Bohemian Rhapsody

Un tipo de magia

Bohemian Rhapsody (2018) empieza casi como acaba. Es 13 de julio de 1985, la mañana del Live Aid. Horas más tarde, Freddie Mercury (magistralmente interpretado por el televisivo Rami Malek), vocalista y líder de Queen, reunirá a más de 70.000 personas en el Wembley Stadium de Londres, a ritmo de “Radio Ga Ga”. Un setlist para quitarse el sombrero:

Bohemian Rhapsody (solo la primera mitad)
Radio Ga Ga
Improvisación vocal
Hammer to Fall
Crazy Little Thing Called Love
We Will Rock You (solo el primer verso y los coros)
We Are the Champions
Is This the World We Created…? (Brian May y Freddie Mercury a solas)

Esta actuación de solo 21 minutos de duración, que comenzó a las 18:41, ha sido votada por más de 60 artistas, periodistas y ejecutivos de la industria musical, la mejor interpretación en directo en la historia del rock. Aquel Freddie Mercury en estado de gracia (cuándo no lo estuvo…) dirigiendo a la multitud al unísono, y su nota sostenida durante la sección a capella llegó a ser conocida como “The Note Heard Round the World” (“La Nota Escuchada Alrededor del Mundo”). No hay nada ni nadie que supere al gran Farrokh Bulsara. Esto es algo en lo que tendríamos que estar de acuerdo todos los rockeros, por más guturales con los que te guste aderezar tu ensalada musical.

Pero, por ahora, Freddie está acostado en la cama, y el picor de su garganta acaba por desvelarle. Como público, aún no sabemos con certeza si se le diagnosticó VIH, la enfermedad que eventualmente le llevaría a la muerte en 1991, a la edad de 45 años, pero la sospecha es suficiente como para fomentar una tensión dramática. En cualquier caso, se dirige hacia el gran día. The show must go on…

Es un fuerte presagio, diseñado para jugar con el reconocimiento de los fans de la banda. Freddie lleva los famosos Levi’s y la camiseta imperio blanca, atuendo este que quedaría grabado a fuego en la memoria de los casi dos mil millones de personas que vieron la retransmisión en directo. “Somebody to Love” suena de fondo mientras la cámara recorre las características de Malek, que reflejan las de Freddie. Es una secuencia que se supone que debe entusiasmar al espectador por lo que estás a punto de ver, y vaya si lo hace.

Pero el problema de Bohemian Rhapsody es que nunca cumple con la gran promesa. No volveremos a ese día hasta el final de la película, lo cual es una pena, ya que esa parte, esa media hora sublime de Live Aid, recreado casi al milímetro, tiro por tiro, es lo más destacado de las dos horas y 15 minutos que dura la cinta. Piel de gallina, literal.

Entre el inicio de la cinta y este final, el director Bryan Singer (quien fue despedido por la Fox durante el rodaje y reemplazado por Dexter Fletcher) nos guía a través de los momentos principales de la biografía de Freddie y de Queen, de una manera un tanto sobrecargada que, en ocasiones, te deja un poco a medias asking for more. Es posible que el ritmo, un tanto confuso, sea el resultado del entorno, que según he podido leer, se vivía en el set de rodaje. Las constantes ausencias de Singer hicieron que el estudio detuviera la producción hasta que alguien más pudiera continuar adelante con el proyecto; incluso el director de fotografía Thomas Newton Sigel tuvo que dirigir algunas escenas. Pero al intentar mostrarnos todo, la película no se detiene en los momentos en los que parece que uno espera ver y conocer más en profundidad. Por ejemplo, la relación de Freddie con sus padres, quienes emigraron a Londres desde Zanzíbar en 1964, está muy poco descrita. También lo están las tensiones posteriores dentro de la banda cuando Freddie comienza a explorar su identidad sexual.

Y luego están las cosas en las que sí se centra la película. Se pasa una cantidad increíble de tiempo desarrollando la relación romántica (y más tarde, platónica) de Freddie con Mary Austin (Lucy Boynton), y todavía no entiendo porqué; no creo que sea lo suficientemente interesante como para justificar un papel tan prominente. Del mismo modo, el asistente personal de Freddie, Paul Prenter (Alan Leech), cuya tóxica presencia contribuiría a que él se tomara un descanso de la banda y casi se consumiera en las drogas y el alcohol mientras estaba en Berlín grabando sus álbumes en solitario; él es el malo, el villano de le peli a través del cual se explican los problemas más profundos del artista.

La acción se mueve rápidamente desde los inicios de Freddie como currante en el londinense Aeropuerto de Heathrow, quien pasa de ver como espectador a una banda amateur llamada Smile en un bar de la universidad, a unirse a ellos como cantante principal tras el abandono del original. La banda, ahora compuesta por el propio Freddie, el guitarrista Brian May (Gwilym Lee; increíble su caracterización, el más logrado sin ningún género de dudas, junto con Dermot Murphy como Bob Geldof), el bajista John Deacon (Joseph Mazello) y el batería Roger Taylor (Ben Hardy), disfruta de un ascenso meteórico hacia el éxito. La película recorre sus primeros años, deteniéndose magistralmente en una de las mejores secuencias, la que nos narra el making of de “Bohemian Rhapsody”, la canción clásica que da nombre a la película, y en la cúspide de su éxito, eventualmente empañada por la decisión de Freddie de seguir una carrera en solitario y por su reunión posterior para su memorable actuación en el Live Aid.

Es difícil creer que una película sobre una banda tan innovadora y excéntrica como Queen pueda ser tan redonda. Es una película biográfica estándar, con altibajos predecibles. Es una versión de todo lo que supuestamente sucedió en la vida real, pero no sabría diferenciar entre lo que sí realmente sucedió y lo que “según he leído/nos parece que fue así”. Por ejemplo, el momento en que la banda explica su visión para su cuarto álbum de estudio, A Night at the Opera (1975), al ejecutivo de EMI Ray Foster (Mike Myers), “el hombre que perdió a la Reina”, parece que fue sacado de un blog sobre Queen. Aún así, aún sabiendo que aquella reunión seguramente no fue tal y como nos la describen aquí, me quedo con ese guiño, con esa frase que dice el propio Foster, y que estoy seguro que los amantes del cine podrán llegar a entender. Dice algo así:

¿“Bohemian Rhapsody”? ¿Qué nombre ese ese para una canción? Sinceramente, no veo a los jóvenes del futuro haciendo hedbanging en sus coches mientras suena esta canción por los altavoces.

Que la película no cumpla con las expectativas (sean delito que sean) de todos no es culpa de los actores, pues no creo que haya espacio como para ir mucho más allá, como para profundizar más. La interpretación de Malek hace que suene para todas las quinielas habidas y por haber. Luce y brilla como el propio Freddie, luciendo disfraces y copiando sus extravagantes movimientos con un entusiasmo contagioso. Y sí, se parece a él, incluso sin esos dientes postizos, que solo te distraen durante los siete segundos que salen en pantalla. Cada momento en que aparece sobre el escenario es una joya, una maravilla, y al final parece que estás viendo al mismísimo Mercury. Mazello, Lee y Hardy dan totalmente el pego como Deacon, May y Taylor, pero están ahí solo para ser “los miembros de la Reina”, sin más. Sin embargo, no hay que olvidar que Queen no era Queen sin todos sus miembros. En la vida real de “los otros tres”, si bien, demasiado a menudo, son eclipsados ​​por la leyenda del gran Freddie Mercury, especialmente después de su muerte. Pero en la película queda meridianamente claro que, por ejemplo, que fue May quien propuso lo del pisotón en “We Will Rock You”, para que la multitud pudiera participar, y que fue Deacon, quien escribió el increíble riff de bajo que define a “Another One Bites the Dust. Y que Taylor… bueno, él escribió “I’m in Love With my Car”.

La película no creo que sea para disfrutarla. Yo, por ejemplo, me pasé varios minutos tratando de poder ver la pantalla con lágrimas en los ojos. Ver a Malek hacer lo suyo es ciertamente divertido, y cada vez que se suena una canción de Queen, es fácil olvidar que detrás hay una película que visionar. Así que, si esperabas algo fuera de lo común, te decepcionará.

El auténtico núcleo emocional de la cinta son las canciones, y solo por eso ya vale la pena gastarte la pasta y verla, por favor os lo recomiendo, en el Phenomena de Barcelona; esos “Eeeeeeeeeeoooooooo” que Freddie dedica a los fans del Live Aid suenan atronadores gracias a su Dolby Atmos. Una de las ventajas de una película como esta es que las personas menos familiarizadas con la historia y la música de Queen podrían convertirse en nuevos conversos. Eso dice mucho sobre el poder de las canciones de Queen, pero poco sobre las películas que se supone que narran parte de la historia y el sentimiento oculto tras de ellas. Pero es una puta peli sobre Queen, so fuck it!

Pero el hecho de que la última media hora de metraje sea para enmarcar y para llenar cubos y más cubos de baba (aunque en ocasiones la multitud que llenaba Wembley se note demasiado que no lo “es”…), no le resta mérito al resto de la película. Lo que sí que creo es que los saltos temporales son abruptos y, en ocasiones, incluso un tanto aleatorios. Pero bueno, a estas alturas de la película creo que tod@s ya sabemos quiénes son Queen, y estaremos de acuerdo que para verlo todo ahí plasmado en pantalla, sería necesaria una película que durara, como poco, cinco horas… ¿dónde dices que hay que firmar?

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Rubén de Haro

Tipo peculiar y entrañable criado a medio camino entre Seattle, Sunset Boulevard y las zonas más húmedas de Louisiana. Si coges un mapa, y si cuentas con ciertos conocimientos matemáticos, verás que el resultado es una zona indeterminada entre los estados de Wyoming, South Dakota y Nebraska. Una zona que, por cierto, no he visitado jamás en la vida. No soy nada de fiar y, aunque me gusta “casi todo lo rock/metal”, prefiero las Vans antes que las J’hayber.

Rubén de Haro
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Tipo peculiar y entrañable criado a medio camino entre Seattle, Sunset Boulevard y las zonas más húmedas de Louisiana. Si coges un mapa, y si cuentas con ciertos conocimientos matemáticos, verás que el resultado es una zona indeterminada entre los estados de Wyoming, South Dakota y Nebraska. Una zona que, por cierto, no he visitado jamás en la vida. No soy nada de fiar y, aunque me gusta “casi todo lo rock/metal”, prefiero las Vans antes que las J'hayber.