The Cure – Bloodflowers: 20 años de las flores sangrientas

Ficha técnica

Publicado el 14 de febrero de 2000
Discográfica: Fiction Records / Elektra
 
Componentes:
Robert Smith - Guitarra, voz, teclados
Simon Gallup - Bajo
Perry Bamonte - Guitarra, Bajo
Jason Cooper - Batería, percusión
Roger O'Donnell - Teclados

Temas

1. Out of This World (6:43)
2. Watching Me Fall (11:13)
3. Where the Birds Always Sing (5:44)
4. Maybe Someday (5:04)
5. Coming Up (6:26)
6. The Last Day of Summer (5:36)
7. There Is No If… (3:43)
8. The Loudest Sound (5:09)
9. 39 (7:19)
10. Bloodflowers (7:31)

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A lo largo de mi vida siempre ha habido discos que han tenido un poco más de peso en mi cabeza que otros. Algunos para los buenos momentos y otros, como es el caso de Bloodflowers (2000) de The Cure, para los malos. Son discos que pones para los momentos que necesitas volver a un punto de partida, de reposo, como había hecho con Book of Shadows (1996) de Zakk Wylde o The Fragile (1999) de Nine Inch Nails. Hay otros discos en mi lista para esos momentos, pero estos tres los vi salir en su momento y eso ayuda a cogerles más cariño. Un disco como el Unknown Pleasures (1979) descubierto años más tarde de su lanzamiento también tienen esa magia.

Por su parte, este disco rehuye de los singles clásicos de corta duración y de aire festivo como “Just Like Heaven”, “Boys Don’t Cry”, “In Between Days” o “Why Can’t I Be You?” para recuperar mas atmósferas de “Lullaby” o una de mis canciones preferidas de la banda incluida en la banda sonora de The Crow (1994), la grandísima “Burn”, o incluso tiene el sonido que dieron al “Purple Haze” de Hendrix en el álbum tributo Stone Free (A Tribute To Jimi Hendrix) (1993).

El disco arranca con “Out of This World”, una canción de casi siete minutos que empieza a mostrar lo que encontraremos en el resto del álbum. La voz tranquila de Smith camina encima de las olas que van dejando su guitarra y la de Perry Bamonte, con las teclas del piano de Roger O’Donnell cogiendo protagonismo dando altura y descenso a las melodías. Casi fue el último de la banda pero la respuesta por parte del público mostró a Smith que seguíamos queriendo más de ellos. El sonido Hendrix que antes apuntaba, se encuentra muy cerca del de “Watching Me Fall”, donde los ambientes que crean están llenos de oscuridad y dolor, con una voz más contundente, dejando que los más de 11 minutos de duración nos sirvan para disfrutar de ellos lejos de los himnos pop volviendo a sus inicios más densos. En “Where the Birds Always Sing” no aceleran el ritmo con unas percusiones tribales dan paso a la canción, que al momento se reencuentra con las guitarras marca de la casa. Como en la inicial, su sonoridad es parecida siendo las guitarras protagonistas y marcando el camino, con las acústicas sirviendo de lienzo para que se dibujen paisajes sonoros a base de punteos suaves. Es curioso que escuchando “Maybe Someday” siempre me viene a la cabeza “Zombie” de The Cranberries por su composición sonora, naturalmente no por la voz de Smith. Es quizás la canción más “amable” del disco, la que deambula por los sonidos y estructuras para todos los públicos pero sin desencajar en la sonoridad completa del disco.

Una de las rarezas del disco, fue la no inclusión de “Coming Up” en todas la versiones. En algunas solo había nueve canciones, como era el caso de mi cd. La canción tiene ese sonido industrial que ya habían utilizado antes y que tan bien saben ejecutar. Si la hubiesen incluido habría sido, más si cabe, uno de mis discos preferidos de la banda en ese momento.

Vuelve la calma en “The Last Day of Summer”, con esos fraseos de guitarra que dan vida a sus canciones añadiendo esos pianos llenos de ternura, que nos hacen perder en un jardín lleno de Asclepias Curassavica, las flores inspiraron el nombre del álbum. Con “There Is No If…” es Robert Smith quien coge el protagonismo, dando el tono justo de positivismo a la canción, cantando casi feliz, dando unos segundos antes de que todo se vuelva triste y melancólico, mostrando las dos facetas en la canción más corta del disco.

La introducción con un sonido sintetizado de la batería en “The Loudest Sound” nos trae de nuevo el espíritu del disco, para seguir en la línea de las primeras canciones con las atmósferas llenas de reposo y con Robert Smith cantando casi susurrándonos dejando que sean las melodías las que nos atrapen en esta canción. La versión más torturada de The Cure parece de nuevo en “39”, una de la joyas de este disco. Ese sonido que crece a cada momento, con la voz de enérgica y potente marcándose las guitarras uno de sus mejores solos consiguiendo que todo camine por la parte mas frágil de una cornisa, pero sabiendo que puedes hacer lo que quieras ya que has conseguido encontrar la fuerza para hacerlo. Más de siete minutos de energía en su universo que cuesta de creer que quizás en ese momento Smith iba a separar la banda al sacar canciones como esta. Y eso en parte es gracias a que Simon Gallup y Jason Cooper conseguían que la base rítmica de The Cure fuera especial a cada canción. La magia termina con los últimos acordes del corte que da nombre al disco, pero todavía quedan siete minutos fantásticos, como si poco a poco a lo largo del álbum se hubieran ido creciendo hasta el éxtasis final. Cada vez que Smith canta “Bloodflowers” puedes apreciar que estaba en un gran momento, y que quizás le faltaba un disco así en su carrera, para cerrar y abrir etapas.

Para mí fue un disco especial desde su salida, no por la fecha, ya que muy romántico de lo que venden por San Valentin no es. Fue la primera vez que los vi en directo al poco del lanzamiento en el The Dream Tour en un concierto centrado en este álbum, precioso y mágico, de aquellos conciertos que quedan en la retina pero no era difícil presentando Bloodflowers.

Ray Molinari
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Adicto a los vinilos y a los directos. Fotografo allì donde no haya sol y suene buena musica, con ya mas de 25 años pisando salas de concierto, ha visto de todo en todas las salas. Coleccionista de lp's y 7" que acaban sonando en sus sesiones como dj