Costumbres perdidas (I): El intercambio de cintas por correo postal

No es ningún secreto que, salvo dos o tres honrosas excepciones que nos llenan de esperanza, la inmensa mayoría del staff de Science of Noise ya hemos cumplido los 40. Por ello (y porque sabemos que, tristemente, ocurre lo mismo con la media de edad de nuestros lectores), nos vemos con total legitimidad para estrenar una sección en la que hablar abierta y explícitamente de batallitas de viejunos y de lo mágico que era todo antes y lo aburrido e impersonal que es todo ahora. Una especie de «¡Con Felipe González vivíamos mejor!» en toda regla, vamos.

Es evidente que esto de que antes todo era mejor no es universalmente cierto en absoluto, y que lo que vemos como mágico tiene mucho más que ver con nuestra percepción adolescente del mundo que no con el hecho objetivo en sí, y así al igual que a mí me tocó vivir esa adolescencia en los 90, a otros les parecerá exactamente igual de mágico (supongo) lo que vivieron con quince años en los setenta, en los 80, en los dosmiles o en los dosmil dieces. Por eso, y aunque empiezo yo con esta serie (y ya tengo algún que otro artículo en mente), invito públicamente a cualquiera de mis compañeros de redacción, de la edad que sea, a que metan toda la baza que puedan y quieran aquí.

Antes de meterme en el ajo, debo dar justos créditos al mentor involuntario de esta idea. En estos extraños tiempos de confinamiento, en la revista estamos preparando una serie de artículos colaborativos para hablar de bandas, de discos, de pasiones, de salas o de lo que nos apetezca básicamente, y el otro día nuestro amigo Toni López, enciclopedia musical andante y locutor del programa de Ràdio Cornellà El Octavo Día, me envió su participación para uno de ellos. En el texto comenta cómo descubrió a Blind Guardian gracias a que le metieron una canción al final de una cinta que le envió alguien con quién intercambiaba música por carta.

Y como eso de intercambiar cintas por correo postal fue algo que yo también hice y que recuerdo disfrutar un montón, pensé que sería buena idea, sobre todo ahora que estamos huérfanos de conciertos y la diversidad de nuestros artículos es menor, escribir algo sobre el tema. Y una cosa llevó a otra… las cintas por correo, los «varios» en cassette, el comprarse un CD entre unos cuantos, el tener el dedo en el Rec listo para grabar las últimas novedades que pinchaban en La Taverna del Llop…. Mil cosas que hacíamos y que ahora, por la evolución imparable de la tecnología y el acceso a la información, ni hacemos ni jamás volveremos a hacer. Total, que de lo que iba a ser un artículo específico ha acabado saliendo una nueva sección a la que queremos llamar «Costumbres Olvidadas». No sé exactamente qué recorrido ni periodicidad tendrá, pero empieza con ilusión, ahora y aquí.

Vamos allá pues con esto de las cintas. La verdad es que no sé qué tipo de personalidad requería tener uno para animarse a algo así, ya que de mi escuálido entorno metálico real el único que lo hacía era yo. Supongo que además de que siempre me había gustado escribir, y de no tener suficiente gente con gustos suficientemente variados alrededor con la que intercambiar música en persona, ayudó el hecho de que yo siempre he sido un pelín obsesivo, completista y acumulador. Ese aspecto de mí hacía que, a nivel de discos, siempre quisiera tener más y más a pesar de que pronto llegué a ese punto en el que me grababa tantas cintas que no tenía ni tiempo ni interés en escucharlas todas.

Supongo que motivado por ese mismo objetivo, y al igual que unos años antes hice con el Gigantes del Basket y unos años después hice con El Jueves, cada mes acudía al quiosco como un reloj y me compraba la Heavy Rock, la Metal Hammer, la Kerrang! y, durante el poco tiempo que estuvo en circulación, también la maravillosa Grind Zone, revistas que devoraba con avidez en busca de bandas que aún no conocía, de maquetas a las que pudiera acceder o, básicamente, de lo que fuera que mis ansiosos ojos y oídos adolescentes fueran capaces de absorber.

Precisamente en la parte posterior del póster gigante que acompañaba cada edición de la Heavy Rock es donde, sobre el año 1994 o 1995, solía encontrar a mis potenciales correspondientes. La famosa y extensa sección de contactos (que ahora que lo pienso me imagino que más de uno debió intentar usar -incluso quizás con éxito- para ligar) estaba llena de gente de más o menos mi edad (15, 16, 17,…) con unas ganas locas de conocer a otros heavies. El perfil habitual de los ofertantes solía corresponder al de chicos (sobre todo) y chicas (alguna) a los que la flecha metálica de Cupido había tocado de muerte, pero que no tenían nadie a su alrededor con quien compartir su pasión. En su mayor parte se presentaban intentando sonar lo más chungo, auténtico y anti-pijo posible (ah, el pijo, ese gran enemigo), pero me imagino que todos ellos eran (aún) unos frikis tan pardillos como posiblemente también lo era yo mismo.

Esa animadversión hacia el pijo, por cierto, también es digna de estudio. Dentro de la comunidad metalera adolescente había una especie de convicción (probablemente impostada) de que el hecho de gustarte un cierto estilo de música te convertía en mejor persona que alguien que (pijos) se guiara por los dictados de las modas. Es evidente que en la vida de todos nosotros nos hemos encontrado un montón de «pijos» maravillosos y un montón de heavies imbéciles, pero con el tiempo entendí que la rebelión que simbolizaba el heavy metal servía para que mucha gente que no encontraba su sitio en la sociedad predominante (personificada en unos «pijos» hostiles que parecían sentirse perfectamente cómodos en ella), pudiera escapar y encontrar un lugar dónde ser él mismo sin miedo a juzgar ni a ser juzgado.

En este sentido, la existencia de una comunidad metálica con necesidades parecidas les sirvió (al igual que han servido la punk, la skinhead y muchas más) para tener ese nexo de unión con otra gente tan superficial pero a la vez tan intenso como es la música. No sabría valorarlo porque, claro, ahora mismo ya no soy adolescente (al menos en el plano físico), pero es posible que esto sea también una costumbre perdida más que la masiva globalización de las comunicaciones se ha encargado de matizar; hoy en día es tan fácil encontrar grupos de gente afín a tus gustos en un par de clicks que entiendo que esa sensación de falta de pertenencia es bastante menor de lo que era entonces. O no, no sé.

Bien, hecho el extenso (y quizás innecesario) apunte, decir que en medio de todas esas personas que copaban un papelote más grande que un DIN A3 de demandas de contacto, había también los que tenían mayormente intención de intercambiar cintas. En proporción eran bastante pocos, pero esos eran los que realmente me interesaban a mí (que no buscaba en esto realmente hacer un amigo o amiga porque en la vida real ya iba bien servido en este sentido), así que si en la lista de gustos e intereses que mencionaban salían nombres como Sepultura, Pantera, Slayer, Metallica, Maiden, Motörhead o, a ser posible, algo de death, black o thrash del menos popular, me los apuntaba para enviar mi carta introductoria con la golosa lista de discos y cintas que les podía ofrecer yo.

No recuerdo exactamente con cuántos contacté, ni a lo largo de cuanto tiempo (no creo que fueran más de 10, y solo uno de ellos era chica, de Mallorca), pero me parece que la inmensa mayoría contestaron y establecimos una bonita relación basada en el más puro interés que, en algunos casos, llegó a conversaciones personales bastante jugosas. Me encantaría conservar aún hoy esas cartas, la verdad, tanto por curiosidad periodística como por puro ejercicio de nostalgia, pero cuando me fui de casa de mis padres a vivir al extranjero (una época que coincidió precisamente con la mudanza a su residencia actual), volaron sin piedad como todo aquello que mi señora madre, siempre muy ordenada ella, consideró que era totalmente inútil guardar en un cajón criando polvo.

Las reglas habituales en estos intercambios eran que las cintas debían ser TDK o Sony de 90 (no tenían porqué ser de cromo, mucho más caras) y grabadas a velocidad normal (las mini-cadenas o cadenas con doble pletina permitían grabar a doble velocidad, pero la calidad resultante era peor). Los discos que te ofrecías a grabar también tenían que tener una calidad aceptable o te arriesgabas a que en la siguiente carta te metieran un merecido mocaco (a mí me pasó una vez). En el sobre (que no solía ser ni acolchado ni nada) solo poníamos la cinta (o cintas, que con alguno nos llegamos a intercambiar dos a la vez), sin incluir la caja (para así ocupar menos espacio) ni el cartoncito (así cada uno podíamos diseñarlo en casa a nuestro gusto y con nuestro propio estilo). En muchos casos incluso reutilizábamos los sellos porque si les pasabas una capa de pegamento de barra por encima podías limpiar el tampón de Correos y dejarlo como nuevo.

Mientras yo organizaba y ampliaba mi lista de discos disponibles en un fichero de texto guardado en mi flamante Amstrad 486 para imprimir e incluir en cada carta que mandaba, había algunos que escribían su lista a mano en todas y cada una de sus correspondencias (con el curro absurdo que eso debía suponer). En ocasiones las listas eran muy limitadas y te veías obligado a escoger casi cualquier cosa porque no te quedaba más remedio (lo que también tenía su gracia para descubrir ciertas cosas), pero en otras ocasiones las listas eran tan jugosas (la mía lo era, por ejemplo) que se te hacía realmente duro limitarte a dos o tres discos solamente. Normalmente solíamos poner cuatro o cinco opciones y la otra persona escogía las que más eficientemente encajaran en los 90 minutos disponibles. A veces, y para rellenar al máximo, incluías -y te incluían- canciones sueltas que, en algunos casos, tardé en saber incluso qué eran. El mejor ejemplo, la brutal «Serial Killer» de Macabre, un tema histérico y velocísimo que me flipaba y al que no llegué a poner nombre hasta muchos años más tarde.

Volviendo a la reflexión de Toni, que involuntariamente ha dado pie a este tochazo, él mencionaba que eso del intercambio de cintas por correo era la manera por excelencia de descubrir bandas menores. En buena parte supongo que puedo estar de acuerdo con esa afirmación, ya que la mayor parte de las bandas que iban a marcar la vida de uno ya las habíamos descubierto por otros canales más primarios. Pero debo añadir que, además, era también la manera de completar la discografía de muchas de las bandas que ya nos parecían mayores. Recuerdo que la mayoría de discos clásicos de Black Sabbath me vinieron originalmente en una carta, así como algunos trabajos de Biohazard, de Kreator, de Sodom o de unos Death que, con el tiempo, se convirtieron en una de mis bandas de cabecera. Además, recuerdo descubrir por esta vía a grupos como Cathedral, Type O Negative, Sinister, Monstrosity o incluso Marilyn Manson, ciertamente menores en mi vida musical pero que aún valoro mucho y que llegué a quemar bastante en su momento.

No recuerdo durante cuánto tiempo estuve haciendo esto (creo que tampoco mucho), pero la verdad es que llegué a tener una pequeña obsesión bastante seria con el tema. De hecho, recuerdo que en esos tiempos, a la hora del recreo solía salir con la que era mi novia a dar una vuelta por las cercanías del instituto. Y mientras nos comíamos una deliciosa y saludable caña de chocolate prefabricada, siempre solíamos pasar por mi portal para echar un vistazo al buzón para ver si había llegado alguna carta. A mí novia, el metal y las cintas de marras se la traían al pairo (la chica era -y aún es, supongo- todo un amor), pero parecía mostrarse genuinamente feliz por la ilusión inmensa que me hacía, siempre, encontrarme con algún paquetito para mí. Y en realidad, me excitaba casi tanto poder escuchar la nueva música que llegaba a mis manos, como el saber qué es lo que me pedían que les grabara yo esta vez, algo que solía hacer tan rápidamente como podía para enviar de nuevo la carta de vuelta.

Como de todo esto hace cosa de 25 años y tampoco es que llegara a desarrollar una verdadera amistad con ninguno de mis compañeros de correspondencia, la verdad es que a día de hoy no recuerdo ya el nombre de nadie. La única excepción fue un chico de Madrid que tenía una lista inmensa de cintas de doom y black metal y que no pasaba en absoluto por un buen momento, sufriendo gran parte de esos problemas de falta de adaptación a la sociedad que se repetían en muchos de esos incipientes metaleros adolescentes. Con él llegó a existir una relación algo más profunda y extensa en el tiempo, llegando a discutir cosas mucho más personales, pero también esa se acabó por apagar, quizás (y no lo niego) porque yo sí que tenía una vida social bastante plena y nunca he sido del todo bueno en esforzarme a mantener este tipo de amistades menos intensas.

En alguna de las cintas que intercambiamos le colé más de un tema de mi propia banda adolescente, entonces llamada Bat Dark, más tarde rebautizada como Mental Killing Machine y siempre tristemente conocida en nuestro entorno como Los Ruidos. Eran canciones tirando a cutres grabadas en el local de ensayo, y evidentemente sonaban como el culo (no recuerdo si en ese momento ya teníamos una batería de verdad o aún íbamos con dos bidones gigantes y un par de barras de hierro, solo os digo eso). Pero fIjaos en lo mucho que me debía apreciar mi amigo a distancia que siempre que me contestaba tenía palabras de elogio para ellas, hasta el punto que acabó por dibujarnos la portada de una maqueta que se iba a llamar Astropotophobia?! y que, para tranquilidad de la escena, nunca llegamos a grabar.

El original de esa portada, dibujado en formato DIN A5 con mucho amor y buena intención, pero tan cutre como las canciones y la banda que iba a ilustrar, estuvo decorando la pared de mi habitación durante muchos años, hasta el día que mi madre decidió deshacerse de él junto a las cartas y vete a saber qué más. Y es una pena, porque me haría bastante ilusión poder echarle un vistazo a día de hoy y poderla adjuntar aquí como documento gráfico. Asimismo, ahora pienso que también me habría gustado mantener cierto contacto con este chico y saber que las cosas le fueron mejor, pero ya digo que más de una vez (y no te cuento ya de adolescente) he pecado de dejado en algunas de mis relaciones. Si por la más absurda de las casualidades me lees, ¡Carlos, dime algo!

Y para acabar, una historia trágica y triste. Toda la gente con quién me carteé era muy legal y era raro que la correspondencia dejara de fluir (sobre todo si el cómputo de cintas a lado y lado no estaba aún equilibrado). Aunque creo que solo llegamos a enviarnos tres o cuatro cartas cada uno, uno de los chicos con quién recuerdo disfrutar más de mi correspondencia, era un chaval muy jovial y muy metido en la lucha antifascista que vivía en Pinto (muchos de ellos estaban por la zona de Madrid, sí, no sé por qué). Él me grabó, entre otros, el Decade of Aggression de Slayer que me trillé a lo bestia antes de comprármelo en CD unos años más tarde.

Un día este chico dejó de contestar (¡y me debía una cinta!), así que pasado un tiempo prudencial le volví a escribir y una vez más me quedé sin recibir respuesta. Sin pensar en que pudiera haber algún motivo plausible para explicarlo, pasé a ponerle una cruz y a odiarlo internamente, y más aún porque el tío me caía bien. Pero al cabo de un tiempo, y no me preguntéis exactamente cómo, me di de bruces con una noticia en no sé qué periódico (o quizás fue una revista antifascista) que me dejó blanco. En ella se hablaba del homenaje que le habían hecho a un chico cuyo nombre e iniciales de sus apellidos correspondían con los de mi incipiente amigo, y que hacía justo un año fue apalizado hasta la muerte por un grupo de skinheads en Pinto. Ya os podéis imaginar el shock que me produjo eso, joder.

Sinceramente, ahora me resulta imposible dar con esa noticia (he encontrado una que se refería a un chico de Pinto asesinado por skinheads en octubre de 1995, lo que por fechas cuadra, pero no me suena que ese fuera su nombre ni su edad), así que yo que sé, quizás lo soñé. Pero por desgracia, esto de que te tuvieras que escapar de pelados neonazis que te llamaban guarro y querían darte de collejas (o algo más), también era una costumbre tristemente habitual para los metaleros adolescentes en esos tiempos (y quizás en otro artículo de esta serie también hablaré de ello). Por suerte, lo de ser skin nazi con ganas de liarte a ostias con todo quisqui parece que ya no se lleva tanto en la juventud actual, aunque me temo que quizás muchos de los que lo fueron han pasado a engrosar las filas de partidos políticos o fuerzas del orden. Así que no sé qué es peor, la verdad.


ps. Por cierto, es una verdadera pena y me ha dado bastante rabia no poder ilustrar este reportaje con mis propias fotos de mis viejas Heavy Rocks y de las muchas cintas que se salvaron de la quema impietosa de mi madre. Pero por culpa del puto confinamiento, no puedo ni tan siquiera ir hasta su casa, a menos de quinientos metros de aquí, dónde las guardo en un par de cajas polvorientas, para echar cuatro fotos y recrearme un poco en la nostalgia.

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Sobre Albert Vila 862 Artículos
Siempre me ha encantado escribir y siempre me ha encantado el rock, el metal y muchos más estilos. De hecho, me gustan tantos estilos y tantas bandas que he llegado a pensar que he perdido completamente el criterio, pero es que hay tanta buena música ahí fuera que es imposible no seguirse sorprendiendo día a día. Tengo una verborrea incontenible y, si habéis llegado aquí, seguro que ya os habéis dado cuenta. Como medio, formar parte de una escena tan enérgica y con tanta gente apasionada que vive lo que hace con tanto amor y sin esperar nada a cambio es un disfrute constante y auténtico privilegio. En Science of Noise queremos ayudar día a día a que esta escena crezca y se solidifique, sin rivalidades y con la máxima ilusión. Porque seremos pocos, pero somos poderosos.