Sinira – The Everlorn

Nuestra Nota


10 / 10

Ficha técnica

Publicado el 26 de junio de 2020
Discográfica: Autoeditado
 
Componentes:
Knell - Multiinstrumentista

Temas

1. Where Starlight Does Not Shine (7:47)
2. Gardens of Pestilence (8:21)
3. The Everlorn (9:26)
4. Souls of the Flame (1:48)
5. Tear Ladened Skies (6:48)
6. Our Final Nightfall (7:45)
7. Dawnless Twilight (11:27)
8. Omega XI (2:44)

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Los 90 fueron unos años muy intensos y muy importantes para el desarrollo del black metal y todo lo que esto envuelve. Salieron a la luz álbumes colosales tales como el Fallen Angel of Doom (1990) de Blasphemy, el espeluznante A Blaze in the Northern Sky (1992) de Darkthrone, Drawing Down the Moon (1993) de Beherit y el mitiquísimo De Mysteriis Dom Sathanas (1994) de Mayhem.

Entre todas estas bandas, había una que destacaba (con creces) por encima de las demás, y creo que concordaré con muchos cuando afirmo que Dissection fue la mejor banda que pudo engendrar la década de los 90. Su producción estaba muy por encima de las demás, a nivel de sonido (aun sin dejar de ser una producción agresiva y raspante), a nivel lírico y a nivel musical.

Esta gente sabía lo que se hacía, sabían que la música era una herramienta, y ellos la usaban para esparcir la oscuridad y el caos, y eso es algo que se puede ver a lo largo de toda su trayectoria, empezando con el The Somberlain (1993), que redefinió el sonido del black metal y el melodeath, siguiendo con un colosal Storm of the Light’s Bane (1995) y terminando con Reinkaos (2006), donde a pesar de su brusco cambio de sonido, la banda apostó por usar su música como vehículo propagandístico del satanismo anti-cósmico, el Temple of the Black Light (orden que rinde culto al caos cosmogónico o la nada primigenia como la verdad máxima, teniendo una cantidad infinita de tiempo y espacios dimensionales, pero que a su vez carece de cualquier medida, siendo acausal, libre de cualquier restricción. Una realidad activa y dinámica que hubo antes del universo, y que debe volver) y en general, la corriente 218, manteniendo firmes las creencias de sus integrantes.

Tanto fue así que la banda terminó definiendo el nuevo concepto de Anti Cosmic Metal of Death y, una vez puestos en contexto sobre más o menos, qué es el Satanismo Anti Cósmico, el Temple of the Black Light y la Corriente 218, podemos dar paso al gran protagonista de esta reseña.

Sinira es una entidad de black metal melódico inspirada por actos tales como Dissection, Vinterland y Sacramentum, que lejos de ser un simple clon (como muchos lo tacharon al principio), o un homenaje llano sin trasfondo, Knell, el alma mater y único integrante del proyecto, ha sabido reavivar la ascua de estos titanes de eras pasadas y crear una monstruosidad sónica de 55 minutos de pura devoción Anti Cósmica con sonido y esencia propios, basando sus letras en las enseñanzas de la Corriente 218/182.

«I hope you enjoy what you hear and may it tap into your darkest emotions.» (Knell)

Llevo esperando con ansias la salida de The Everlorn desde que salió a la luz, en diciembre de 2019, el primer single de lo que iba a ser esta bestialidad de disco. Y sí, supe, desde el primer momento en que escuché esta banda, que iba a ser uno de los mejores proyectos de black metal que el 2019 y 2020 tenían por ofrecer (sí, tiene un EP lanzado en 2018, pero eso ya es cosa del 2018, y yo estoy hablando de lo que descubrí que se nos venía encima el 25 de Diciembre de 2019), y no me equivocaba para nada. Tanto fue así, que lo primero que hice al empezar a escribir en Science of Noise, fue contactarle para que nos pasara la promo para poder escribirle esta reseña.

Es más, cuando “Where Starlight Does Not Shine” salió, yo creía firmemente que Knell lo había apostado todo a una carta, y que había lanzado el bombazo como single, y que el resto del futuro álbum iba a estar opacado por ese tremendo temazo. En las siguientes semanas, el colega, se presentaba en su Instagram súper feliz por la respuesta de la audiencia ante el single, y decía que no se lo esperaba, ya que el consideraba que no era de lo mejor que había en el álbum. No me lo creí, pero ahora, puedo decir que me he tenido que comer mis dudas con patatas.

No me malinterpretéis, no digo que sea un tema flojo, porque para nada, pero es que al escuchar el resto de The Everlorn, te das cuenta de que simplemente pasa a ser parte del todo, y una parte más de un conjunto de canciones que trabajan en perfecta armonía.

En fin, basta ya de cháchara, vamos al lío. The Everlorn arranca con todo y sin ningún tipo de piedad con “Where Starlight Does Not Shine”, con unos trémolos que ponen los pelos de punta. En breves se les añade la batería, y podemos comprobar que suenan a cielo cayéndose, y el bajo, muy al fondo, profundo y contundente. Knell ataca con un grito de guerra y unas melodías jodidamente heladas, y, entonces, aúlla sin vacilar lo más mínimo:

“In the cold, dark, bewitching night will you hear my calls?
I offer living blood so I may behold Thine undying might
In the frigid gales of Nocturnal’s pale moon sky
I give my soul to Thee to return home to starless eternal night.”

Las letras son simplemente excepcionales, aunque un poco complejas de entender si no se investiga un poco sobre el método de trabajo y de las entidades con las que se trabajan en las organizaciones antes mencionadas. Aún así, están escritas de una forma muy poética, evocando mucho sentimiento al leerlas y escucharlas.

El estribillo tiene una de las melodías más memorables del álbum y casa genial con lo escrito para él:

“Dark ageless one of frozen sorrows come and take my life
You can see it from the pain in my eyes
Eagerly I long for my home beyond the walls of time
To the void where starlight does not shine.”

Allá por el minuto 3:40 la canción tiene un pasaje acústico que culmina en unas baterías de medio tiempo contundentes y machaconas como ellas solas, hasta que “Where Starlight Does Not Shine” se despide de forma muy similar a como empezó, hasta desvanecerse en el silencio y dar paso al segundo tema del LP, “Gardens of Pestilence”, que empieza con una tormenta de blast beats y una melodía que destila ira y podredumbre a cada nota disparada por Knell.

El ritmo es muy potente y el tema suena jodidamente crudo, veloz, y sin ningún tipo de piedad.

Algo que me encanta de este disco es que todas y cada una de sus canciones tienen un aura distinta, cada una evoca una sensación distinta, y es un arsenal melódico sin fin.

Los blast beats y las melodías incesables e incansables avanzan hasta más o menos el minuto 4:50 donde la canción llega a su éxtasis en una especie de solo, tranquilo y calmado, al que se le une la voz, presagiando lo que está por llegar:

“Beneath the facade of the stars
Lies a truth in brewing wait
A legion as one arising from dormancy
The serpents coil from the depths
Intertwining the trident’s heads… by
Qemetiel! Athiel! and Belial!
We’ve pierced the heart of the light

Constricted by the serpent’s vice my soul is Yours to take
To partake in venomous enlightenment
The path is clear for the shadows are of clarity
I behold this transfiguration
For victory is ours…”

Esto debería ser suficiente para ver que el nivel de devoción y de creencia en lo que se canta, se dice y se hace es jodidamente alto y real, y que The Everlorn no se anda para nada con chiquitas. El caos se acerca y las llamas devorarán todo lo que una vez fue para devolverlo de nuevo a la oscuridad y el vacío al que pertenece.

Ahora sí que llega el bombazo, el tercer tema de este grandioso disco, y el que sin duda es mi favorito, el tema homónimo del plástico.

“The Everlorn” empieza con unas guitarras introductorias con un tono hímnico, a las que en pocos segundos se les une la batería, que aún me pone los pelos de punta cada vez que la escucho. La melodía es de las mejores del disco sin duda, y algo que me parece genial es que se incorporan hasta dos líneas de guitarra que parecen dialogar entre sí, y trabajan en una perfecta sinergia. Piel erizada durante los nueve minutazos que dura el tema.

Las voces evocan una pasión como pocas canciones, como pocos discos y como pocas bandas hacen, los riffs de la guitarra son jodidamente machacones, jodidamente poderosos, y el solo es pura euforia desenfrenada. Simplemente es una canción que desearía que no acabase jamás. Knell ha sacado a relucir todo su jodido potencial, y es palpable la pasión que hay puesta, en general en todo el disco, pero me parece que esta canción es realmente especial, y, sin duda, jodidamente épica, que culmina en un éxtasis de melodías, dobles bombos y un bajo que te perforará la cabeza. A mi parecer un tema perfecto, al que no le sobra ni un segundo.

Después de la tremenda sentada de culo que supuso el anterior tema que nos dejará flotando en la oscuridad, tendremos un par de minutos para recomponernos con “Souls of the flame”, un interludio acústico que marca la mitad del álbum, jodidamente hermoso, referenciando la melodía final del anterior tema, y que contrasta muy bien con el inicio del siguiente track, “Tear Ladened Skies”, que empieza a tope y sin ningún tipo de piedad, dándote apenas unos segundos para que puedas ponerte en situación.

Este tema, para mi es la maldita furia desenfrenada, los blast beats no cesan jamás, y las melodías son jodidamente frenéticas, en conjunto todo suena jodidamente atronador, y creo que Knell ha dado con la producción perfecta para transmitir esa brutalidad helada que tan pocos consiguen plasmar a estos niveles. Un tema raudo, directo y atroz que termina como un puñetazo en toda la boca, dejando paso a la sexta pista del disco.

“Our Final Nightfall” Es uno de los temas más épicos del disco, sobre todo en cuanto a lírica se refiere. El tema empieza con unos power chords a los que se les añade una melodía que queda un tanto enterrada, dándole el protagonismo justo y necesario. La batería hace un papel jodidamente sublime, y tiene unos galopes que ponen los pelos de punta.

“For many yesterdays thy light has guided me
Enthralled by the whispers of gnostic serenades
My spirit longs for our somber unity
From behind the window of eyes my soul is longing for rest.”

Allá por el minuto 5:40 la canción para en seco, y Knell aúlla con todo su poder, helando la sangre todo aquél que lo escuche, para arrollarte de nuevo con sus épicas guitarras y sus implacables baterías, hasta llevar al tema a su último anochecer, cediendo el paso al séptimo tema del plástico.

Ahora sí que sí, empieza “Dawnless Twilight”, con un fade in que no dice otra cosa que “aquí estoy yo”, con una intro como una puta casa, que da paso a una jodida tormenta de melodías y blast beats y recitaciones profanas que van a durar 11 minutazos, nada más y nada menos.

“My departure is marked with the lighting of the candles
I call to thee for eagerly I grow
I feel thy presence like serpents around my body
Come forth with black fog, I’ll walk the path that few have gone
I seek thy flames
Initiate the fires of darkest purity
The Nightside’s calling. My Master, open thy gates!”

Los pasajes de doble bombo y power chords le dan a este tema una presencia increíble, y hacen de él un final de álbum tremendamente épico. A una velocidad vertiginosa, “Dawnless Twilight” nos lleva hasta el éxtasis que supone la melodía que empieza a sonar de forma tranquila y pausada a partir del minuto 8:40, la cual se va desvaneciendo poco a poco entre el sonido del lúgubre viento y las olas que sirven de inicio a la última canción de The Everlorn.

“Omega XI” es un tema de outro en que el piano de Margot, la artista invitada del LP, referencia la melodía de “Where Starlight Does Not Shine”, dando así punto y final, a, sin duda, uno de los mejores (si no el mejor) álbumes que verán la luz este 2020, de la misma forma épica en la que empezó.

Una jodida obra maestra de furia melódica helada y desenfrenada, pura devoción al Caos que sin ningún tipo de duda conquistará las oscuras almas de todos aquellos nostálgicos del melodeath de antaño y que por supuesto reclutará nuevos miembros para las hordas de Sitra Achra.

¡Y que arda la llama negra!