VV.AA. – Nativity in Black: 25 años del mejor homenaje a Black Sabbath

Ficha técnica

Publicado el 4 de octubre de 1994
Discográfica: Sony Music
 
Componentes:
Varios artistas

Temas

1. After Forever (Biohazard) (5:46)
2. Children of the Grave (White Zombie) (5:50)
3. Paranoid (Megadeth) (2:32)
4. Supernaut (1000 Homo DJs) (6:39)
5. Iron Man (Ozzy Osbourne, Therapy?) (5:26)
6. Lord of This World (Corrosion of Conformity) (6:25)
7. Symptom of the Universe (Sepultura) (4:15)
8. The Wizard (Bullring Brummies) (5:01)
9. Sabbath Bloody Sabbath (Bruce Dickinson, Godspeed) (5:36)
10. N.I.B. (Ugly Kid Joe) (5:28)
11. War Pigs (Live) (Faith No More) (7:02)
12. Black Sabbath (Type O Negative) (7:45)
13. Solitude (Cathedral) (4:52)

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Cuando salió Nativity in Black allá por 1994 yo no tenía casi ni idea de quién eran Black Sabbath. Bien, eso no es del todo cierto: claro que había oído sobradamente su nombre y también sabía que eran uno de los pilares fundacionales del metal, pero había catado bien poco de ellos. En realidad, me atrevería a decir que por esos entonces, a mis quince años recién cumplidos, no había escuchado más que el disco que habían sacado ese mismo 1994, un definitivamente poco representativo Cross Purposes que tenía sus cositas pero que nunca pasó a la historia y que difícilmente me podía dar alguna pista de la influencia masiva de los británicos en el devenir de esa música pesada que estaba empezando a amar.

Entonces oí (o leí en alguna Heavy Rock, quizás) que en motivo del 25º aniversario de su nacimiento (fíjate tú como pasa el tiempo), algunas de mis bandas favoritas del momento como eran Sepultura, Megadeth, Biohazard o Therapy? se habían juntado para publicar un disco de versiones de Black Sabbath (de hecho, creo que ahí fue la primera vez que oí la palabra «tributo», tan manida hoy en día). Eso sonaba la mar de bien, claro, así que no me lo pensé dos veces a dirigirme a alguna de las tiendas de discos que por entonces abundaban en mi pequeña ciudad y, usando buena parte de mi presupuesto mensual, adquirí este CD para, por fin, apreciar con mis propias orejas la música de ese nombre casi mítico, aunque fuera a través del tamiz que le aplicaron algunas de las bandas de moda en el mundiallo metálico.

Y lo cierto es que el disco no me decepcionó en absoluto, al contrario: rápidamente se convirtió en uno de mis álbumes de cabecera, con algunos temas verdaderamente brutales y más de una anécdota personal (a la que ya llegaremos) que me acompaña aún hasta hoy. Me gustaría poder hablar de los entresijos que precedieron a la creación del disco, que seguro que debieron ser muy interesantes, pero lo cierto es que más allá de historias relacionadas con alguna canción en concreto (a la que, también, ya llegaremos), no tengo ni la más remota idea de cómo fue la cosa. Lo que sí que me parece curioso es que las trece canciones incluidas aquí pertenecen todas a la época Ozzy, sin ni tan siquiera una mención a los años que Dio estuvo al frente de la banda. Entiendo que ese sonido setentero con el señor Osbourne fue el que verdaderamente sentó las bases de la banda y de buena parte del metal, pero esos dos discos con Ronnie James también contienen una cantidad de temazos bastante obscena.

Por cierto, «Nativity in Black» es lo que muchos han asumido que significan las siglas «N.I.B.», título de una de las canciones más míticas de los ingleses y de cuya versión aquí se encarga Ugly Kid Joe. Pero el significado real de ese nombre es mucho menos oscuro que lo que pretendieron hacernos creer los medios y los fans de la época. El bajista Geezer Butler explicaba que en su momento no se les ocurrió ningún título convincente para la canción, y como durante esa época Bill Ward llevaba una perilla muy prominente y puntiaguda (lo que en inglés llamaríamos un «nibby»), usaron ese nombre como working title con la intención de que fuera algo provisional. Pero finalmente la cosa acabó quedándose así, añadiéndole solamente los puntos para que la gente se hiciera ollas con explicaciones como «Named in Blood» o el propio «Nativity in Black», que entiendo que fue el título escogido para este recopilatorio como una especie de broma interna (y externa).

Para dar aún más lustre al disco, los propios miembros originales de Black Sabbath son curiosamente partícipes en un par de canciones. Ozzy Osbourne canta «Iron Man» junto a Therapy?, mientras que Geezer Butler y Bill Ward forman los efímeros Bullring Brummies junto a un Rob Halford que acababa de abandonar Judas Priest para ofrecernos una interesante rendición de «The Wizard». La idea en este último caso era que el propio Tony Iommi se encargara de las guitarras, pero obligaciones contractuales lo hicieron imposible, asumiendo así el bueno de Tony que el proyecto no se iba a llevar a cabo. Pero la mujer de Geezar, Gloria Butler, que actuaba de manager de Sabbath en ese momento, intercedió para que un alumno aventajado de Tony como es el guitarrista de Obsessed Wino Weinrich ocupara su lugar, algo que al líder de la banda no le hizo ni puñetera gracia y que acabó con tanto Gloria como Geezer de patitas a la calle. Menudo uno el señor Iommi cuando se enfada.

En una situación parecida a la de Rob Halford se encontraba Bruce Dickinson, recientemente liberado de todas sus obligaciones con Iron Maiden. Él también se apunta a la fiesta con una versión de «Sabbath Bloody Sabbath» junto a los jovencísimos Godspeed (que no tienen nada que ver con Godspeed You! Black Emperor, ojo – ¡ahí sí que habría salido una versión curiosa!), una banda con solo dos años de vida que iba a separarse justamente dos años más tarde. Así como las versiones en las que contribuyen Ozzy o los Bullring Brummies no son de las más destacadas del disco (aunque esta segunda, ciertamente, está bastante bien), tampoco la de Godpseed es especialmente memorable más allá de comprobar una vez más que Bruce es un cantante espectacular a pesar de encontrarse en uno de los momentos vocales más sufridos de su carrera.

El disco lo abre la espectacular versión que los neoyorkinos Biohazard hacen de «After Forever». Los cortes que más disfruto son aquellos que las bandas han sabido llevar a su propio terreno, escapando un poco del tono original imprimido por Sabbath. Y la banda de Evan Seinfield y Billy Graziadei, en su mejor momento después de haberlo petado con el genial State of the World Address, consigue que la canción suene exactamente a Biohazard sin que por ello deje de ser perfectamente identificable como el gran clásico que es. Además, ese malote «This is Biohazard from Brooklyn, New York dropping some respect for the almighty Black Sabbath in 94, motherfucker!» es, sencillamente, la mejor manera posible que se me ocurre para empezar este disco (o casi, cualquier disco).

También White Zombie o los 1000 Homo DJ de Al Jourgensen (el de Ministry) se marcan dos versiones impecables de «Children of the Grave» y «Supernaut». Los primeros imprimendo el aire triposo, opresivo, machacón y algo histérico que les caracteriza al que es quizás el primer tema de heavy metal de verdad de la historia, mientras que los segundos escogen muy acertadamente una saltarina «Supernaut» para convertirla en un festival industrial y bailongo deliciosamente exagerado que se convierte fácilmente en una de las versiones más personales de todo el disco y, si te va un poco el rollo, también en uno de los momentos álgidos de Nativity in Black.

Megadeth, metidos de lleno como estaban con su decidido ataque al mainstream, escogieron la canción más felipe que podían escoger. Su rendición de la archiconocida «Paranoid» es más que correcta, aunque es posible que lo que más se acabe recordando de ella sea la cagada final del añorado Nick Menza, que continúa a lo suyo cuando los demás ya han acabado, ganándose la bronca de Dave Mustaine en forma de «Nick! Niick! Niiiick!«. Dice la leyenda que cuando fueron al estudio a grabar Paranoid, a Black Sabbath les faltaban como tres o cuatro minutos para completar el disco, así que en una tarde compusieron el que, al cabo del tiempo, ha acabado siendo su tema más conocido. Con ello podemos establecer un cierto paralelismo con los Megadeth de la época que nos ocupa, que en plena vorágine creativa entre Countdown to Extinction y Youthanasia, dicen que compusieron y grabaron la genial «Angry Again» (que acabó saliendo en la banda sonora de Last Action Hero) también en una tarde. No sé cuanto hay de cierto y cuanto de farol en ambos casos, pero en todo caso, menudo par de temazos.

También unos Sepultura en alza después del éxito del espectacular Chaos A.D., publicado el año anterior, jugaron sobre seguro con «Symptom of the Universe». El tema les queda la mar de bien, y el genial pasaje acústico final deja clarísimo (aunque dudo que nadie lo dudara a esas alturas) que son unos musicazos notables. Ugly Kid Joe eligen llevar «N.I.B.» a su terreno alegre y desenfadado, mientras que Corrosion of Conformity ensucian (lo digo como algo bueno, ojo) la evocadora y culebrera «Lord of This World» con bastante éxito. Faith No More, no sé si porque no les apetecía irse al estudio, porque querían hacer algo distinto o porque alguien les insistió en que tenían que meter algo aquí aún sin tener muchas ganas, aportan la versión de «War Pigs» que ya aparecía en su disco en directo Live in the Brixton Academy, publicado en 1991. A mí me resulta un poco raro meter un tema en directo ahí en medio, pero grititos y patonadas a parte (algo que a algunos les puede gustar mucho y a otros les hace levantar la ceja bien arriba), lo cierto que la versión está más que bien.

Pero el gran temazo de este disco, quizás, es la tétrica, oscura, cavernosa y pesadísima versión que los grandiosos Type O Negative hacen de «Black Sabbath». Los de Peter Steele vertieron toda su tristeza y su crudeza en esta versión, y multiplicaron por mucho la lentitud, la tenebrosidad y la opresión de un tema original que ya venía bastante sobrado de ello. Esta espectacular rendición, con unos órganos y unos arreglos imprescindibles (burbujas, jadeos, lloros y orquestraciones), un sonido majestuoso y una voz suspirante y gravísima que te dejan medio temblando, fue capaz en su momento de ponérmelos por corbata, y esos ritualísticos «Ave Satanás» que añaden no pueden ser más apropiados para llenar de sentido la misa negra más famosa de la historia del rock y el metal.

Con este tema tengo una buena anécdota para explicar, así que allá vamos. Cuando yo era adolescente tenía una banda con mis amigos de toda la vida (que aún lo son) llamada Mental Killing Machine (no hace falta que busquéis nada de ella porque estuvimos muy lejos de publicar nada, y estoy seguro que no hay ni una triste foto en internet). En realidad éramos bastante malos, y en Granollers, nuestra ciudad, y después de nuestro concierto más masivo ante varios centenares de personas, nos empezaron a conocer como «Los Ruidos» (con esto os lo digo todo). Bien, el hecho es que solíamos ensayar en el granero / almacén de la casa de nuestro bajista y, como buenos adolescentes dispersos e inquietos que éramos, nos entreteníamos con bastantes más cosas que construyendo riffs y líneas vocales (de ahí que nunca pasáramos de ser tan malos, supongo).

En una de esas tardes de descubrimiento decidimos ponernos a trastear con una ouija. Alguién fue a una tienda esotérica y compró una moneda especialmente diseñada para ello, mientras que allí mismo agarramos cualquier cartón y escribimos las letras, los números, los SI / NO, y toda la pesca. Nos pusimos a ello y, si no recuerdo mal y como era de esperar, no pasó nada en particular. La moneda no se movió en ningun momento y no vino ningún espíritu a poseernos ni a hablar con nosotros. Así que rápidamente perdimos la paciencia, nos aburrimos del tema y decidimos cambiar de actividad e ir a fumarnos unos petas al campo (quedaba feo fumarlos dentro del almacén / granero porque a veces los padres de mi amigo entraban a buscar cualquier cosa).

Total, que aturdidos como estábamos después de los susodichos petardos, decidimos volver al local y emprender nuestra siguiente actividad de la tarde (quizás incluso era tocar), pero tan pronto entramos por la puerta (os lo prometo), la minicadena se encendió sola y empezó a sonar a toda leche ese imponente «Ave, Ave Satanas» del «Black Sabbath» de Type O Negative. El CD estaba dentro, claro, porque lo habíamos estado escuchando antes, pero el aparato estaba parado, y os juro que empezó a sonar de golpe justo allí, en el puto «Ave, Ave Satanás«. Como os podéis imaginar, nos cagamos patabajo y salimos volando de ahí. Cuando conseguimos reunir suficiente valor, nos armamos de palas y otro instrumental del campo para volver a entrar en el obviamente poseído local, pero cuando nos acercamos a la minicadena, y antes de poder apretar ninguno de sus botones, la música se paró sola.

Después de otra carrera despavorida, esta vez tuvimos claro nuestro plan y fuimos a agarrar la puta ouija para quemarla hasta la última esquina, y paralelamente lanzar la maldita moneda tan lejos como nos fue posible (ahora mismo debe estar probablemente enterrada en un campo del valle de Valldoriolf, en Vilanova del Vallès). No sé cuánto de posesión infernal hay en esta historia y hasta que punto nuestra jovenzuela intoxicación canábica tuvo algo que ver, pero os prometo sobre lo que más quiero que eso es exactamente lo que ocurrió. Para que veais el poder que tienen Type O Negative, las ouijas y la inconsciencia adolescente.

El disco oficialmente acaba aquí, pero tanto en la versión europea como en la japonesa se incluyeron bonus tracks, protagonizados en ambos casos por los británicos Cathedral, una banda que, obviamente, estaba más que influenciada por la música de Sabbath. En Asia pudieron disfrutar de «St Vitus Dance» y «Wheels of Confusion», que a pesar de ser dos grandes temas, yo no cambio en absoluto por el «Solitude» que nos tocó aquí. La versión de esta triste balada acústica que se marcan es preciosa, serena, evocadora y deprimente (mucho mejor que la original en mi opinión), y en su momento hizo que derramara más de una lágrima mientras me retorcía emocionalmente en mis pequeños dramas adolescentes. En esa época, por cierto, Pantera había sacado su muy buena versión de «Planet Caravan», y personalmente, aunque la comparación es obviamente innecesaria, siempre me quedé con esta rendición de Lee Dorrian y los suyos, que es un temazo brutal.

Nativity in Black fue mi entrada al mundo de Black Sabbath y un disco imprescindible en mi devenir musical y personal. Animado por el hecho de que muchas de las bandas que me encantaban entonces decidieron participar de este excitante proyecto, demostrando así la influencia absolutamente masiva de los británicos en el metal que estaba por venir, me metí de lleno en esos seis primeros discos míticos de los de Tony Iommi, y lo que descubrí ahí, por supuesto, fue maravilloso. Ya sabéis lo que dicen (de hecho lo dijo Henry Rollins, un tío sabio): solo debes creer en ti mismo y en los seis primeros discos de Black Sabbath.

Cinco años más tarde, en el 2000, se publicó la segunda parte de Nativity in Black con la participación de otros gigantes del metal como Slayer, Machine Head, System of a Down, Pantera, Static-X o Soulfly, y la repetición de unos Megadeth siempre listos para meterse en cualquier fregado. Incluso en 2003 hubo hasta una tercera entrega con bandas como Anthrax, Soundgarden, Helmet, NOFX o Danzig, y con Iron Savior homenajeando por fin a Dio con la genial «Neon Knights». Pero ninguna de esas secuelas, a pesar de la calidad de los participantes y de las canciones que grabaron, logró alcanzar ni tan siquiera remotamente el aura que rodeó a este primer tributo de la portada negra.

Tanto homenaje, de todas maneras, no hace más que demostrar una cosa que, en realidad, ya sabemos y sabíamos todos: Black Sabbath es la banda más importante e influyente de la historia del metal. Eso estaba tan claro en el vigésimoquinto aniversario de la banda como ahora, momento en el que su disco de debut está a punto de cumplir cinco décadas y que sus miembros ya han superado los setenta. Muchas gracias Tony, Geezer, Bill, Ozzy y todos los que vinieron después. ¡Larga vida a Black Sabbath y larga vida al heavy metal!

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Sobre Albert Vila 723 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.