
Rhododendron lleva tocando desde 2019, cuando sus tres miembros aún iban al instituto y coincidieron en una School of Rock de Portland, Oregón. Esa precocidad explica bastante de lo que pasa en Ascent Effort (2026), su segundo LP, editado el 15 de mayo a través de The Flenser (sello que cobija a bestias como Chat Pile, Have A Nice Life o Agriculture). Llegan después de Protozoan Battle Hymns (2021), y lo que tenemos delante es gente joven que toca como si llevara veinte años en esto. Y en un disco tan retorcido como este, eso se nota en cada cambio de compás.
Lo primero que diría, y creo que es lo más importante, es que estamos ante un grupo con un nivel técnico altísimo donde los tres músicos rozan la excelencia. Pero por encima de todos yo destacaría la batería. Es de esas ejecuciones que dan ganas de parar el tema y tirar hacia atrás para entender qué acaba de pasar, con una capacidad de imaginación y de ejecución bestial, llena de fills y de detalles que piden atención plena. Tiene formación de jazz, y se le nota muchísimo. Estoy convencido de que en directo verla tiene que ser hipnótico. El sonido bebe del math rock, del post-rock, del noise ochentero y noventero y de cierto prog que nunca se va de madre.
El disco arranca con «Firmament», casi ocho minutos que basculan entre varios niveles de intensidad y que, hacia el final, se van volviendo cada vez más duros. Todo nace de un patrón, un arpegio de guitarra que muta y se transforma mientras el bajo controla la situación y hace de bisagra entre la batería y la guitarra. Hay un detalle que me encanta, y es que el bajo clava algunos licks y notas de paso exactamente igual que la guitarra. La habilidad para pasar de un siete a un seis a un cuatro sin que apenas te enteres es una locura técnica de todos, con el batería de nuevo llevándose la palma.
Más machacona se pone «Like Spitting Out Copper», al menos en su primer tercio, que se mueve básicamente entre dos notas y se apoya en la repetición. Después llega un interludio muy calmado, muy prog, tirando casi al jazz, y a partir de ahí el tema se rearma otra vez hacia arriba, otra vez frenético, y aquí ya entran los primeros guturales del disco. Es el corte más breve y el que más cintura tiene en los cambios de registro.
También con guturales abre «Stow», un ejercicio de combinación entre partes más cañeras y partes más tranquilas, todo sostenido por un sinfín de compases irregulares. Lo que más me llama la atención es que el batería a veces no cae en la misma tónica que la guitarra, lo que genera una sensación de complejidad todavía mayor, como si dos relojes fueran a distinta velocidad y encajaran cada cierto tiempo.
En cuanto a intensidad, «Family Photo» es una canción ascendente, de menos a más, hasta que al final se queda una guitarra sola dibujando un arpegio bastante agudo. A nivel rítmico sigue igual de experimental, con compases irregulares y varias locuras repartidas. No me esperaba un desenlace tan desnudo después de tanta acumulación.
Cierra el disco «Within Crippling Light», trece minutos largos que empiezan de manera muy lenta, tranquila, casi austera, y que sorprendentemente se asientan en un cuatro por cuatro. La canción va subiendo de intensidad de un modo muy controlado, más machacona y repetitiva que las locuras de los temas anteriores, hasta que sobre los tres cuartos esa locura por fin estalla en forma de todo lo que ya habíamos escuchado: compases imposibles, guitarras desatadas, batería descontrolada y guturales. Al final cae brevemente para volver a arrancar, esta vez desde un post-metal muy contundente.
A nivel de producción le pondría un 7 o un 8. Suena bien, sin duda. Quizá sea mi oído, ya malacostumbrado a producciones de un nivel absurdo, pero lo dejaría en notable. El disco se grabó con Nicholas Wilbur y Zach Sullivan en The Unknown de Anacortes, en Washington, mientras que las voces se registraron en los ADX de Portland. De la mezcla se encargó Scott Evans en Antisleep Audio de Oakland y del máster Brad Boatright en Audiosiege, también en Portland. El material, por cierto, se rodó en directo antes de entrar a grabar, y esa cohesión de banda curtida sobre el escenario se agradece.
Temáticamente el disco gira en torno a la idea de transformación, crecimiento y renacimiento, con esa fricción interna del que avanza a trompicones y paga un precio por hacerlo. El paisaje del Pacífico Noroeste, sus inviernos largos y sus veranos cortos, late de fondo en ese vaivén entre abrasión y contención. Las voces aparecen con cuentagotas, y precisamente por eso pegan cuando llegan.
Si buscáis referencias, en mi opinión el disco se mueve por el territorio de Slint, Rodan, Bitch Magnet o Kowloon Walled City, con guiños al jazz fusion de Cynic y a la densidad de Russian Circles. La propia banda ha citado a Miles Davis entre sus influencias, lo cual, tras varias escuchas, tiene todo el sentido del mundo. Me ha gustado mucho, y me da un poco de vértigo pensar lo que pueden llegar a hacer si siguen apretando.


Adicto a la música desde que tengo uso de razón y pateador crónico de salas de concierto.
Músico, cocinero y escritor cuando se tercia.
Siempre con más ganas que tiempo y más tiempo que talento.