Crónica de un aficionado cualquiera al Rock the Coast 2019

Ya que estos días están saliendo crónicas en todos los medios bien escritas, documentadas y argumentadas, me pregunto, quizá la visión de un aficionado cualquiera también merece la pena tenerla en cuenta, ¿no? Porque al final todo este tinglado se monta para eso, para que unos cuantos privilegiados podamos disfrutar y elevarnos más allá del arco iris por un breve instante… que al final es lo que me ha parecido que ha durado, un suspiro, corto pero intenso, el cual recordaré mucho tiempo con cariño.

Pues ahí va, al lío, a ver qué sale…

Para ponernos en situación, la historia empieza volviendo de Santiago de Compostela después de haber visto a Helloween por tercera vez en un año. ¿Cómo podemos repetir la experiencia de un viaje programado para ir a un concierto? Y ahí se enciende la bombilla: Rock the Coast. La idea de un festival musical en la otra punta de la península suena de lo más apetecible, y con Rainbow de reclamo, simplemente irresistible! Pues para no perder comba, ya en el Aerobus gestamos el plan, entradas, vuelos, alojamiento, la experiencia nos dice que con tiempo las cosas suelen salir mejor, así que no queremos dejar nada al azar.

Medio año más tarde, que se dice pronto, se acerca la fecha y llegan los nervios típicos, preparación de maletas, documentos, día festivo en el trabajo, adrenalina in crescendo!

Y allá que nos plantamos en el aeropuerto, no sin antes habernos quedados pillados un buen rato en un control policial en la carretera (qué casualidad también…). Pues ya en cola, nos dan la fantástica noticia de un retraso de casi dos horas… ¡no me lo puedo creer! Tiempo bien invertido de todas maneras, donde nos dedicamos a observar al personal que por allí circulaba, desde una despedida de soltero con disfraces de gladiadores, un grupo de jovencitos en una cinta transportadora practicando remo, un cambio de vestuario de los maniquíes publicitarios que habían dispersados por todo el recinto, en fin, que da para mucho una espera. El aeropuerto de Málaga tampoco se quedó corto, al llegar tan tarde tuvimos que coger un taxi y en la cola también vivimos una gran experiencia. El personaje que teníamos delante llevaba tal pedal que nos pensábamos que se nos iba a caer encima en cualquier momento, pues no, error, al final se cayó hacia adelante al intentar subir al taxi. Menudo talegazo, por lo menos hacía 1,90 m, su mujer no sabía ni para dónde mirar del apuro que pasó… (si eso le sucede el primer día que llega de vacaciones, me pregunto, ¿cómo las debe acabar, si es que las acaba?).

Al día siguiente desembarcamos en Fuengirola finalmente, y digo desembarcamos porque realmente parecía una invasión, eso sí, de un ejército de personillas vestidas de negro y con una gran sonrisa. Nuestro primer café allí nos regaló una divertida conversación con la camarera, «xiquillos, venís para el concierto?» Sois como un libro abierto! (cómo lo habrá adivinado???). Un 10 a todo el personal que nos fuimos encontrado por allí, especialmente al señor que nos alojó en una antigua casa de pescadores, muy cerca del mar y a un paseo del Marenostrum.

Parece que la consigna del festival –Horns, Sun & Beach– va tomando su forma, y como en realidad para lo que hemos venido es para el tema de los Horns, vamos que nos vamos, que no quiero perderme nada! La entrada al recinto fue un poco caótica, colas no muy bien definidas, entras para acreditarte, vuelves a salir y al mismo punto de partida, no acabé de entenderlo mucho aunque al final tampoco duró tanto la operación, más si lo comparo con alguna cola antológica que me he tenido que tragar en Rock Fest, festival mucho más masificado. Si algo me ha gustado de este festival es que aún tratándose de un gran evento, me ha resultado más familiar de lo habitual, los espacios no son exageradamente grandes y enseguida te manejas bien por ellos. El primer día me dediqué al ruteo, localizar los puntos desde dónde ver y escuchar bien, en fin, ir acompañado de una persona bajita te agudiza el ingenio en este sentido… Es de agradecer la inclinación del terreno de delante los escenarios, así es fácil localizar puntos donde no te tapa nadie. Y qué decir del emplazamiento… SIN PALABRAS. Miras el escenario y ¿qué ves a los lados? El mar, un crucero pasando de lado a lado, la luna aparecer y hacerse más intensa, sigues mirando las pantallas y de repente enfocan a los músicos desde atrás, y ves la silueta del castillo, menuda preciosidad… Subes la colina para llegar al castillo Sohail y la vista te deja sin aliento… ¿Y montar un escenario dentro del castillo? Magia pura.

Y aquí alguna de las vistas:

Y ahí os dejo también algunas fotillos de lo más curiosas del variopinto público que allí se congregó… (eso sí es un verdadero festival!). Y que me perdonen los protas de las fotos, pero es que lo ponen a “güevo”… Que sepáis que la autoría de las fotos es compartida con mi compi de aventuras Xavier Concerts, que aunque criados ambos en una gran ciudad, desde que vivimos en un pueblo nos hemos vuelto muy pueblerinos (valga la redundancia).

Y ahora tocaría ya un repaso al tema musical de ambos días, que es en realidad a lo que fuimos (o no?). Pues como pienso que cada ser humano es una opinión, cada uno que se quede con lo que más le llene de ambas jornadas. Yo me quedo con el plato fuerte del festival, los Rainbow, y un inconmensurable Ronnie Romero, para mi el ganador absoluto de la noche del sábado. Me quedo con todas las horas que he invertido investigando bandas que no conocía y que ahora ya forman parte de mí. Me quedo con las bandas que he visto un montón de veces pero que me siguen encantando en directo. En definitiva, me quedo con la felicidad que me ha transmitido este festival.

Y le dejo a los entendidos tooodo el espacio del mundo para que emitan sus impresiones.

Ya para finalizar, última anécdota del fin de semana. Regresando por el paseo marítimo después del cierre del festival, me encuentro por sorpresa con unos cuantos de mis colegas de toda la vida. Ni tan siquiera me dio por preguntar antes del viaje si alguien iba a ir, no imaginé que se fueran a tomar la molestia de recorrer más de 1.000 km para ir a un festival. Esa es la grandeza de eventos como el Rock the Coast, que nos unen y nos conectan con aquello que llevamos más dentro de nosotros, nuestro amor por la música.

Mil gracias a Madness Live! por hacer mi vida un poco mejor. Gente como ellos son verdaderos inspiradores.