Trolls World Tour, o como los metaleros son unos malotes que quieren dominar el mundo pero se acaban conformando con meter un solo de mierda en una canción popera tirando a mala

No hace mucho, y con buen criterio, una persona que ahora mismo no logro identificar me comentaba que la única manera de que el rock volviera a ser popular de verdad es que a alguien se le ocurriera hacer una película de dibujos animados llena de personajes y canciones rockeras con las que los niños pudieran identificarse. Y no le faltaba lógica a la idea del chaval: los que tenéis hijos me podréis corroborar que tú ya puedes ponerles el «Crazy Train» de Ozzy Osbourne o el «I Was Made for Lovin’ You» de Kiss con toda la ilusión, que en la mayoría de los casos se la va a traer total y frustrantemente floja. Pero en el milagroso momento en que esa misma canción sale por la boca de algún carácter animado con cierto carisma pasa a ser, por arte de magia, la melodía más cool y obsesiva del planeta.

Sabiendo eso, si en la agenda de alguna de las majors que controlan con puño de hierro el consumo multimedia global (Universal, Warner, Sony, CBS y Disney se llevan fácilmente un 80% del pastel) estuviera la intención de lanzar el rock (o cualquier otro género musical, llegado el caso) de nuevo al candelero, parece una muy buena idea darle un espacio en una película de animación de masas para consumo de millones de mequetrefes influenciables y deseosos de nuevos y efímeros ídolos a los que encumbrar. Y como los catálogos de todas esas majors están abarrotados de viejas glorias del rock deseosas de vivir un resurgimiento de ventas, convendremos que no se trata de una idea para nada absurda.

Un poco a modo de tentativa quizás involuntaria, hace unos años ya pudimos ver como la entretenida pero algo absurda Sing (una película de animación producida también por Universal) hizo ademán de introducir un poco de rock (aunque verdaderamente descafeinado) en las orejas y los ojos de nuestros pequeños. La historia giraba alrededor de una especie de concurso de cante en el que participaban animales de todos los pelajes (un repelente ratón crooner, una tímida elefante R&B, un par de animados cerdos disco-poperos….), y entre ellos una joven puercoespín que, sobre el papel, venía con un background punk (al menos en lo referente a imagen y actitud) pero que, a la hora de la verdad, no se atrevieron a que lo fuera del todo y la pusieron a interpretar una canción a lo Avril Lavigne y gracias.

Pero la idea ya parecía estar sembrada en el seno de la productora, así que cuando en los primeros trailers de este Trolls World Tour (la segunda parte de la saga musical Trolls que empezó también en 2016) vi que la nueva protagonista de la película, al lado de la irritante Poppy y del no menos pesado Branch – interpretado vocalmente por Justin Timberlake -, era una muchacha con cresta, guitarra de flecha y cuernos perpetuos me pregunté si estábamos finalmente ante la obra que iba a ayudar a colocar el hard rock, de nuevo, entre las preferencias de las pequeñas masas. Y aunque a mi juicio hay más oscuros que claros en el producto final, no es nada descartable que pueda ayudar un poco a ello.

Os hago un poco de sinopsis de qué va la cosa, y nos ponemos en materia. Contrariamente a lo que apuntaron en la primera película de la saga (una película que a mí tampoco me emocionó), y por culpa de una movida del pasado que tampoco vale la pena explicar con detalle ahora, parece que el mundo de los trolls está dividido en seis reinos distintos, cada uno de ellos dominado por un estilo musical distinto: tenemos la música clásica, el country, el funk, el pop, el tecno y el hard rock. Que tenga lógica que estos sean los géneros «base» escogidos y no otros es algo que no viene al caso y que dejo a vuestro criterio, pero el tema es que cada uno de estos reinos posee una cuerda, procedente de una arpa inicial de la época en que vivían todos juntos, que sirve de fuente para el estilo en cuestión y que tienen que guardar con gran cuidado si no quieren quedarse sin música.

Cada uno de estos reinos vive en la más absoluta inopia y, excepto algún que otro personaje privilegiado, parece que nadie tiene constancia de la existencia de los demás, así que tanto unos como otros se pasan los días pegándose fiestorras y bailando lo que les toque. Pero esa paz y felicidad se vé truncada en el momento en que la reina del hard rock, llamada Barb, decide que quiere unir esos seis reinos de nuevo bajo un estilo de música: el del metal. Por ello, agarra toda su troupe, los mete en una especie de naves amfibias que parecen peces de cuero que dan mucho miedo y, tras arrasar sin piedad con cada uno de los otros reinos como buena jebi ultra-malota que es, se hace por la fuerza con sus respectivas cuerdas, que irá colocando una tras otra en una guitarra con forma de flecha y una gran calavera con la que pretende tocar el power chord definitivo que servirá para tomar el control de todos los trolls a través de su música. No sé si me he explicado del todo bien, pero así funciona la cosa más o menos.

Lo bueno es que la tal reina Barb es malota, pero es una malota simpática, así que por lo menos tiene potencial para caerle bien a los niños (a mi hija le encanta y ahora la va dibujando por aquí y por allá con gran afición). Su padre, además (el rey Thrash), es un viejo senil en silla de ruedas que no dice más que «rock and roll!» y cuya voz la pone ni más ni menos que un desaprovechadísimo Ozzy Osbourne (en lo que parece casi una broma que se debate en el límite del buen gusto), algo que no puede ser sino entrañable. Eso sí, ella desprecia con vehemencia el resto de géneros, ya sea por aburridos o por facilorros, y todos los hard rock trolls se comportan como auténticos neandertales, gritándose los unos a los otros, golpeándose, sacando la lengua, aporreando la batería con la cabeza…. vamos, nada nuevo bajo el sol a nivel de estereotipos.

Tampoco os creáis que los jebis son los únicos que se llevan una generosa dosis de estereotipización absurda: los countries son tirando a tontainas de pueblo, los clásicos son finolis estirados y los poperos son unos fiesteros despreocupados y procastrinadores. Así que no es de los clichés per se de lo que me quejo, ya que todo el mundo va bien servido (y a nivel de comedia ya está bien que sea así), sino más bien de que los metaleros siempre tienen que ser los malos en toda puñetera película, cuando como bien sabéis somos un puñetero trozo de pan que lo que más nos gusta es abrazar gatitos. Que sí, que las pintas con cuero y tachas y todo eso pueden dar a entender lo contrario, pero ya cansa un poquito tener que cargar siempre con este sambenito que parece perseguirnos década tras década. Y quizás en su momento el jebi sí que era un poco de violencia, pero a día de hoy creo que ya deberíamos haber superado esto muy de sobras.

Además, y para más inri, no es que sean malos malísimos con un plan a prueba de bomba, sino que acaban por resultar ser unos pardillos que pasan de estar a punto de someter el mundo a la tiranía del heavy metal una vez encordada la guitarra con las seis cuerdas de marras a conformarse, de un momento a otro y después del clásico discursillo conciliador por parte de Poppy (la reina del pop), con aportar un solo super descafeinado a la (pésima) canción final con la que los poperos (siempre ellos) acaban por convencer a todo el mundo que se pueden mezclar todas las músicas y que no hay necesidad de que nadie domine a nadie.

Lo curioso es que la canción en cuestión es 100% pop, con la única incorporación de un banjo tocando la melodía pop, unas cuerdas de orquestra acompañando un trocito de la tonadilla pop y, finalmente, un solo de guitarra con la distorsión y el volumen al mínimo para contentar a los tontitos de los metaleros. Total, una estafa. Ya dicen a lo largo de la peli que en su momento el pop se cargó a todos los demás géneros (y eso sí que me pareció un punto), pero extrañamante dejan que vuelva a hacerlo delante de sus morros y a todo el mundo parece que ya le está bien (incluso a Ozzy y a la propia reina Barb).

Total, que más allá de que la peli sea más o menos mala (y para mí, tanto en lo referente a la historia como en cuanto a la profundización en cada una de las «tribus», lo es bastante), lo más importante para la posteridad y el inocente y progresivo lavado de cerebro de nuestros retoños es que, entre muchas otras de otros estilos –básicamente pop– contiene algunas canciones hard rockeras para que empiecen a ir tarareando voluntariamente. Las tres representantes de nuestros estilos son el «Rock You Like a Hurricane» de Scorpions, el «Crazy Train» de Ozzy Osbourne y el «Barracuda» de Heart. De las tres, sólo ésta última suena durante un rato suficientemente largo (es normal que en una película no se pongan canciones de tres o cuatro minutos, claro), pero todas ellas son lo suficientemente pegadizas como para ejercer el impacto que se pretende: introducir el hard rock y el metal en las nuevas generaciones, aunque sea en base a clichés y viejas glorias de más de cuarenta años de antigüedad. Pero menos da una piedra, así que bienvenido sea.

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Sobre Albert Vila 854 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.