Robert Johnson

empieza el matrimonio entre la música y el diablo

Robert Leroy (Lee) Johnson (1911-1938) es mundialmente conocido como Robert Johnson, el Rey del Blues del Delta. Fue uno de los guitarristas de blues más espectaculares y creativos de la historia del estilo. Sólo escribiría 29 canciones para la posteridad, pero su influencia posterior sería incuestionable. Keith Richards o Eric Clapton admiten el poder y la fascinación que en su día les ejerció Johnson.

VIDA FANTASMAL

Los datos sobre su vida son tan escasos y desconocidos, tanto, que su muerte a los 27 años dejó como legado un sinfín de leyendas. Una de ellas es la maldición de que los grandes músicos revolucionarios mueren a los 27 años. Él murió con 27 años, igual que Janis Joplin, Jim Morrison, Brian Jones, Kurt Cobain, Jimi Hendrix o Amy Winehouse. Pero tengamos claro que toda esta leyenda empieza con la muerte de Robert Johnson el 16 de agosto de 1938. Sólo una generación después que en el Misisipi se erradicase la esclavitud.

Cuando Johnson nació (1911), el Misisipi era un infierno para todo aquél que su piel no era blanca. El Sur seguía siendo conservador y el Ku Ku Klan campaba a su anchas. Morir linchado con cualquier pretexto era una posibilidad más que real. Johnson era un niño de 10 años y tenía claro que su futuro pasaba por trabajar en los campos de algodón. Algo por lo que no quiso pasar. Él prefería librarse de aquel castigo físico, y la única opción para ello era aprender a tocar la guitarra. Los negros que eran músicos podían malvivir lejos del campo y llegar a tocar en tugurios en los que el alcohol y el juego eran amenizados por música blues. Pero Johnson fue un guitarrista mediocre y no pasó de tocar en las esquinas de las calles. Cuando probaba de tocar en los bares la gente lo hacía callar. Ni técnica, ni gusto. Su vida nómada hizo que su corta existencia deambulara por poblaciones del Sur buscando unas pocas monedas para pasar la noche con un buen trago.

WHISKY, BLUES Y MUJERES

La música que predominaba en esos bares era el blues y el blues emana tristeza, son cantos de lamento y desesperación que nacieron en el campo, concretamente cantados por los esclavos que recogían el algodón. Esos mismos esclavos liberados que convivían en el Misisipi eran en su mayoría devotos de cristo y la asistencia a la iglesia era algo muy habitual… pero sólo en el caso de las mujeres. Los hombres disfrutaban de la merecida libertad, pero gastaban sus salarios en el juego y las juergas alcohólicas, siempre amenizadas por el blues. ¿Cómo se convirtió el blues en la música del diablo? Pues, bien sencillo, todo párroco que viera que su rebaño estaba en el bar y no en la iglesia se afanó a culpar a la diabólica música del hechizo. Era el blues el causante que los hombres se dieran al juego y el alcohol. Y, por cierto, si algo amaba nuestro héroe eran dos cosas: el whisky y las mujeres. Ambas debilidades fueron lo que terminaron con su vida.

Robert Johnson era un guitarrista mediocre que desapareció durante un largo año para regresar. Fue en un bar donde dos de sus mentores de blues lo recibieron entre risas y le dejaron tocar después de tanto tiempo. Su guitarra tenía una cuerda más, y el chaval, que apenas duraba unos minutos hasta que la gente lo echaba del recinto, deslumbró a propios y extraños. Su digitación era sorprendente y su guitarra sonaba como si fueran dos o tres. Su capacidad de tocar cuerdas de arriba y de abajo a la vez era algo nunca visto, y sus vigorosos y largos dedos parecían la clave. Pura velocidad. Pero había algo más… Cuando quiso mejorar su técnica buscó a otro mentor, un músico consolidado del sur al que le gustaba improvisar con Johnson en el mejor sitio posible: el cementerio. “Nadie se va a quejar de ti si lo haces mal Robert…”. Y cuando Robert Lee Johnson demostró sus nuevas aptitudes, su mentor quedó boquiabierto. Se suele decir que el músico fue siempre muy reacio a mostrar su técnica, y que cuando se fijaban mucho en su estilo, o se giraba o paraba de tocar.

PACTO CON EL DIABLO

La más célebre de todas las leyendas que explicaría por qué Robert Johnson pasó de mediocre a ser el mejor guitarrista del momento es debido a que vendió su alma al diablo, para poder ser el mejor bluesman de toda la historia. Incluso, se dice que el pacto entre él y el diablo tuvo lugar en el cruce entre las autopistas 61 y 49 en Clarksdale, Misisipi. “Te cojo la guitarra, pero cuando me la devuelvas tu alma me va a pertenecer”. Y el diablo se cobró un alto precio. Sólo se conservan dos instantáneas del músico de color y las leyendas de quienes le llegaron a conocer coinciden en que su sentido del oído era absolutamente desarrollado o de que había algo de sobrenatural en él. Testigos afirman que podían mantener una conversación con él, con la radio sonando de fondo, y que a la mañana siguiente Johnson era capaz de tocar todos y cada uno de los temas que sonaron la noche anterior por el aparato de onda corta.

GRABACIONES

A su memoria prodigiosa hay que sumarle una técnica de guitarra depurada e innovadora, y una voz algo fantasmal, posiblemente atribuible a las grabaciones precarias de la época. Las letras tienen bastante carga biográfica y muchas de ellas siguen sonando en la actualidad, especialmente “Sweet Home Chicago”, “Crossroad” o “Come On in My Kitchen”. Letras y títulos como “Me and the Devil Blues” o “Hellhound on My Trail” alimentaron la leyenda diabólica por sus evidentes referencias a lo satánico. A ello hay que sumarle la influencia del Hoodoo (o voodoo de Nueva Orleans). La magia ancestral africana presente en los estados sureños norteamericanos está en muchos de sus textos, como el desamor y el infortunio que lo persiguió siempre. 29 temas fueron grabados entre finales de 1937 y principios de 1938.

LA MUERTE LE ENCUENTRA

La vida de Robert Johnson terminó a la edad de 27 años y fue arrebatada por envenenamiento. El mujeriego guitarrista intimó con una de las mujeres de uno de los propietarios del bar en el que estaba tocando, y este, se vengó vertiendo veneno en el whisky. Fue advertido por un compañero suyo de que el sello de la botella estaba roto y que no debería beber de allí. Johnson respondió que “nadie le arrebataba a él una botella”. Y aquí terminó su vida terrenal. Podemos suponer que el diablo se quedó el alma del bluesman, y la leyenda sigue hasta nuestros días.

Existe a día de hoy un documental bastante completo de apenas una hora de duración y siempre es un placer ver la película “Crossroads”. Con música de Ry Cooder, y un Ralph Macchio (Dani San en Kárate Kid) que se enfrenta con el diablo… representado por Steve Vai.

Jordi Tàrrega
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Coleccionista de discos, películas y libros. Abierto de mente hacia la música y todas sus formas, pero con especial predilección por todas las ramas del rock. Disfruto también con el mero hecho de escribir.