
Dentro del estudio del sueño, fascinante como pocos (a mi parecer), hay un concepto llamado “hipnagogia”. Se trata de unas imágenes que procesa nuestro cerebro cuando no estamos aún dormidos profundamente, pero que tampoco estamos despiertos. Imágenes que ni son recuerdo ni invención, sino más bien algo que se queda como a medio camino, que luego se nos quedan pegadas el resto del día sin que sepamos muy bien por qué. Rezn llevan diez años construyendo canciones que suenan más o menos así, y en su último disco, Cycles in the Inifinite Dream (2026), han decidido convertir ese territorio difuso en el concepto central.
El álbum se escribió durante un período más largo que en cualquier disco anterior de la banda, dejando que las canciones reposaran mientras ellos exploraban la idea de ese estado “pseudo-despierto”, como si fuera una segunda existencia de la que uno puede huir o en la que se pueda quedar atrapado. Como curiosidad, parece ser que escribieron primero las melodías vocales para más adelante reescribir canciones enteras si esa parte no terminaba de encajar. Esto es poco habitual por lo general, vengas del estilo que vengas, y yo al menos no me imagino componiendo así ni en cien vidas.
La banda grabó este trabajo en noviembre de 2025 en Electrical Audio, el estudio de Chicago que en su día levantó Steve Albini, y donde Greg Norman, el que fuera su mano derecha, lleva casi treinta años encargándose la ingeniería, siendo responsable de discos de gente como Andrew Bird, Kim Deal, Russian Circles o Godspeed You! Black Emperor. La mezcla corrió a cargo de Alex Farrar en Drop of Sun Studios. Tras investigar, he visto que este nombre está más asociado al circuito indie de los Estados Unidos, y parece ser sinónimo de garantía de mezclas limpias y cálidas, dando especial importancia a la voz. Finalmente, el mastering lo firma Zach Weeks en God City Studio, que es de Kurt Ballou (Converge), cosa que no deja de ser también curiosa.
Musicalmente tenemos aquí un cruce curioso, a medio camino entre riffs con raíces dignas de Black Sabbath y atmósferas más flotadas que la crítica lleva comparando con las de Pink Floyd desde hace ya varios discos. A mí personalmente me han recordado a un popurrí la mar de rico, donde he percibido pasajes contundentes de Isis, o partes más flotadas de Elder o Bask. Realmente tampoco me quiero liar a comparaciones, ya que esto es muy personal, y quizá me vaya para el lado que no toque aquí.
Vamos al grano con el repaso por bloques: el disco abre con «Rites of Passage», una canción por lo general abierta, donde la voz suena muy flotada, hasta que en el tramo instrumental se vuelve más duro a base de palm mutes que corta todo lo etéreo de raíz. Tras eso llega «Transient», que tiene un puntillo muy oscuro en la parte instrumental, donde juraría que suena un violín, chelo o algún instrumento similar (el oído no me da para más). Aparte de eso, en algún momento el compás se va al 7/4, y descoloca que da gusto. El primer tramo lo cierra «Cloudfall», que tiene más pegada y menos arrastre, de los que piden headbanging a gritos.
El segundo bloque baja revoluciones de forma clara. «Aerial Birth» es una canción flotada y tirando a ambiental, donde hay una guitarra bien cargada de delay que repite un patrón, sosteniendo toda la canción de un modo que roza lo hipnótico. Por su parte, «Devotion» podría pasar perfectamente por un interludio, ya que tiene una estructura clásica de canción instrumental, empapada en delay y reverb, y en la que la batería entra al final, casi de manera testimonial. Es la canción más breve del disco, y también la más ligera.
El tercer tramo vuelve a apretar. En «The Vessel» vuelve la dureza, con un tema más tirando a cíclico en su desarrollo. «Escher» (me flipa este nombre) tira más de arpegios que de palm mute, aunque el estribillo golpea fuertemente. Y «Primal Thread» sigue un poco la idea general del disco, hasta que en su tramo final se pone bastante más dura y metalera de lo que me esperaba a estas alturas. Cerramos con «Terra Preta», el tema más largo, y con diferencia, además de ser lento y tranquilo, rozando el post rock o incluso el slowcore, y aquí vuelven a entrar el violín y el chelo, dándole un cierre casi orquestal.
La verdad es que apenas conocía a esta banda hasta ahora, y por lo que he leído para preparar esta reseña, parece que en sus inicios eran bastante más duros de lo que he escuchado aquí. Sin embargo, en este disco la dureza no me ha terminado de aparecer, o no por lo menos en su forma más pura. Todo suena flotado, y en cierta parte contenido. No sé si la crítica puede colocarlo como de lo mejor o lo peor de su carrera (yo al menos no tengo con qué compararlo), pero sí que me ha parecido que esta banda ha tomado una dirección que parece bastante clara con lo que van a hacer a partir de ahora. Solo por ese motivo, ya merece darle unas cuantas escuchas serias.


Adicto a la música desde que tengo uso de razón y pateador crónico de salas de concierto.
Músico, cocinero y escritor cuando se tercia.
Siempre con más ganas que tiempo y más tiempo que talento.