Víbora – Egin ez dugun guztia

Nuestra Nota


9 / 10
                       

Ficha técnica

Fecha de publicación: 20 de febrero de 2026
Discográfica: BCore Disc / Zegema Beach Records
Componentes:
Goio Saenz – Voz, guitarra
Xabi Arratibel – Guitarra, coros
Jorge González – Bajo
Fabio Oñate – Batería

Temas

1. Egin dugun guztia (2:58)
2. Sentir nostalgia de cosas que quizá nunca pasaron (4:21)
3. Autoestima (2:47)
4. Zerbait ona idatzi (feat. Unai Baseta) (3:08)
5. Fotos (5:06)
6. Blu (feat. Laura Angelina) (2:20)
7. Ezin duzu zure lagunak hiltzen utzi (feat. Miren Narbaiza) (3:45)
8. 6:36 (2:11)
9. Nuevas formas (3:31)
10. Egin ez dugun guztia (5:49)

Multimedia




La publicación el 20 de febrero de 2026 de Egin ez dugun guztia, el segundo larga duración de la formación gasteiztarra Víbora, no constituye únicamente un hito discográfico dentro del nicho del screamo y el post-hardcore contemporáneo (estatal), sino que representa la consolidación de una dialéctica sonora que ha sabido metabolizar el trauma individual y colectivo para transformarlo en una herramienta de resistencia cultural y ética. Editado bajo el auspicio estratégico de BCore Disc en territorio europeo y Zegema Beach Records en Norteamérica, este trabajo es la culminación de un proceso de maduración técnica que se aleja de la claustrofobia de su predecesor, Zaldi beltza (2023), para abrazar una arquitectura sonora expansiva donde la melancolía y la explosividad conviven en un equilibrio precario pero deliberado. Este disco desafía la noción preconcebida de que el screamo es un género limitado a la catarsis adolescente o al ruido indiscriminado. Por contra, Víbora propone una relectura del género como un espacio de inventario existencial: el título mismo, traducido del euskera como «Todo lo que no hemos hecho», no debe interpretarse como un lamento por las oportunidades perdidas, sino como una declaración de soberanía sobre la propia vida frente a las imposiciones del contrato social normativo. En un entorno donde la productividad y la estabilidad son los únicos baremos del éxito, la banda reivindica la precariedad elegida, el acto político de renunciar al asentamiento burgués para habitar la carretera y el local de ensayo.

El análisis puramente musical de este nuevo trabajo revela un alejamiento consciente de la linealidad abrasiva; mientras que en su anterior etapa el grupo evitaba la repetición por miedo al tedio, en 2026 ha aprendido que la reiteración es una herramienta para la construcción de atmósferas envolventes. Las canciones ya no son solo ráfagas de dos minutos; ahora respiran y se expanden, permitiendo que la melancolía se asiente antes de la detonación. La pre-producción, realizada en Gakobeltz Hit Faktoria junto al músico, guitarrista y cantante de Bera Joseba Baleztena y a Miren Narbaiza, cantante vasca, periodista de formación, conocida por su proyecto en solitario Mice y por haber formado parte del dúo Napoka Iria hasta 2017, ha sentado las bases de un sonido que Borja Pérez capturó en La Nave Hermosa y el omnipresente Víctor Garcia masterizó en Ultramarinos con una nitidez que no sacrifica la explosividad característica del cuarteto. Narbaiza, además, colabora vocalmente en «Ezin duzu zure lagunak hiltzen utzi».

El disco también abre su espectro mediante otras colaboraciones significativas: Unai Baseta, vocalista de la banda de death/hardcore de Hondarribia Atxurra, aporta su garganta en la que probablemente sea la pieza más contundente y devastadora del álbum, «Zerbait ona idatzi», mientras que Laura Angelina aparece en el sexto corte, «Blu», introduciendo un contrapunto melódico que amplía la paleta emocional del trabajo. Se percibe, en conjunto, un uso sofisticado de las capas de sonido de influencia shoegaze, que envuelven las voces agonizantes y los matices del blackened screamo. Esta evolución se hace evidente en piezas como «Fotos», una composición que la banda asumió como un riesgo deliberado al explorar tempos más lentos y texturas propias del shoegaze, o en la pista que da nombre al disco, que funciona como un cierre filosófico de casi seis minutos.

Conceptualmente, el álbum es un reflejo de los últimos dos años de gira ininterrumpida por Europa y Estados Unidos, un periodo que ha forjado vínculos internos inquebrantables pero que también ha exigido sacrificios personales significativos. Esta dualidad entre la ilusión del «yo me lo hago todo» y el desencanto de la madurez impregna cortes como «6:36», una canción que funciona como una cartografía emocional de la distancia, representando el tiempo exacto de viaje necesario para sostener un vínculo afectivo a kilómetros de casa. La nostalgia que atraviesa el disco no es un refugio conservador, sino una herramienta para herirse y sanar, como se explora en el corte número dos, «Sentir nostalgia de cosas que quizá nunca pasaron», donde la banda transita desde un riff abrasivo hacia secciones de rock melódico, simbolizando la inestabilidad de la memoria . La inclusión de sonidos ambientales, como el canto de los pájaros entre pistas, y un clip de audio de una protesta pro-Palestina grabada por el guitarrista Xabi Arratibel en Chicago, subraya el compromiso de Víbora con su realidad política y su identidad como herederos de la tradición disidente de Euskal Herria.

Este compromiso político se manifiesta de forma radical en la decisión de la banda de unirse al movimiento Musikariak Palestinarekin, retirando su discografía de las principales plataformas de streaming comercial. Esta acción responde a una ruptura ética profunda tras conocerse las inversiones del CEO de Spotify, Daniel Ek, en Helsing, una empresa dedicada al desarrollo de inteligencia artificial para armamento y drones de ataque autónomos. Para Víbora, la coherencia entre su mensaje y sus canales de distribución es innegociable; prefieren la marginalidad del soporte físico y plataformas como Bandcamp antes que alimentar un ecosistema vinculado a la industria militar. Esta postura refuerza la idea del disco como un objeto de resistencia, algo que también se traslada al arte visual creado por el bajista Jorge González. La portada, una fotografía de unas montañas nevadas en Alemania tomada durante una gira, sustituye los marcos cerrados de sus trabajos anteriores por ocho ventanas cuadradas que invitan al oyente a observar las distintas facetas de la vida de la banda, desde la intimidad de los ensayos hasta la abstracción de lo que significa ser un colectivo artístico en 2026.

En última instancia, Egin ez dugun guztia es un triunfo de la voluntad sobre el algoritmo y la vida programada. La banda mantiene su regla de oro de no realizar bises (l@s que les veremos en próximo día 20 de marzo en la sala Laut de Barcelona junto a Damasco, nos damos por enterad@s), reafirmando que su música es una experiencia de intensidad finita y absoluta que no admite concesiones a la complacencia.

Víbora ha resuelto el falso dilema entre profesionalización y autenticidad: ha encontrado un lenguaje propio donde el grito es una extensión de la melodía y el silencio es tan vital como la distorsión. El álbum nos desafía a ver la vida moderna desde otra perspectiva; la verdadera tragedia no reside en lo que dejamos de hacer según el manual de la normalidad, sino en lo que sacrificaríamos si no tuviéramos estos espacios de creación colectiva y cuidado mutuo. Víbora ha convertido su precariedad en una forma de opulencia espiritual, entregando un testamento sonoro que es, por encima de todo, un acto de afirmación vitalista frente a un mundo que prefiere la uniformidad.

Sobre Rubén de Haro 858 artículos
Antropólogo cultural autoproclamado y operador de campo en las zonas de fricción de la escena sonora. Nací —metafóricamente— en la confluencia de tres vectores: la melancolía pluvial de Seattle, la sobredosis hormonal del Sunset Boulevard y la viscosidad pantanosa de Louisiana. Pasada esa triada por el tamiz cartográfico, el punto de colapso cae en algún lugar absurdo entre Wyoming, Dakota del Sur y Nebraska, territorios que mantengo bajo cuarentena estricta por instinto puro y una superstición perfectamente razonada. Mi método crítico no tiene misterio: la presencia de guitarras, distorsión o una voz que empuje constituyen criterio diagnóstico suficiente. No ofrezco coherencia sentimental ni zonas seguras. Ofrezco honestidad estética, que es lo único que no se puede fingir sin que se note. Evalúo el presente porque el pasado ya tiene quien lo custodie. Me interesa lo que todavía no ha roto nada... y lo que está a punto de hacerlo.

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  1. La energía de Víbora hace temblar la Laut

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