Crónica y fotos del Festival Internacional de Benicàssim 2025 - Recinto de Festivales de Benicàssim (Benicàssim), 19 de julio de 2025

Benicàssim, música y redención: el FIB vuelve a ser hogar

Datos del concierto

Festival Internacional de Benicàssim 2025

Bandas: The Black Keys + Viva Suecia + Tom Meighan + The Lathums + (...)
Fecha: 19 de julio de 2025
Lugar: Recinto de Festivales de Benicàssim (Benicàssim)
Organiza: The Music Republic
Asistencia aproximada: 43 000 personas

Fotos

Fotos por Oficiales

Volver al FIB siempre tiene un aire de ritual personal, una mezcla única de emoción y nostalgia que se dispara nada más aterrizar bajo el sol implacable del Desierto de Las Palmas en Benicàssim. Es un instante en el que vuelve el olor del recinto, ese aroma a césped, tierra caliente y mar que se cuela por la entrada. Y al fondo, majestuoso, el astronauta gigante, se yergue imperturbable como el símbolo inquebrantable del festival: una figura que anuncia que estás entrando en otro mundo. Mientras avanzas entre las parcelas, los grillos y las cigarras no dejan de recordarte que este lugar vive a su propio ritmo, marcado por el calor, por el zumbido del verano, por una luz intensa que convierte cada canción en algo casi mítico.

Este ha sido mi quinto FIB. Durante años fue un festival cercano, de referencia. Pero ya mis dos últimas ediciones me enfriaron y en 2024 me mantuve alejado, molesto con la deriva del festival, la organización desordenada y un ambiente que había perdido su magia entre descontrol y desinterés. Pero este 2025, algo cambió. El cartel era potente, los horarios parecían por fin pensados con lógica y respeto al público, y sentí que quizás era el momento de reconciliarme con el festival que tantas alegrías me había dado. Decidí bajar solo el sábado, como quien lanza una última moneda al aire, con la esperanza de que, esta vez, el FIB me devolviera esa chispa que un día me hizo sentir que este rincón de Benicàssim era uno de los mejores lugares del mundo.

El calor y el bochorno habituales, que suelen marcar estas fechas, fueron este año mucho más llevaderos y pasajeros, lo que hizo más cómodo disfrutar de los conciertos durante el día y la noche. Y, sin duda, el sonido fue una revelación: por primera vez escuché TODO con una calidad impecable. El volumen era alto, claro y definido, tan bueno que conseguía aislar del entorno y sus distracciones. No se oían a las cotorras parloteando sobre sus vidas o sus ligues; solo la música llenaba el aire, envolviendo al público en una experiencia casi pura.

El cartel del FIB 2025 fue, sin duda, el mejor desde que el festival cambió de manos y comenzó una nueva etapa bajo la gestión de The Music Republic. Se notó un cuidado especial en la selección de artistas, combinando nombres internacionales con referentes nacionales que hoy están marcando la escena. Esa mezcla atrajo a un público más entregado y diverso, que respondió con entusiasmo y pasión en cada actuación. Fue un soplo de aire fresco que recuperó parte de la esencia que hizo grande al FIB en sus mejores años.

En definitiva, esta edición demostró que el festival puede reinventarse y recuperar su lugar destacado en el calendario musical europeo. Con una organización más sólida, un sonido excepcional y un cartel potente, el FIB volvió a ser un espacio de encuentros, emociones y descubrimientos. Y para quienes, como yo, llevamos años siguiendo su evolución, fue una confirmación de que aún quedan momentos memorables por vivir en Benicàssim.

Iván Ferreiro

Bajo un cielo luminoso y una humedad que abrazaba con fuerza, Iván Ferreiro tomó el escenario Heineken del FIB para regalarnos un directo de los que se cuecen a fuego lento y terminan explotando en comunión total con el público. Acompañado por una banda entregada y precisa, el que fuera alma de Los Piratas fue desgranando su repertorio con una mezcla de contención emocional y fuerza melódica, como si cada canción buscara encontrar su sitio en una noche saturada de calor pero también de expectativas. Su figura, aparentemente frágil, se agigantaba con cada verso compartido.

El concierto fue de menos a más, creciendo en intensidad hasta alcanzar ese punto en que el artista y el público se funden. Las canciones de Trinchera Pop, ese disco que tantas emociones encapsula, resonaron con fuerza en una atmósfera casi eléctrica. Iván se mostró generoso, cercano, plenamente entregado. Fue fácil notar que no se guardaba nada, y eso se agradece en un festival donde muchas veces el tiempo y el formato juegan en contra de la conexión real. Aquí, sin embargo, hubo magia. Se respiraba algo especial.

El tramo final fue una celebración colectiva. “Años 80” encendió los recuerdos de toda una generación, mientras que “En las trincheras de la cultura pop” se convirtió en el himno de cierre que todos necesitábamos, coreado con pasión por una audiencia rendida. Personalmente, era la primera vez que lo veía en directo, y la espera valió la pena: pocas veces se percibe tanta verdad sobre un escenario. Un gran artista, sí, pero sobre todo un intérprete que sabe tocar donde más duele y, al mismo tiempo, consolarte con su música.

Iván Ferreiro

Karavana

Poco después del éxtasis emocional con Iván Ferreiro, el escenario Cutty Shark recibía a Karavana, una de esas bandas que no necesitan artificios para ganarse al público: les basta con guitarras afiladas, letras punzantes y una actitud que mezcla irreverencia con descaro generacional. Fue un descubrimiento más que grato. Temas como «Verano del 27» demostraron que saben capturar la ironía y el desencanto con una energía contagiosa, y su sorprendente versión rockera del “clásico” de Bad Bunny, «Tití me preguntó», desató la locura entre los asistentes, rompiendo prejuicios y confirmando que la diversión también puede tener mordiente.

No pude ver el concierto completo, ya que en el escenario Repsol arrancaban The Lathums, banda por la que sentía especial predilección. Aun así, lo poco que vi de Karavana fue suficiente para entender por qué están ganando terreno en la escena nacional: su propuesta es cruda, directa y sin concesiones, perfecta para un festival que sabe alternar emoción con gamberrismo elegante. Me los apunto para un directo más largo.

Karavana

The Lathums

The Lathums volvieron al FIB como en casa, y eso se notó desde el primer acorde. Era mi segunda vez viéndolos —ambas en este festival—, y si ya la primera me dejaron buen sabor de boca, esta vez el reencuentro fue todavía más especial. Venía con los deberes hechos, con sus discos frescos —sobre todo ese último trabajo que me tiene fascinado—, y con ganas de revivir esa chispa tan «very very muuuch» que solo bandas de Wigan (o de su Manchester cercano) saben destilar. Lo que entregaron fue un concierto sólido, emocional y directo, con esa mezcla de melancolía británica y coraje juvenil que los hace tan especiales.

El repertorio fue un regalo para quienes los seguimos de cerca. Canciones como «No Direction» o «The Great Escape» brillaron con fuerza, mientras que piezas como «Reflections of Lessons Left» o «Artificial Screens» mostraron una madurez creciente, tanto en lo musical como en la actitud escénica. La banda se mostró fiable, confiada y atrevida, con ese aplomo que da el saberse en un buen momento. Agradecieron al público en más de una ocasión y sonrieron con sinceridad, conectando con una audiencia que coreó temas como «Sad Face Baby» como si fuesen ya himnos de una generación.

No hacen falta grandes parafernalias cuando se tiene el talento, el repertorio y la actitud justa. The Lathums confirmaron que son mucho más que una promesa británica: son una banda que pisa firme, que sabe emocionarte sin caer en la pose, y que parece crecer con cada directo. Salí de su concierto con la certeza de que volvería a verlos siempre que se crucen en mi camino. Porque hay amores que, cuando regresan, lo hacen más fuertes.

The Lathums

Viva Suecia

A medida que caía la noche en Benicàssim, el ambiente se cargaba de expectativa: era el turno de Viva Suecia, probablemente los auténticos cabezas de cartel para la mayoría de los asistentes de esta jornada del FIB. En un festival que ha virado hacia un público mayoritariamente nacional, se notaba en el aire ese fervor especial que sólo despiertan las bandas que uno siente como propias. Lo de Viva Suecia fue un concierto apoteósico, de esos que no se olvidan fácilmente. Una entrega total tanto por parte de la banda como del público, con un repertorio cuidado al detalle y una actitud impecable sobre el escenario.

Desde los primeros compases con «Bien por ti» y «Los años», quedó claro que no estábamos ante un show cualquiera. Las canciones de Viva Suecia funcionan en directo como himnos de vida y desgarro: se cantan a pleno pulmón, se sienten en la piel. «La orilla», «Lo siento» o «Dolor y gloria» confirmaron lo que muchos ya sabíamos: que esta banda no solo graba discos magníficos, sino que se transforma sobre el escenario. La interpretación fue precisa pero también emocional, con ese equilibrio perfecto entre la épica y la cercanía.

El tramo intermedio ofreció joyas como «Lo que te mereces», «Hacernos polvo» o «Deja encendida una luz», piezas que transitan la melancolía y la esperanza con una sensibilidad única. La conexión con el público era palpable, casi física. El grupo se mostraba agradecido, consciente de estar protagonizando un momento grande. Pero fue en la recta final, a partir de «Justo cuando el mundo apriete», cuando todo se elevó aún más: una sucesión de temas colosales como «El rey desnudo», «Amar el conflicto (Todo lo que importa)» o «La voz del Presidente» convirtieron el concierto en una verdadera celebración colectiva.

La banda y el público se fundieron en uno, cantando como si el tiempo se hubiera detenido. «El bien» cerró el set como un estallido emocional, dejando a todos con la garganta rota y el corazón lleno. Fue un directo redondo, sin fisuras, de esos que convierten a los indecisos en fans incondicionales. En mi caso, llevaba años queriendo verles y, sinceramente, no será la última vez. A partir de ahora, los seguiré allá donde vayan.

Sin duda, Viva Suecia forman parte de esa tríada perfecta del rock/indie nacional junto a Arde Bogotá y Vetusta Morla. Su directo en el FIB no solo confirmó su estatus como una de las mejores bandas del momento, sino que lo hizo con elegancia, potencia y emoción. Salí del concierto con la sensación de haber presenciado algo importante, de esos momentos que uno guarda con cariño en la memoria musical.

Tom Meighan

El calendario apretado y los inevitables solapes entre escenarios hicieron que tuviera que repartirme entre varios conciertos, y uno de los afectados fue el de Tom Meighan, ex vocalista de Kasabian. Aun así, los 40 minutos que pude disfrutar fueron más que suficientes para revivir parte del espíritu incendiario que marcó su etapa con la banda de Leicester y descubrir el presente vibrante de su carrera en solitario. Con su carisma intacto y una energía arrolladora, Meighan supo reconectar con el público a través de un set lleno de dinamismo y nostalgia.

Entre los temas propios de su nueva etapa y los clásicos de siempre, el concierto fue una montaña rusa emocional. Sonaron, por supuesto, los himnos más celebrados: «Empire» y «Fire» convirtieron el recinto en una auténtica fiesta, coreadas por una audiencia entregada que no olvidaba quién fue durante años la voz de una de las bandas británicas más explosivas del siglo XXI. Aunque no pude ver el show completo, lo que vi bastó para confirmar que Tom Meighan sigue siendo una fuerza escénica poderosa, con ganas de reivindicarse y de seguir quemando escenarios con nombre propio.

The Black Keys

El gran momento del día —y probablemente del festival entero— llegó con la esperadísima actuación de The Black Keys, una banda de esas que raramente pisan escenarios españoles, y que este verano nos ha sorprendido con tres fechas únicas e inusuales. Era su primera vez en el FIB, y la ocasión no podía ser más especial. Personalmente, fue el principal aliciente para bajar hasta Benicàssim: una excusa perfecta, casi necesaria, para reencontrarme con ese dúo que redefine lo esencial del rock con una crudeza que enamora. Ya los había visto en el Mad Cool hace un par de años y me habían dejado sin palabras. Esta vez, la emoción era la misma.

El setlist fue generoso, pensado para complacer tanto a los fans de siempre como a quienes se han ido sumando en los últimos discos. Arrancaron con una potente combinación de “Thickfreakness”, “The Breaks” e “I’ll Be Your Man”, como si quisieran dejar claro que no olvidan sus raíces más crudas. A partir de ahí, la máquina de riffs se puso en marcha y no paró: temas como “Your Touch”, “Gold on the Ceiling” o “Fever” marcaron el ritmo de un concierto que alternaba el groove con el músculo, la distorsión con la elegancia. Sonaron compactos, sobrios, seguros de lo que hacen.

No son una banda de grandes aspavientos. The Black Keys no necesitan pantallas espectaculares ni discursos épicos para brillar: lo suyo es la autenticidad, el sonido rugoso, la química telepática entre Dan Auerbach y Patrick Carney. En directo son un bloque impenetrable, un ritual de blues-rock moderno que no deja espacio para el artificio. Y eso, precisamente eso, es lo que los hace tan especiales. La interpretación de “Weight of Love” fue uno de esos momentos hipnóticos en los que el tiempo se detiene y el sonido lo llena todo. Un viaje.

Entre las más coreadas, como era de esperar, destacaron las canciones de Brothers y El Camino, discos que definieron a toda una generación de oyentes y que siguen sonando actuales, necesarios. “Tighten Up”, “Howlin’ for You” y “She’s Long Gone” encendieron a los fans más entregados —entre los que me incluyo sin dudarlo—, aunque es cierto que el grueso del público no reaccionó con la misma intensidad que con otros conciertos como el de Viva Suecia. Aun así, había una legión fiel al frente del escenario, y nosotros lo dimos todo.

The Black Keys

El bis fue de película: primero “Little Black Submarines”, esa joya que empieza con dulzura acústica y acaba explotando en una tormenta eléctrica, para después cerrar con “Lonely Boy”, posiblemente una de las canciones más icónicas del siglo XXI. Ese riff, ese ritmo, esa actitud… No hay otra igual. Corearla fue una experiencia catártica, de esas que justifican el viaje, la espera, el sudor. Es una canción que encapsula todo lo que es el rock cuando se hace con alma y con verdad.

Ver a The Black Keys es algo especial. No buscan gustar a todos, ni caer simpáticos, ni incendiar escenarios con fuegos artificiales. Lo suyo es otra cosa: una honestidad brutal en cada nota, una devoción por el sonido, una fidelidad a su instinto. Puede que no impacten al público más casual, pero los que llevamos años siguiéndolos sabemos que esta banda es única. No hacen falta adornos cuando lo esencial ya lo tienes. Y ellos lo tienen todo.

The Black Keys

Maceo Plex & Ultraligera

Después del torbellino eléctrico de The Black Keys, tocaba cambiar de registro y adentrarse en las profundidades más hipnóticas de la noche con Maceo Plex. El productor y DJ norteamericano de raíces cubanas ofreció un set envolvente, con su inconfundible mezcla de techno melódico, house futurista y texturas oscuras. Su sesión fue una inmersión sensorial perfecta para dejarse llevar tras la intensidad guitarrera vivida minutos antes. Sin necesidad de estridencias, Maceo mantuvo al público en trance con una narrativa sonora fluida y elegante, ideal para perder la noción del tiempo bajo las luces del FIB.

A continuación, Ultraligera tomó el relevo para seguir alimentando la pista de baile con una propuesta fresca y estimulante. Su sesión, ecléctica y llena de matices, osciló entre el pop electrónico, ritmos urbanos y beats bailables con toques de house y electro pop nacional. Fue un cierre ideal para quienes aún tenían energía en las piernas y querían seguir flotando entre melodías sofisticadas y ritmos pegajosos. Su selección fue inteligente y vibrante, perfecta para despedir la jornada con ligereza y estilo.

Cerrando el FIB 2025

Este era mi quinto FIB. Después de dos ediciones que me dejaron bastante insatisfecho, volvía con ganas renovadas, aunque con ciertas reservas. En los últimos años, el ambiente había cambiado: un público a menudo excesivamente drogado y borracho, más cercano a la verbena descontrolada que a un festival con la historia y el prestigio del FIB. Los horarios tampoco ayudaban: los cabezas de cartel solían salir a altas horas, lo que convertía llegar a tiempo en un desafío y aguantar hasta el final, casi en una hazaña. Pero esta vez, la experiencia fue distinta.

Y así, bajo el último golpe de bombo y la brisa templada del Mediterráneo, me fui alejando del recinto con una sonrisa tranquila. No fue solo otro festival: fue un reencuentro. Con la música. Con la esencia del FIB. Con aquella versión de mí que lo vivió por primera vez. Entre tanta electrónica, guitarras, polvo y luces, encontré algo parecido a un hogar. Porque Benicàssim, música y redención: el FIB vuelve a ser hogar. Y algunos lugares, cuando regresan con verdad, se convierten en refugio.

Sobre Beto Lagarda 1702 artículos
Llevo más años de los que me gustaría admitir persiguiendo discos, conciertos e historias que contar. Rock, metal, blues, punk, doom, hardcore o post-rock: las etiquetas cambian, pero la búsqueda sigue siendo la misma. Me interesan tanto los clásicos que marcaron generaciones como las bandas que todavía ensayan en un local soñando con grabar su primer álbum. Entre entrevistas, reseñas y kilómetros de carretera, sigo convencido de que la música siempre tiene algo nuevo que decir.