Brujeria, tequila y travestis uruguayas

A lo largo de tantos años asistiendo a conciertos, uno va acumulando experiencias y vivencias que, de una u otra forma, se te quedan grabadas en la mente… para bien o para no tan bien, por no decir para mal. Han pasado ya más de 25 años desde que viera a The Black Crowes en la mítica Sala Zeleste, y desde aquel ya lejano domingo, 6 de diciembre de 1992, he asistido a conciertillos, conciertos, bolos y a bolacos de toda índole y tamaño. Soy como una pornstar del metal que las ha visto de todos los tamaños y formas habidos y por haber. Y soy de los de tragar, pues no me gusta desperdiciar nada por más infumable que me resulte lo que presencian mis ojos (los tres, se entiende).

Desde hace cosa de año y medio, mi ritmo conciertil -como imagino que podréis imaginar- se ha visto incrementado de forma exponencial gracias a Science of Noise. Por culpa de (o gracias a) nuestro panfletillo rockero-metalero, he asistido por la putísima patillaca, a varios conciertos a los que, seguramente, hubiera acabado yendo pagando (of course!), pero también he tenido la suerte de descubrir bancadas muy serias por 0 €.

Pero hace ahora justo dos años, en aquellos años en los que para ver a mis bandas preferidas no tenía otra más que abonar satánicamente el coste de la entrada, «presencié», en la mediana de las Razz, un bolaco así de gordo, con todas las letras: Brujeria + Assot + Ósserp. Y lo de presencia lo pongo así, entre comillas porque estar, estuve físicamente, pero el resto de mi organismo estaba, digamos, por ahí, algo disperso y/o difuso.

No seré yo quién os va descubrir ahora quienes son Brujeria, pero us faré cinc cèntims para hacer bulto. Se trata de una banda de metal brutalmente poderosa cuya música camina a lo largo de la frontera existente entre el grindcore y el death metal. Los miembros de Brujeria son líderes de un cártel mexicano de tráfico de drogas (insertar risas enlatadas aquí). Son hombres despiadados que usan la mutilación y el asesinato para proteger sus propios intereses (more LOL’s, please). Sus miembros actúan disfrazados (si es que a un pañuelo cubriendo sus rostros se les puede llamar disfraz), y su música es un reflejo de su gusto sociopático por la violencia, las drogas y el satanismo. Sin embargo, es un secreto a voces que los miembros de Brujeria no pertenecen a ningún cártel. La banda comenzó siendo un proyecto paralelo de varios músicos notables de la escena metal y punk, y aunque su contribución al grupo es bien conocida, oficialmente los miembros de Brujeria siguen insistiendo en que son de Tijuana, México, y que usan su personalidad colectiva para dotar a todo el paquete de un efecto dramático a la par que oscuro.

La banda se formó en 1989 en Los Ángeles, California. La formación original incluía al vocalista Juan Brujo (aka John Lepe), al guitarrista Asesino (aka Dino Cazares de Fear Factory), al bajista Güero Sin Fe (aka Billy Gould de Faith No More), y al batería Fantasma (aka Pat Hoed, comentarista de lucha libre y locutor de radio). El fundador de Dead Kennedys Jello Biafra también participó en los primeros shows de Brujeria bajo el nombre de Pito Wilson, que aunque no duró demasiado en sus filas, sí ayudó a lanzar varios sencillos a través de su sello Alternative Tentacles Records. En 1990, Brujeria lanzó su primer single, «¡Demoniaco!», mientras que un segundo single, «Machetazos», apareció en 1992; en ese momento, Pinche Peach se unió al grupo, asumiendo la plaza vacante tras la partida de Biafra, junto con Greñudo (aka Raymond Herrera, miembro también de Fear Factory) que se convirtió en el nuevo batería de la banda. En 1993, Brujeria publicó su primer álbum, Matando Güeros, cuya portada mostraba una foto auténtica de una cabeza decapitada, lo que confirmaba que la banda pretendía crear una imagen tan extrema como su música. El álbum también marcó el debut del bajista Hongo (aka Shane Embury de Napalm Death).

Esta formación se mantuvo más o menos estable durante unos cuantos años, hasta que en el año 2000 el grupo lanzó su tercer álbum, Brujerizmo, que trajo a escena a la vocalista y guitarrista Pititis (aka Gaby Domínguez), al guitarrista Cristo de Pisto (aka Jesse Pintado de Terrorizer y Napalm Death), y a un segundo batería Hongo Jr. (aka Nicholas Barker de Cradle of Filth y Dimmu Borgir). En 2004 Asesino y Güero Sin Fe abandonaron el grupo, y Fantasma se convirtió en el nuevo bajista de la banda.

Pasaron casi una década en silencio, hasta que en 2016, Brujeria lanzó un nuevo single llamado «Viva Presidente Trump!», un «homenaje» irónico al candidato presidencial republicano cuyas declaraciones escandalosas sobre inmigrantes ilegales lo convirtieron en un paria en México. En septiembre de ese mismo año Brujeria finalmente lanzó su esperado cuarto álbum, Pocho Aztlan. La alineación para el álbum incluyó a Juan Brujo, Fantasma, Hongo, Pinche Peach, Hongo Jr. y Pititis, junto con los nuevos miembros El Cynico (bajo y guitarra; aka Jeffrey Walker de Carcass), y al guitarrista A. Kuerno (aka Chris Paccou, un antiguo ingeniero de sonido de Napalm Death y de Carcass).

Pues bien, aprovechando su regreso y su «flamante» (el puto Vila le endosó un 6 en su día) nuevo trabajo, la banda se embarcó en una mini gira que les llevó a recorrer prácticamente toda la geografía española, y que puso sus putos culos mojados en la Ciudad Condal el 17 de diciembre de 2016, con los ya mencionados titanes locales Assot y Ósserp abriendo las hostilidades. Tan pronto la noticia llegó a mis oídos, inmediatamente contacté con mi compañero en mil batallas, Pincho, y nos hicimos con la entrada de inmediato. Con este tipo me he visto envuelto en algunos de los episodios más épicos de mi ya dilatada vida conciertil. Él era quien estaba a mi lado el día que el capullo del segurata de Razz 2 nos expulsó de la sala durante la celebración de la quinta edición del Dimefest, y fue él el primero en presenciar cómo me rompía (literalmente) la frente durante el bolo épico de despedida de los míticos The Eyes. También fue con él, junto con toda una troupe de santboianos greñudos locos, con quien presencié mi primer concierto de los Black Label Society de Zakk Wylde. En definitiva, podría decirse que el puto Pincho es el compañero ideal para asistir a un concierto, y nuestro remember brujeril no iba a ser una excepción. Entre él y su hermano Wilson me introduje en el mundo de Pantera, de Down, de Superjoint Ritual, de Crowbar y de Eyehategod, entre otras cosas pútridas y malolientes provenientes del sur más sur de los Estados Unidos. Pasamos a ser los rednecks de Sant Boi y, entre otras cosas, empezamos a mascar tabaco, a beber bourbon barato y a casarnos con nuestras propias hermanas.

Aquel pasado 17 de diciembre de 2016 pasaron, estoy seguro de ello, muchísimas cosas mucho más interesantes en Barcelona que un bolarro de Brujeria, pero en ninguno de esos otros eventos sucedió lo que os estoy a punto de narrar. Quedamos, como suele ser costumbre, para echar unas cuantas previas al bolo, en el Pepe’s o en cualquier otro antro de Poblenou; sabemos lo que queremos, pero no nos importa el dónde. Como también suele ser costumbre, yo llegué antes de la hora y él llegó un poco más tarde, así que para hacer tiempo me pegué una vuelta por los aledaños de la sala antes de aventurarme al primer bar de la velada para tomarme una Voll-Damm esperando a que llegara. En mi periplo desde el coche hasta el Pepe’s, lugar por mí escogido (así, a lo loco) para tomarme la primera, me crucé con Mr. Hongo, al cual estreché la mano y deseé suerte. Él agradeció el gesto, pero poca cosa más. Me dijo que «Thank you» i prou; tampoco os vayáis a pensar que entablamos conversación ni nada parecido.

Al rato llegó el Pincho, nos tomamos otra birra (mi segunda), y decidió que molaría mazo ir a otro bar, no tan «céntrico», pero con la cerveza más barata, a lo cual yo accedí gustosísimamente, faltaría más. El lugar en cuestión, ni recuerdo dónde está, ni recuerdo cómo se llama. Lo único que recuerdo es que lo regentaba un señor asiático muy salao y que tenía las cervezas más baratas del puto mundo. La variedad cervecil me sorprendió, la verdad sea dicha y yo, en un alarde de «déjame a mí que entiendo más de cervezas que tú, puto desgraciao», opté por variar un poco y pedimos, creo recordar, que dos o tres rondas de la 1906 Red Vintage «La Colorada» de Estrella de Galicia, una cerveza en la que predomina el aroma limpio, franco e intenso de la malta tostada, con agradables notas dulces a caramelo. Se trata, como me imagino que ya todos sabréis, de una cerveza intensa de color oro viejo, brillante, que en boca predominan las sensaciones tostadas, percibiéndose con cada trago una calidez amable y bien integrada. Su 8% de volumen de alcohol se sumó, por partida doble/triple, a las dos Voll-Damms previas, y el borrosismo ya hizo su entrada triunfal en mi campo de visión. Pero, lejos de abandonar el local tras ingerir tan preciado y gallego líquido, a mi partenaire le pareció UNA IDEA DE PUTÍSIMA MADRE homenajear a los mexicanos a base de José Cuervo. La verdad sea dicha, a mí el tequila me da un asco que lo flipas, pero como en aquel momento mi criterio rozaba el 0,1, me dije WTF, to pa’dentro… pero sin limón ni sal, que eso del chupa-toma-lame es para los guiris de Lloret de Mar. Perdonad lo que os voy a decir, pero el hijoputa’lchino nos puso los dos vasos de tequila más grandes que yo haya visto jamás en mi puta vida, y por partida doble, porque yo me decidí a devolver tan noble gesto e invitar a la segunda y creo que última ronda de la jornada.

Total, que con la chispa on fire, nos dirigimos hacia la sala… y entramos, no sé cómo pero entramos, creo que a media actuación de Ósserp… ¿o eran todavía Assot? Sinceramente, no me acuerdo y menos mal que por aquel entonces no era «periodista», porque la crónica hubiera sido épica a la par que miérder. No tengo ni puta idea de lo que sucedió allí dentro, entre aquellas cuatro paredes, pero el alcohol no desapareció de nuestras manos en ningún momento, porque otra cosa no seremos, pero generosos en alcohol lo somos (y lo fuimos) siempre. Tengo vagos recuerdos de liarla durante «La Migra» y «Colas de Rata», cuyos pogos fueron épicos. También me recuerdo, en cuerpo y no-mente, en primera fila durante buena parte de la segunda mitad del show, y me he visto en algún video a mí mismo aporreando el escenario y agarrando el micrófono de Pinche Peach para berrear «¡¡Matando Güeros!!» con toda la peste al vino que, por cierto, no ingerimos aquella noche. Lástima que no recuerde dónde lo vi, porque es de una vergüenza ajena que estaría encantado de compartir con todos vosotros, pero el momento fue más o menos este (minuto 4:44):

Total, que el bolo llegó a su fin, y a partir de ese momento… el Apocalipsis. «Espera, que me quiero pillar una camiseta», eructé a mi amigo del alma antes de salir de allí. Tengo lagunísimas mentales colosales para recordar lo que pasó desde que salí (no sé cómo) de la sala hasta que me vi a mí mismo bebiendo Jägermeister, la ratafia de los listos, con unos irlandeses en la Rocksound. De allí dentro solo me acuerdo de unos minutos que pasé meando en el lavabo mientras enviaba WhatsApps chorras a mi amigo Sergio que tenían que ver con algún familiar suyo. Ese fue el último momento que recuerdo ser consciente de tener un móvil. La verdad es que no sé si bebí algo más allí dentro, de la misma forma que tampoco recuerdo si el Pincho de mi alma me había dejado ya tirado o no. Total, que pongamos que salí de allí, como buenamente pude, para dirigirme hacia casa… a pie, como los campeones. No veas el culo que se me ha quedado desde que pateo como un desgraciado…

La verdad es que amo caminar, cuántos más kilómetros, mejor. Como anécdota, os contaré que hace unos años, me pateé Las Vegas de punta a punta pie en busca de una tienda para comprar una tarjeta SIM para mi móvil, y que gracias a aquella proeza tuve tendinitis durante varios meses. Total, que ahí me tenéis, ciego como una cuba, encaminando mis pasos hacia casa. Por aquel entonces no vivía donde vivo ahora, y el trayecto hasta mi humilde morada era más corto, como 30 minutos a pie a paso firme. Aquella noche, el paso todavía lo tenía, pero su firmeza era irrisoria. Tampoco recuerdo en qué momento decidí, en plena calle Marina, que era una idea de putísima madre echar una cabezadita en uno de los bancos, en plena calle, en pleno mes de diciembre, a pocos días de las Navidades. Tras un rato, que podían ser 20 minutos o una hora fácilmente, me desperté con el mareo + el morao del siglo. Me reincorporé como pude y eché mano del móvil que tenía en el bolsillo izquierdo del pantalón y, oh, sorpresa… ¡no estaba! Recuerdo buscar y rebuscar por todos y cada uno de los bolsillos que tenía aquella noche pero no, no estaba. Mi esperanza era que el móvil no hubiera abandonado jamás el lavabo de la Rocksound, pero llamé al día siguiente y allí no habían visto nada, por lo que la idea de que me lo hubieran robado -mientras dormía la papa en plena calle- ganó muchísimos enteros. Ganó tantos enteros que estoy casi seguro de que así fue. Recuerdo también echar mano del bolsillo interior de la chaqueta para ver si tenía la cartera y, efectivamente, allí estaba. Lo que no recuerdo es si llevaba algún billete cuando abandoné la Rocksound, pero el caso es que en aquel momento no tenía ninguno… no sé si porque, efectivamente, ya no tenía ninguno, o porque también me lo había robado. Pensé, mira qué majo el mangui, que me saca la pasta pero me deja todo lo demás. Ladrón, sí… ¡pero honrado! Dios lo tenga en su gloria.

Con menos esperanza que un poli del GTA, me dirigí hacia la zona para ver si, por algún casual, se me había caído en la Razz o en la Rocksound. La segunda ya había cerrado, pero todavía se veía mucho movimiento en los aledaños de Razzmatazz. El acceso a la sala dos ya estaba cerrado, por lo que me dirigí hacia la sala principal, donde actuaba Melendi esa noche… sí, así es, el gilipollas del Melendi. Me aproximé a uno de los guardias de seguridad, y le dije que hacia un «rato» había salido de la sala dos y que creía haber perdido allí el móvil. Me dijo que pasara y que hablara con los Mossos que estaban en una de las salas adyacentes a la Razz, porque allí es donde tenían todos los objetos perdidos y/o extraviados de la noche, de las tres salas. No os exagero cuando os digo que en la mesa que vi ante mí había un mínimo de 40 móviles y otras tantas pertenencias, entre carteras, chaquetas y mariconeras varias. Me acuerdo que le dije a uno de los Mossos si todo eso que tenía ante mis ojos se había «perdido» aquella noche, y me dijo que sí, pero que de la sala dos no tenían nada. Se conoce que, aún estando como una cuba, me hice entender bastante bien; debe ser un don que tengo.

Abandoné la sala y me dispuse a intentar ir para casa one more time, pero alguien frenó mi paso. No recuerdo gran cosa, más que me dijo que era uruguay@. Y lo escribo así, con una «@», no porque sea un moderno de mierda, sino porque era un travesti (pero muy, pero que muy mal hecho; aquello era un señor disfrazado, no me jodas). Me preguntó si quería ir a tomar algo y le dije que no, que me iba para casa porque había tenido una noche de mierda. Yo soy muy de explicar las cosas, y se conoce que le comí la cabeza y le expliqué todo lo que me había sucedido aquella noche. Fue tal la chapa que le pegué que me dijo que se piraba… con tan mala suerte que ambos íbamos en la misma dirección, por lo que me/le acompañé durante unos minutos, hasta que él/ella tomó el autobús nocturno. Recuerdo preguntarle que qué hora era, y solo entonces fui realmente consciente de lo tarde que era y de que había alguien esperándome en casa, seguramente muy preocupada, que no podía comunicarse conmigo. Aceleré un poco el paso hasta volver a llegar al fatídico banco, testigo de mi pérdida. Le di mil vueltas, miré y rebusqué por todos los rincones, pero allí no había nada. Me di cuenta de que justo delante había un bar que todavía estaba abierto. Me dirigí a éste y pregunté al camarero (chino) y a los allí presentes si habían visto algo, pero no tuve suerte. De hecho, creo que sudaron bastante de mi puta cara, pero les di las gracias por la no-ayuda.

Mis esperanzas de encontrar el móvil ya eran nulas, pero mis ganas de caminar todavía se mantenían intactas. Aceleré el paso tanto como pude hasta que llegué a casa. Tras toda una serie de disculpas y de confesiones, me metí en la cama con la esperanza de que al día siguiente el móvil apareciera junto a mi almohada, pero no fue así. Lo que sí apareció fue la madre de todas las resacas… y el sentimiento de culpa. A las horas, ya más o menos recuperado, hablé con el Pincho de mierda y nos reímos un rato. Le pregunté si él también se había encontrado con una chapa de Brujeria en su bolsillo, a lo que me respondió que sí, que se la había regalado yo. Acto seguido busqué en el saco de la ropa sucia la camiseta que se supone que me había comprado, pero se conoce que cambié (a lo loco) de idea, y opté por pillar finalmente dos chapas… de mierda. Borracho, wasted total, pero generoso. Así soy yo.

Chavales, muchachos y muchachas tod@s. El próximo 16 de diciembre Brujeria están de vuelta, y vienen con los putos Ratos de Porâo. No me esperéis por allí porque esa noche tengo un lío, pero bebeos un tequila a mi salud y a la salud del puto Pincho.

¡Viva México, cabrones!

Fotografía: Willy
Rubén de Haro
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Tipo peculiar y entrañable criado a medio camino entre Seattle, Sunset Boulevard y las zonas más húmedas de Louisiana. Si coges un mapa, y si cuentas con ciertos conocimientos matemáticos, verás que el resultado es una zona indeterminada entre los estados de Wyoming, South Dakota y Nebraska. Una zona que, por cierto, no he visitado jamás en la vida. No soy nada de fiar y, aunque me gusta “casi todo lo rock/metal”, prefiero las Vans antes que las J'hayber.