
The Skies Turn Black (2026), el décimo trabajo de Vreid, se sitúa en ese punto intermedio donde una banda veterana ya no tiene que demostrar nada, pero sigue buscando nuevas formas de decir lo mismo. O, al menos, de decirlo distinto.
Hablar de Vreid es, inevitablemente, hablar de una herencia. La sombra de Windir no desaparece nunca del todo, no como peso, sino como eco. Como una memoria que atraviesa su música incluso cuando el sonido se aleja de aquellas raíces más puramente black metal. Aquí, esa conexión sigue presente, pero filtrada a través de una paleta mucho más amplia, más abierta, menos rígida.
Desde el inicio con “From These Woods”, el disco deja clara una cosa: no hay intención de volver atrás. Hay melodía, sí, pero también una voluntad de expandir el lenguaje. Las guitarras combinan ese pulso reconocible del black metal noruego con una sensibilidad más progresiva, incluso narrativa. No se trata solo de riffear, sino de construir atmósferas que respiren.
El giro llega pronto con “The Skies Turn Black”, un tema que rompe expectativas y se acerca más a territorios que coquetean con el heavy clásico. Hay algo en su estructura, en su forma de avanzar, que remite a otra tradición, casi como un homenaje velado a una manera distinta de entender el metal. Esa mezcla, lejos de resultar forzada, refuerza la idea central del disco: no hay fronteras claras.
Uno de los momentos más ambiciosos llega con “Loving the Dead”. Sus más de ocho minutos funcionan como una especie de núcleo emocional del álbum. La colaboración con Agnete Kjølsrud introduce una dimensión distinta, más melódica, incluso más frágil en apariencia, que contrasta con el resto del material. Es una canción que no busca impactar de inmediato, sino desarrollarse lentamente, ganando peso con cada capa que se añade.
A partir de ahí, The Skies Turn Black se abre en múltiples direcciones. “Chaos” apuesta por una construcción más épica, más expansiva, mientras que “Flammen” recupera cierto aire más tradicional, casi folk en su esencia. “Smile of Hate” introduce elementos más cercanos al thrash, con una energía más directa, mientras que “Echoes of Life” sorprende con un enfoque más cálido, incluso nostálgico, alejándose del tono más sombrío que cabría esperar.
Esa diversidad es, al mismo tiempo, la mayor virtud y el principal problema del disco. Por un lado, demuestra una versatilidad poco habitual en bandas con una trayectoria tan definida. Por otro, genera una sensación de fragmentación que impide que el álbum funcione siempre como un todo cohesivo. Más que un recorrido lineal, lo que encontramos es una sucesión de ideas que, aunque interesantes por separado, no siempre terminan de encajar entre sí.
Hay también una cuestión de equilibrio. La producción, más limpia y orientada hacia lo melódico, refuerza esa apertura estilística, pero al mismo tiempo diluye parte de la oscuridad que definía el sonido más primario de la banda. No es necesariamente una pérdida, pero sí un cambio que puede resultar desconcertante para quienes busquen esa crudeza original.
Lo que queda, al final, es la sensación de estar ante un disco que no pretende cerrar nada, sino abrir. Un trabajo que recoge elementos de toda la trayectoria de Vreid y los reorganiza sin miedo a romper ciertas expectativas. No todo funciona con la misma intensidad, y hay momentos en los que se echa de menos una dirección más clara. Pero incluso en esa dispersión hay algo honesto.
The Skies Turn Black no es un punto culminante, pero tampoco un simple ejercicio de continuidad. Es un disco de transición en el mejor sentido posible: uno que asume su pasado, pero que no deja de moverse. Y en una escena donde tantas bandas optan por repetir fórmulas, eso, por sí solo, ya tiene valor.


Llevo más años de los que me gustaría admitir persiguiendo discos, conciertos e historias que contar. Rock, metal, blues, punk, doom, hardcore o post-rock: las etiquetas cambian, pero la búsqueda sigue siendo la misma. Me interesan tanto los clásicos que marcaron generaciones como las bandas que todavía ensayan en un local soñando con grabar su primer álbum. Entre entrevistas, reseñas y kilómetros de carretera, sigo convencido de que la música siempre tiene algo nuevo que decir.