La escena metálica en una capital noruega de provincias a día de hoy: mitos y verdades

Muchas veces tendemos a pensar que en un lugar como Noruega se supura metal por todas las esquinas. Y si bien es verdad que los densos bosques, las evocadoras iglesias de madera, los profundos fiordos y el inmenso catálogo de bandas surgidas de este espectacular país escandinavo juegan en favor de esta idea, también es cierto que lo que fue un paraíso metálico en su momento es ahora, casi, un país occidental más cuyas modas musicales vienen dictadas por lo que se lleva a nivel global. Así que si bien es innegable y notorio que cualquiera por encima de los cuarenta lleva algo de metalero dentro (algunos aún lo mantienen a día de hoy, mientras que muchos otros ya han renegado de él), el grueso de la juventud está bastante más interesada en la floreciente (y bastante infame) escena rapera que asola radios y clubs que en la intereante pléyade de bandas de rock y metal que siguen apareciendo en el país semana tras semana.

Antes de lanzarme del todo a por este análisis más o menos improvisado, quizás algunos os estaréis preguntando qué autoridad tengo yo para hablar con conocimiento de causa de algo tan complejo como la escena metálica de un país que no es el mío. Y bien, para ser sincero, supongo que no la tengo en absoluto, y en realidad basaré la información y la opinión que vierto en este artículo, puramente, en una percepción personal que quizás no sea ni completa ni exhaustiva y que, por supuesto y ante todo, puede estar perfectamente equivocada. En todo caso, los que me conocéis y me leéis habitualmente sabréis que hace cosa de quince años (madredediós como pasa el tiempo) estuve viviendo unos dieciocho meses en Noruega, concretamente en una pequeña ciudad y capital de provincia llamada Hamar, situada unos cien kilómetros al norte de Oslo. A raíz de esa estancia he mantenido amigos y familia extendida que voy a visitar con relativa regularidad, así que aunque mi valoración no es comparable, por supuesto, a la de alguien que lo viva día a día, sí que me he podido formar opiniones bastante educadas sobre lo que se cuece por allí.

Con escasos treinta mil habitantes, y sin ser ni mucho menos un avispero de actividad (en absoluto, creedme), Hamar actúa de forzoso epicentro cultural de toda la zona que lo rodea (las provincias mayormente agrarias de Hedmark y de Oppland). Por una serie de motivos socioeconómicos que quizás no viene al caso analizar, Hamar ha conseguido resistir la emigración masiva que otras pequeñas ciudades de provincias han sufrido en los últimos tiempos, con la gran mayoría de la juventud apostando por buscarse la vida en las más vanguardistas Oslo, Bergen, Stavanger o incluso Trondheim en vez de en las localidades mucho más tranquilas y evidentemente más aburridas (y, entiendo, con menos oportunidades) que se esparcen por las maravillosas colinas verdes que ocupan la parte más habitable del país. Y con ello, Hamar ha logrado mantener un cierto estátus tanto económico como cultural que se ha ido deteriorando en otras ciudades de tamaño comparable.

Pensad que Noruega tiene casi la superficie de España, pero que aquí viven solo cinco millones de habitantes. Oslo, la capital y ciudad más grande, no tiene más que seis cientos mil, mientras que sitios como Bergen, situado en la costa oeste y del que todos habremos oído hablar, no llegan a los tres cientos (vamos, que no es un sitio mucho más grande que Sabadell). Tras ellas, casi todo son ciudades pequeñas bastante por debajo de los cincuenta mil habitantes y una efervescencia cultural más bien moderada, así que al contrario de lo que uno pueda tender a pensar, el grueso de la fértil escena metálica de los noventa que puso a Noruega para siempre en el mapa se centró prácticamente por completo en Oslo y en Bergen. Y a consecuencia de ello, la producción a nivel de bandas de Hamar y su provincia no es particularmente impresionante.

Lejos de los grandes nombres que todos tenemos en mente como Mayhem, Emperor, Satyricon, Dimmu Borgir, Immortal y compañía, la ciudad ha visto nacer únicamente a bandas de segunda fila (de segunda fila a nivel de popularidad, claro, que buenas lo son un rato) como Madder Mortem, Ram-Zet, The Kovenant, Dunderbeist o los más conocidos (y ahora resucitados) Conception. Su vocalista Roy Khan, que también estuvo en Kamelot o Avantasia, es de un pequeño pueblecillo a unos veinte minutos llamado Elverum, mientras que Faust, el batería de Emperor que en 1992 asesinó brutalmente a un homosexual en la cercana ciudad de Lillehammer (que conoceréis por haber sido sede de los Juegos Olímpicos de Invierno del 94), nació también en algún lugar de las cercanías.

Pero más allá de que la ciudad y la zona no hayan aportado muchísimo en ese sentido, no es menos cierto que en los ochenta y los noventa el metal era el género de referencia por antonomasia entre la juventud, y todo el mundo que conozco entre 35 y 50 años (todos los hombres sin excepción, y también muchas mujeres) ha tenido un pasado metálico más o menos intenso. Y eso, por supuesto, tiene consecuencias inevitables a día de hoy. Porque aunque es evidente que una proporción muy ínfima de jóvenes escucha metal (algo que ven como pasado de moda), bandas nuevas como Kvelertak aparecen regularmente en la televisión pública (con lo que casi todo el mundo conoce de su existencia), mucha gente va a conciertos más allá de los viejos dinosaurios de siempre y los múltiples pubs rockeros (el de más solera en Hamar se llama Seb’s Hotel) siguen llenos de peludos con ansias de emborracharse y hacer el carcamal al son de clasicazos de AC/DC, Metallica y compañía.

Mientras yo viví en esta ciudad (de 27.000 habitantes, recordad) pude disfrutar de las visitas de bandas como Motörhead o Dio (malogrados los dos dos) y, sin ir más lejos, hace poco parece que también estuvieron por aquí Manowar (dos noches de lleno a 140 euracos la entrada, ojo), U.D.O. y otras bandas clásicas. Imaginaos una ciudad de tamaño y relevancia equivalente en España… parafraseando a metalpacos, en tal secarral supongo que llegarían a tocar Obús como máximo, pero aquí la fuerza de la comunidad metalera (viejuna toda ella, ojo) hace que a bandas de ese calibre y renombre aún les salga bien acercarse hasta aquí e incluir una ciudad como Hamar en sus giras.

Por cierto, que este artículo no se me ha ocurrido de la nada, sino que precisamente este fin de semana pasado estuve en Noruega para ponerme al día de lo que se cuece entre la familia y los amigos que aún me quedan por allí (cada día menos, claro, aunque hay mucha gente que se viene con la intención de quedarse un año y acaban sucumbiendo a los golosos sueldos y estableciéndose en la zona para siempre jamás). En plena cena de aniversario en un Pizzanini cercano (cenas que empiezan a las 18.30-19h, por cierto) alguien me comentó que esa misma noche había concierto en la sala por excelencia de la ciudad, llamada Gregers. Yo no lo había ni mirado, así que cuando le pegué un ojo me sorprendió muy gratamente que los protagonistas fueran a ser ni más ni menos que The Good, The Bad and the Zugly, la “otra” banda del vocalista de Kvelertak Ivar Nikolaisen. No se trata ni mucho menos una banda que controle tanto como los geniales autores de “Mjod” o “Fossegrim”, pero la perspectiva de su hardcore sucio, energético, hard rockero y punkarra me pareció lo suficientemente atractiva como para enredar a un par de mis compañeros de mesa y escoger terminar la noche allí.

Aunque se trate de una banda autóctona con un tirón relativo (para haceros una idea, tienen menos seguidores en Facebook que nuestra revista, y curiosamente solo están presentes en la wikipedia noruega y… en la catalana), la entrada me costó 300 kroner (más o menos treinta euros), y una cerveza dentro de la sala unos 80 (8 euros y pico). Esos son precios normales en un país donde el nivel de vida es altísimo y que, en consonancia, tiene unos precios que marean a pobres y precarios mediterráneos como nosotros. Para que os hagáis una idea, cuando yo trabajé aquí en 2006/2007 cobraba más de 3000 euros al mes como programador web raso por una jornada de 32 horas semanales que incluía media hora diaria para comer (una comida que nos proporcionaba la empresa, por cierto). Y aunque los locales se quejan continua y amargamente de lo caro que es todo, ya os garantizo que a fin de mes el balance sale bastante mejor que aquí.

Cuando llegamos a la sala una vez habían terminado los teloneros (que no sé ni como se llamaban, lo siento), ahí debían congregarse ya unas 200 personas, en su inmensa mayoría hombres cuyas edades superaban cómodamente los 35 y que ocupaban prácticamente dos tercios de la capacidad de la sala. A medida que se acercaba y avanzaba el concierto (un concierto que fue un pasote, por cierto, con una intensidad, una energía y una precisión descomunal por parte de la banda y una respuesta bastante entusiasta de buena parte del público) pudimos ver y notar como la ingesta de alcohol empezaba a hacer mella en las capacidades funcionales de la gente. Los noruegos, como buen espécimen norteño que son, entienden el beber como un camino sin meandros ni matices hacia la borrachera total y definitiva: ellos no beben un poco aquí y un poco allí para pasárselo bien, sino que ingieren una cerveza tras otra hasta que la lengua se les traba definitivamente y caen redondos al suelo. Y esto no es patrimonio de hombres rudos e inconscientes, que si os contara la de muchachas la mar de arregladas que he visto tiradas suciamente por las esquinas no os lo creeríais. Pero bueno, la verdad es que esto es un poco lo normal.

La descarga de The Good, The Bad and The Zugly duró solamente 55 minutos, algo corto para unos cabezas de cartel, pero los tíos lo dieron todo y ni yo ni nadie nos quedamos con la sensación de que nos escamotearan nada. Hacía justo dos semanas que habían publicado su quinto trabajo, titulado Algorithm and Blues, y entiendo que buena parte de su repertorio estuvo centrada en él. No me atrevo a afirmarlo con seguridad porque lo cierto es que mi control de la discografía de la banda es bastante pobre y mi dominio del noruego tres cuartos de lo mismo, así que no identifiqué mucho más que una especie de mini versión del “The Ides of March” de Iron Maiden que sirvió de enlace entre otras dos canciones. De todas maneras, un espíritu macarra y agresivo muy parecido al que caracteriza a los propios Kvelertak emanó constantemente del escenario y de unas canciones que encajaron perfectamente unas con otras y rayaron a nivel altísimo en todo momento, así que no importó demasiado saber cómo se llamaba tal y cual tema.

Una vez terminó la descarga la gente empezó a desfilar poco a poco hacia la barra (separada del resto de la sala porque los menores de 21 no pueden acercarse) o hacia el exterior, y antes de irme tuve la oportunidad de mantener una conversación (bastante interesante, todo hay que decirlo) con otro de los personajes habituales de la escena metálica noruega: el blackmetalero nazi. Porque una vez me despedí de los dos chicos con los que vine y me preparé para encaminarme poco a poco hacia casa, me abordó un chico con pelo rubio liso lisísimo hasta el culo, barba de chivo y cazadora bomber bastante alcoholizado que a la que tuvo la oportunidad se introdujo a si mismo como fascista, y que al saber de mi origen expresó su admiración por Franco y por el hecho de que los españoles no le echaran de la poltrona sino que le dejaran morir tranquilamente en la cama. Manda huevos el colega.

Ya sé que muchos de vosotros, amigos de sangre caliente, le hubierais mandado inmediatamente a la mierda, pero una vez me hube cerciorado de que no me iba a partir la cara a las primeras de cambio (mido casi uno noventa, yo), recordé que las personas son mucho más que sus ideas y, sacando mi socorrida e irremediable vertiente diplomática, preferí intentar ejercer un poco de pedagogía con el chaval. Y tal y como me suele ocurrir cada vez que hablo con alguien con maneras de pensar muy divergentes a las mías, me fascina escuchar y entender las razones que la gente tiene para pensar como lo hace. Quizás son equivocadas o parten de premisas absolutamente erróneas, pero la inmensa mayoría de veces son opiniones totalmente razonadas, con motivos y motivaciones detrás perfectamente justificadas.

En este caso, y como el chico no era tonto sino que creo que le habían comido un pelín la cabeza con la pureza y la pretendida superioridad eterna de una raza escandinava que, como todos en algún momento de la historia, emigró en masa a Estados Unidos en busca de un futuro mejor, quiero pensar que hablar conmigo (y escuchar de primera mano las atrocidades de Franco, por ejemplo) le resultó mucho más útil que un desprecio directo e inmediato por mi parte. Y aunque no me atrevería a afirmar que vaya a abandonar de inmediato su devoción por el Mein Kampf, sí que creo sinceramente que esa conversación puso alguna semilla de duda en sus ideas. De hecho, así me lo expresó de forma sincera, y después de rehusar (no sin esfuerzo) su invitación de hacer la penúltima en el cercano y popular Seb’s Hotel, nos despedimos con un fuerte abrazo y deseándonos lo mejor en nuestras vidas. Abrazándome con nazis, como nos hemos de ver.

Como detalle final que no tiene nada que ver con el metal (como la mitad del artículo, en realidad), y para que me digan que el cambio climático no existe, solo comentar que la distancia que separa la puerta de Seb’s Hotel de la casa en la que me alojaba, en la tranquila barriada de Ottestad, es de aproximadamente cuarenta minutos. En cualquier año normal, pretender recorrer esos dos kilómetros y pico pasada la medianoche de un 31 de enero sería una auténtica locura, ya que las temperaturas tienden a estar alrededor de los veinticinco o treinta grados bajo cero. Pues en este caso estoy seguro que no estábamos ni en negativo, ya que a pesar de no llevar ni tan siquiera zapatos apropiados (¡que yo había salido a cenar!), llegué a mi destino sin haber pasado ni una pizca de frío. Y los locales parecen encantados con ello (y no les culpo, que un invierno en toda su intensidad es largo y bastante durillo), pero a mí me pareció algo alarmante de verdad.

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Sobre Albert Vila 822 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.