
Coincidiendo con la salida de Ritual/Compulsión (2026), el debut de Sacralvna, nos sentamos a hablar con Víctor García-Tapia sobre el origen del proyecto y todo lo que ha rodeado su gestación. Este documento condensa gran parte de la extensa charla que tuvimos sobre el nuevo disco, pero también sobre composición, dudas, escena y la manera de seguir haciendo música cuando llevas años en esto.
¡Hola, Víctor! Lo primero de todo, mil gracias por tu tiempo y enhorabuena por el disco. Llevo días escuchándolo en bucle y me parece una barbaridad. Me gustaría empezar rompiendo el hielo con lo más básico: ¿cómo nace todo? ¿Cómo se fragua el proyecto de Sacralvna?
Hola, Joan. Muchas gracias, tío. La verdad es que me hace mucha ilusión volver a empezar de cero. Como tú también tocas en un grupo, ya sabes lo que cuesta y las complicaciones que surgen. Sacralvna empezó en mi casa, en pijama, básicamente porque cuando Ànteros seguíamos en activo tras sacar Montenegro, yo sabía que íbamos a tardar mucho en volver a componer. De hecho, aquel proceso fue muy lioso por la disponibilidad de cada uno.
Cuando me mudé en 2023, me apañé una miniestudio para poder grabar de manera sencilla. Me puse a componer por puro gusto y curiosidad, por ver qué me salía a mí solo sin las «restricciones» de una banda ya creada, donde tienes que atenerte a la identidad del grupo. Al principio no tenía ni idea de que esto llegaría a salir.
Es interesante eso que comentas de las restricciones. A veces, cuando tocas en una banda, descartas ideas antes de enseñarlas porque ya sabes que no van a encajar con el resto. Esto suena a ejercicio de honestidad contigo mismo: música de ti para ti.
Totalmente. Salí con una sensación agridulce después de Montenegro. Me forcé mucho para que ese EP saliera adelante porque en Ànteros el espíritu siempre fue más de tocar en directo y nos costaba parar a componer. Al final sentí que le había fallado al grupo; los temas eran mayoritariamente ideas mías y tuve la sensación de que la gente se lo tomó de manera bastante tibia. Llegué a pensar que quizá no se me daba bien componer, que a mis cuarenta años ya había ofrecido todo lo que podía ofrecer.
Así que empecé probando guitarras barítonas, afinaciones supergraves…, pero me sentía un impostor, como un guitarrista más en su casa usando plugins y sonando a un metalcore o djent que ya había escuchado mil veces. Así que paré en seco y decidí afinar en mi. Todo el disco está en mi.
¡Ostras, en mi! Hoy en día, en los géneros en los que nos movemos, eso es casi un acto de rebeldía; ir a contracorriente de la tendencia del «cuanto más grave, mejor».
A ver, yo soy bastante simple y llevo con el mismo equipo desde los veinte años [risas]. El sonido base es el de siempre, aunque intente tocar de maneras distintas dentro de mis recursos limitados. Quería hacerlo sencillo. Mucha gente busca afinaciones y equipos complejos para intentar tocar distinto; yo tiré al mi, que era algo que no tocaba desde que aprendí la guitarra. Todo está grabado con una Jazzmaster.
Y a partir de ahí, ¿cómo se empieza a sumar la gente? Porque Sacralvna no ha acabado siendo un proyecto de un solo hombre.
Al principio intenté hacer un solo tema, pero se me fue de las manos y llegué a tener media hora de música. Necesitaba otro punto de vista, porque cuando estás solo en casa haciendo «Control+C/Control+V» entras en una espiral de locura donde cada día tienes una versión distinta y ya no sabes si lo que haces es una genialidad o una gilipollez [risas].
Contacté con Edu (Vereda), que es vecino mío y había cubierto a Mau en los últimos bolos de Ànteros. Empezamos a quedar, él metía bajos, me daba ideas sobre la estructura de manera muy activa… Fue muy natural. Luego vino el tema de la voz. Yo no quería un disco instrumental, pero tampoco quería una voz que saturase un tema tan largo. Edu se ofreció a probar y, aunque él decía que no era cantante, estoy superorgulloso de lo que ha hecho; tiene muchísimos registros.
¿Y la batería? Porque encontrar a alguien que entienda este lenguaje no siempre es fácil…
Stalkeamos a gente por Instagram durante meses [risas]. Probamos a un par de baterías que no cuadraron hasta que llegamos a Mario (Böira, Caricias). Ya habíamos intentado montar algo con él hace años, pero no nos daba la vida. Le escribí por WhatsApp: «Tío, soy lo peor, te vas a reír de mí porque esto es una recogida de cable impresionante, pero… ¿cómo estás?». Me dijo que estaba liado, pero al final se puso y entramos a grabar en julio. Le pasamos las baterías en MIDI, él las mejoró y en el estudio terminamos de pulirlo todo con ese lenguaje que usamos los que no sabemos de música: «Más caja», «Que caiga aquí».
“Más ataque”.
Eso es [risas].
El nombre de Sacralvna me gusta mucho, tiene un rollo espiritual, casi litúrgico. ¿Ese componente visual estuvo ahí desde el principio?
Era una idea que tenía que estar desde el principio. En ese momento hablaba mucho con Sueiro (Medalla) sobre juegos tipo Dark Souls, Elden Ring o Bloodborne. Queríamos que fuese todo oscuro, pero no oscuro «blandito», sino oscuro y luminoso a la vez. De ahí el diseño lila y blanco.
Luego quisimos ligar todo eso con la alquimia. Las letras del disco son un viaje de comienzo y final: empieza con un entierro y termina en “Aquae Eboris” (agua de marfil). Edu se encargó de hilar todos esos conceptos de transmutación para que todo tuviese sentido. Al final, tener una línea gráfica definida te ayuda a componer a favor de la imagen.
Me gustaría comentar el tema de las colaboraciones, has juntado a gente muy potente. ¿Eran colaboraciones que ya tenías en mente mientras componías?
Fue bastante natural. Por ejemplo, para el inicio tenía claro que quería a Marta e Iván (Zharzha) porque somos amigos. Con Miguel de Crossed directamente hice una parte específica para pedirle que cantase, porque su estilo no cuadraba en lo que ya había. Lo que más me preocupaba era que las colaboraciones no fagocitasen el tema; no quería que pareciese un disco de colaboraciones tipo Slash [risas]. Quería que dentro de la identidad del tema hubiera colores distintos que se diluyesen en el todo.
En el caso de Juanma Medina (thëm), él se ha encargado de toda la parte de sintes, programaciones y ruiditos de fondo en «Trono y olvido». De hecho, yo me compré su disco en Ultra Local porque me pareció que tenía una edición increíble, y me hacía mucha ilusión que formara parte de esto.
Se nota que la composición fue prácticamente tuya, porque al escuchar el disco me suena a ti, a «marca Víctor». Sin embargo, también se percibe la mano de los demás. ¿Cómo lográis ese equilibrio?
Cada uno se ha ocupado de componer su instrumento. Yo grabé bajos y baterías en MIDI que eran como metrónomos, y ellos los cogieron y se los llevaron a su terreno. Es normal que si alguien escucha a Mario le suene a Caricias o Böira, y que mi guitarra suene a las cosas que he hecho antes. Solo puedo hacer lo que sé hacer, no tengo la capacidad de hacer algo absolutamente rompedor cada vez que compongo.
Hablemos de la grabación. Si no me equivoco, habéis repartido el trabajo entre Galicia y Barcelona. ¿Cómo fue esa logística?
En Galicia grabamos con Carlos Santos las baterías, los bajos y las guitarras con distorsión. Ya había trabajado con él en Toundra y Ànteros, así que sabía a lo que iba. Pero las acústicas, teclados y voces preferimos hacerlas en Barcelona porque Siete Barbas está al lado de mi casa. Es infinitamente más cómodo poder irte a tu casa después de grabar. La mezcla la empezó Carlos, pero por problemas personales la tuvo que retomar y acabar Dani. Trabajar con Dani es superfácil, es un tío de puta madre.
Y además un productor buenísimo. Vamos ahora con una pregunta sobre etiquetas. El disco tiene mil texturas: post-rock, progresivo, algún que otro toque hardcore o incluso black… ¿Te molesta que nos empeñemos en meterlo todo en cajones?
Me da un poco igual [risas]. Entiendo que a la gente le guste ser ordenada para hablar de música. Llevo peor los nombres de bandas que las etiquetas. Edu a veces me habla de «hacerlo como lo haría el grupo X» y yo le quiero pegar, porque para eso ya están ellos y nadie lo va a hacer mejor. Las etiquetas me parecen útiles para comunicarse, pero prefiero centrarme en que la sonoridad e intención del disco tengan empaque propio.
En relación con eso, os llevo siguiendo en Instagram diría que casi desde el principio y me ha dado la impresión de que vuestra irrupción ha sido contenida. Nada de teasers medio año antes ni agobiar al personal. ¿Habéis optado por la vía honesta?
Hoy en día tienes que ser músico y community manager. Tienes que saber qué días publicar, a qué horas… ¡Se me da fatal! Instagram lo tengo para enviarme memes con mis amigos, básicamente [risas]. Además, me da absoluta pereza esa necesidad de las bandas de estar proyectando éxito constantemente: «Sold out«, «Gira increíble». No quiero dar la brasa a la gente ni que parezca más de lo que es.
Para ir cerrando te quería preguntar esto: tú que ya eres un veterano…, ¿cómo ves la escena en Barcelona? Porque sigue habiendo conciertos, pero a la vez van cerrando sitios míticos.
Soy un yayo, tristemente [risas]. Yo estoy bastante desconectado y mi percepción puede ser totalmente contraria a la de alguien diez años más joven. Mi sensación es que a los conciertos grandes va todo el mundo, pero a los pequeños van los de siempre. Creo que la gente pierde el culo por pagar 150 euros para ir al Sant Jordi Club a ver lo que sea, pero les cuesta pagar 10 euros por ir a un festival de barrio.
Ha sido un poco la historia de siempre: nos mola ir a caballos ganadores y llenar salas con los grupos de aquí que ya funcionan. Nos encanta que se nos llene la boca diciendo «Yo los veía desde hace años cuando tocaron en Roquetes», pero cuando toca ir a conocer a esos grupos que están ahora en Roquetes, nos cuesta.
Buena esa. Estoy totalmente de acuerdo. Es lo de siempre, el «yo estuve allí» pero solo cuando ya han petado.
Exacto. El tipo de música que a mí me mola se sostiene porque ha habido un relevo; está la gente, por ejemplo, del Emoestiu, que monta muchas cosas, el Can’t Keep Us Down… Yo, pese a tocar en Toundra, nunca he sido público de post-rock… El rollo que a mí me va es distinto a lo que montábamos en las primeras ediciones del AMFest.
Creo que el testigo lo tiene la gente joven, pero sigue siendo una lucha. Con Ànteros, por ejemplo, en 2019 se quedaron 100 personas fuera de la VOL al final de la gira europea; cuando volvimos en 2023 o 2024, hicimos sold out por los pelos. Ha habido un cambio de tendencia, pero no sé identificar muy bien el qué.
Pues Víctor, mil gracias de nuevo. Espero veros pronto rodar el disco, y encantado de haber podido hablar contigo. ¡Os deseo mucha suerte!
¡Muchas gracias a ti!

Adicto a la música desde que tengo uso de razón y pateador crónico de salas de concierto.
Músico, cocinero y escritor cuando se tercia.
Siempre con más ganas que tiempo y más tiempo que talento.