hacia otra ciudad, nos espera un festival enorme. Este verano, somos cabeza de cartel de casi 30 festivales del mundo, y no puedo permitirme fallar ahora. Sé que soy más viejo y más débil, pero me sigo esforzando para darlo todo cada noche. No puedo fallar a la banda ahora.

Harry siempre dice que deberíamos retirarnos ya, pero yo me niego ¡Este siempre fue mi sueño! Empezamos en salas muy pequeñas, a veces olía a vomito, a veces, no nos pagaban, a veces, simplemente, nos echaban, por ir maquillados, por llevar los pantalones demasiado prietos… Pero recuerdo la primera vez que nuestro single llegó a entrar en la lista de las 20 canciones más escuchadas del mundo. Eso no se olvida. Es gracias a este recuerdo que siempre consigo levantarme, aguantar y llegar a la última nota de la canción. .»¿Hola?» – repite el enfermero. Me concentro – «Estoy bien. Algo
mareado.» Por fin consigo enfocar su cara. – «¿Recuerda su nombre?» – me pregunta mientras me sigue enfocando con esa linterna, ¡qué molesto, leches! – «Sí. Soy James Rowland. Cantante de la banda MANIAC!» – consigo decirle casi sin respirar. «¡Menos mal James! Qué susto me ha dado» – extiende la mano con dos pastillas – «Tómese esto y duerma un rato» – las cojo, tampoco puedo pensar mucho. Las tomo, descanso y así puedo volver cuanto antes, pienso. Veo salir al enfermero y aprovecho para decirle que me voy a ir pronto – «Oye, cierro los ojos un rato y me voy, tengo que volver al hotel con la banda». Veo al enfermero salir por la puerta de la habitación, y yo cierro los ojos.

– ¿Qué ha pasado? – pregunta el médico del turno de noche al enfermero. – «Nada. James, que le ha vuelto a dar un ataque psicótico. Se ha mareado y no se acuerda de nada ¡Menos mal! Le he dado dos tranquilizantes. Creo que con eso será suficiente.» – El médico baja la cabeza pensativo. Se nota que por algún motivo tiene debilidad por James – «Pobre hombre. Veinte años aquí encerrado… ¡Y sigue pensando que es una estrella del rock!» – Afirma. – «Sí. Cuando le he dejado ha dicho que tenía que volver con la banda al hotel.»


Primer Premio: «Asilos Magdalena» por Andrea Canto Méndez

Se despidió del que seguramente fuese su último cliente de la tarde, que se había llevado la única copia que había recibido del último disco de uno de sus grupos favoritos.  El chico solía comprar prácticamente cada semana, y aunque los dos eran bastante tímidos habían llegado a tener alguna conversación agradable. Aún le quedaba media hora para cerrar, pero no esperaba recibir a nadie más un martes en pleno verano, así que empezó a ordenar sus vinilos cuidadosamente, en su ritual diario. Siempre decía que no le gustaba que los clientes le desordenaran los discos, pero en el fondo disfrutaba volviéndolos a colocar, como si el desorden fuese una señal de vida en su pequeña tienda. Revisó las etiquetas una a una, cambiando todas las que estaban dobladas, sucias o ya un poco borrosas. No vendía mucho, como todo el mundo le había advertido durante los primeros días después de abrir la tienda, pero era más feliz que nunca antes en su vida. Había aprendido con esfuerzo todo lo que necesitaba saber para convertir su pasión en su profesión, y no estaba dispuesto a renunciar a sus sueños sin presentar batalla. Aguantaría hasta quedarse sin dinero, lo había repetido mil veces. Además, estaba seguro de que pronto llegarían tiempos mejores para la música. Lo que nadie sabía en la ciudad era que la música le estaba sirviendo como refugio en sentido literal. 

Había pasado ya prácticamente un año de su huida, y empezaba a pensar que sus perseguidores por fin se habían olvidado de él. Él sí podía recordar bien las razones que le habían llevado a establecerse lo más lejos posible del que había sido su mundo durante sus primeros 40 años de vida, cómo se sentía completamente anulado en una organización en la que nadie podía entender sus inquietudes. Una organización de la que prácticamente nadie conseguía salir. Excepto él, que se consideraba francamente poco excepcional para cualquier cosa, él lo había conseguido. Estaba seguro de que nadie destinaría ni una mínima parte de sus recursos en dar con alguien tan poco importante. Había matado, pero sus víctimas siempre habían sido criminales igual o más miserables que sus superiores. 

Cuando terminó de ordenar la tienda, revisó los últimos pedidos que había tramitado con los proveedores y esperó a que el reloj marcase las nueve en punto para cerrar la puerta. Todos los días después de cerrar le gustaba sentarse a disfrutar de alguno de sus discos favoritos, el equipo que tenía en la tienda para que los clientes pudiesen escuchar las novedades o los discos que no conocían antes de llevárselos a casa era mucho mejor que había comprado al establecerse en la ciudad. Aquel día había elegido su favorito de entre todos, el más especial de todos los que tenía en su tienda. Siempre escuchaba los discos en orden, pero decidió colocar primero la cara C, para escuchar antes un par de veces su canción favorita. Enfermo llegué, y para componerme ando de vago… Encendió un cigarrillo y sacó el libro que estaba leyendo de un cajón del mostrador. 

El sonido de las balas acalló la voz de su cantante favorito, del que había puesto banda sonora a su vida desde su juventud hasta su muerte: estrella de la mañana, Samael te persigo a ti, y si me quedo sin alas, y además me muero por ti…

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